Microeconomía, macroeconomía, sistemas e introducción a las finanzas. Con simulador AD‑AS y la teoría de la decisión, que casi siempre se nos queda fuera del temario.
12 unidades · Currículo estatal LOMLOE · Real Decreto 243/2022
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Este libro se basa en el currículo básico estatal LOMLOE para Economía (Real Decreto 243/2022). Cada comunidad autónoma establece concreciones específicas en su currículo propio; conviene consultar la concreción de vuestra CCAA para ajustar la programación al centro.
Composición tipográfica con Fraunces y Switzer. Generado con Astro y paged.js. Comentarios, erratas y propuestas: hola@profedeeconomia.es.
Empezamos por la pregunta más básica: ¿por qué existe la economía como disciplina? La respuesta corta es la escasez. La larga ocupa esta unidad y, en realidad, todo el curso.
Tiempo estimado de lectura: ~25 min · Saberes LOMLOE: A.1, A.3, A.6 · Pre-requisitos: ninguno (primera unidad).
Al acabar esta unidad sabrás:
- Definir la economía como ciencia social de la elección bajo escasez y distinguir las definiciones de Robbins y Samuelson.
- Diferenciar necesidades, bienes y servicios, los cuatro factores productivos y los agentes económicos.
- Interpretar la frontera de posibilidades de producción como modelo de eficiencia y de coste de oportunidad.
- Comparar los tres sistemas económicos —mercado, planificación central y mixto— con sus ventajas e inconvenientes.
- Aplicar el método científico a la economía y separar economía positiva de economía normativa.
Si tuviéramos recursos ilimitados —tiempo infinito, materias primas inagotables, energía gratuita, una población dispuesta a trabajar sin límite— la economía no existiría como disciplina. No habría que decidir qué producir ni cuánto, ni a quién destinar las cosechas, ni si subir o bajar los tipos de interés. La pregunta qué hacer con lo que hay solo tiene sentido cuando lo que hay es limitado frente a unas necesidades y deseos que, en cambio, no lo son. Esa tensión —recursos finitos frente a aspiraciones casi infinitas— es lo que llamamos escasez, y es la razón de ser de la economía.
Esta primera unidad fija el suelo conceptual del curso. Antes de hablar de oferta y demanda, de PIB o de política monetaria, conviene tener claro qué pregunta intenta responder la economía, con qué herramientas y dentro de qué marcos institucionales. Si esos tres cimientos quedan firmes, todo lo que viene después se entiende mejor; si no, cada unidad sucesiva se acumula como conceptos sueltos sin un hilo común.
El RD 243/2022 sitúa estos contenidos en los saberes A.1 (escasez, necesidades, bienes, modelización), A.3 (sistemas económicos) y A.6 (método científico aplicado a la economía). Son los tres ladrillos que ningún manual serio puede saltarse.
A lo largo de la historia, los economistas han ofrecido definiciones distintas de su propia disciplina, y conviene conocerlas porque cada una ilumina un ángulo diferente del problema. Las dos más influyentes —y las que la mayoría de manuales de bachillerato españoles recogen— son las de Lionel Robbins y Paul Samuelson.
En 1932, el economista británico Lionel Robbins publicó An Essay on the Nature and Significance of Economic Science, donde acuñó la definición que sigue siendo hoy la más aceptada:
La definición tiene tres elementos que conviene desmenuzar. Fines: las necesidades y aspiraciones de las personas, que son múltiples y jerarquizables. Medios escasos: los recursos —tiempo, dinero, materias primas, talento— de los que se dispone, siempre limitados. Usos alternativos: cada recurso se puede destinar a satisfacer fines distintos, y dedicarlo a uno implica renunciar a otros. La economía es, en esencia, la ciencia que estudia cómo se hacen estas elecciones, tanto a nivel individual como colectivo.
Paul Samuelson, premio Nobel de Economía en 1970, reformuló la pregunta en términos que se han hecho clásicos en los manuales de bachillerato. Toda sociedad, dice Samuelson, debe responder a tres preguntas básicas:
Las tres preguntas están conectadas. Lo que se produce condiciona cómo se produce; cómo se produce condiciona quién se beneficia; y la distribución de la renta condiciona, a su vez, qué se demanda y, por tanto, qué se produce. Esta circularidad es uno de los rasgos distintivos de la economía como ciencia: los efectos retroalimentan las causas.
Tradicionalmente la economía se divide en dos grandes ramas según el nivel de agregación al que mira.
La distinción es útil pero no estanca: lo que ocurre en el plano macro es la suma de millones de decisiones micro, y los grandes agregados condicionan, a su vez, las decisiones individuales. Un manual moderno integra las dos perspectivas constantemente.
Para que la definición de Robbins sea operativa hay que precisar qué entendemos exactamente por fines y por medios. La primera tarea de un manual de economía es fijar este vocabulario básico.
Una necesidad es una sensación de carencia que la persona intenta satisfacer. Las necesidades son múltiples, jerarquizables, sustituibles y, en conjunto, ilimitadas: cuando se cubre una, suelen aparecer otras. Esa expansión continua del conjunto de necesidades —junto con la finitud de los recursos— es lo que da contenido al problema económico.
Una clasificación habitual, tomada de Abraham Maslow (1943), las ordena en cinco niveles que conviene presentar con prudencia (no son una jerarquía estricta y la propia investigación posterior ha matizado el modelo):
Para el análisis económico interesa una distinción más operativa: necesidades primarias (vitales, sin las que la vida es imposible) frente a necesidades secundarias (que mejoran la calidad de vida pero no son imprescindibles). La frontera, eso sí, es cultural e histórica: lo que en el siglo XIX era un lujo —el acceso a agua corriente, por ejemplo— hoy se considera básico en la Europa occidental.
Los bienes son objetos tangibles que satisfacen necesidades (una manzana, un automóvil, un libro). Los servicios son actividades no tangibles que cumplen la misma función (una consulta médica, una clase de matemáticas, un viaje en tren). En las economías desarrolladas los servicios pesan cada vez más: en España aportan en torno al 74 % del PIB según el INE (Contabilidad Nacional Anual 2024, publicada en septiembre de 2025).
Conviene distinguir además entre varios tipos de bienes:
Otra clasificación útil distingue entre bienes de consumo (destinados a satisfacer necesidades de forma directa, como un yogur o una camiseta), bienes de capital o de inversión (utilizados para producir otros bienes, como una máquina industrial o un camión de reparto) y bienes intermedios (incorporados a un proceso productivo, como la harina que se usará para hacer pan).
Para producir bienes y servicios hace falta combinar recursos productivos o factores de producción. La tradición clásica distinguía tres; los manuales modernos suelen añadir un cuarto.
A esta lista, la economía contemporánea añade cada vez con más fuerza otros factores: la tecnología (que algunos tratan como cuarto factor en lugar de la iniciativa empresarial), el conocimiento y los datos. Para el bachillerato basta con dominar los cuatro clásicos.
Ya tenemos los ingredientes: necesidades por un lado, recursos limitados por otro. La pregunta operativa es: ¿qué combinaciones de producción son posibles con los recursos disponibles? Para responder, los economistas usan el modelo más sencillo y a la vez más potente del primer curso: la frontera de posibilidades de producción (FPP).
La FPP es una representación gráfica que muestra todas las combinaciones eficientes de dos bienes que una economía puede producir empleando plenamente sus recursos disponibles y la tecnología existente. Para que el modelo funcione como herramienta didáctica se imponen tres supuestos:
Imaginemos una economía hipotética —llamémosla Alfa— que solo produce dos bienes: trigo y ordenadores. Si dedica todos sus recursos al trigo, puede producir 100 toneladas y cero ordenadores. Si los dedica todos a ordenadores, puede producir 50 ordenadores y cero trigo. Entre ambos extremos hay infinitas combinaciones intermedias, y unirlas sobre un plano cartesiano da una curva: la FPP.
Los puntos sobre la curva son eficientes: representan combinaciones en las que toda la capacidad productiva está aprovechada. Los puntos por debajo de la curva son técnicamente posibles pero ineficientes: indican que hay recursos infrautilizados (paro, capacidad ociosa, materias primas sin emplear). Los puntos por encima de la curva son inalcanzables con los recursos y tecnología actuales: hacen falta avances productivos para llegar a ellos.
Esta tripartición —eficiente / ineficiente / inalcanzable— es probablemente la idea más útil de toda la unidad. La economía no se limita a decir lo que se produce: dice lo que se podría producir y lo que se está dejando de producir por mala asignación de recursos.
Sobre la FPP se hace visible un concepto que recorre toda la economía: el coste de oportunidad. Si la economía Alfa está produciendo en un punto eficiente y decide producir más ordenadores, necesariamente tiene que producir menos trigo. La cantidad de trigo a la que se renuncia para obtener una unidad adicional de ordenadores es el coste de oportunidad de esa unidad de ordenadores.
El coste de oportunidad explica por qué la FPP es habitualmente cóncava y no una línea recta: a medida que una economía se especializa en producir más de un bien, los recursos disponibles para ese bien son cada vez menos adecuados (la tierra que mejor se da al trigo ya se está usando; las personas con más habilidad para fabricar ordenadores ya están en eso). Por eso, cada unidad adicional cuesta proporcionalmente más en términos de la otra. A esto se le llama ley de los costes de oportunidad crecientes.
Si los recursos aumentan (crece la población activa, se descubre un nuevo yacimiento, se acumula capital) o la tecnología mejora (un nuevo método permite producir más con lo mismo), la FPP se desplaza hacia fuera: lo que antes era inalcanzable pasa a ser posible. Esto es, en términos formales, crecimiento económico.
El crecimiento no afecta por igual a todos los bienes: una mejora tecnológica concentrada en uno de los dos sectores produce un desplazamiento sesgado, no paralelo. Esta sutileza explica por qué algunas economías crecen mucho en algunos sectores y se estancan en otros (los servicios y el sector industrial avanzado han crecido enormemente en España en cuatro décadas; la agricultura tradicional, mucho menos).
Antes de pasar a sistemas económicos conviene fijar quiénes son los agentes que toman decisiones en una economía. La clasificación clásica distingue tres tipos:
A escala internacional aparece un cuarto agente, el sector exterior, que recoge las relaciones con el resto del mundo (exportaciones, importaciones, movimientos de capital). Lo veremos en detalle en las unidades de macroeconomía.
Las relaciones entre estos agentes se representan mediante el flujo circular de la renta: las familias venden factores a las empresas y reciben rentas (salarios, intereses, beneficios); con esas rentas compran bienes y servicios a las empresas; el sector público interviene con impuestos y gasto público. Es un esquema que veremos con detalle en la Unidad 7 al introducir la macroeconomía, pero conviene tenerlo en mente desde ahora: ningún agente económico actúa en el vacío.
Las tres preguntas de Samuelson —qué, cómo y para quién producir— las resuelve cada sociedad mediante un conjunto de instituciones que llamamos sistema económico. La forma concreta en que una sociedad organiza la producción y la distribución determina su sistema. Históricamente y conceptualmente se distinguen tres modelos puros, ninguno de los cuales existe en estado químicamente puro hoy.
En un sistema de mercado, las tres preguntas se resuelven por la interacción descentralizada de millones de decisiones individuales coordinadas por los precios. La propiedad privada de los medios de producción, la libre iniciativa empresarial y la competencia son sus pilares institucionales.
La intuición clásica viene de Adam Smith y su célebre metáfora de la mano invisible (La riqueza de las naciones, 1776): cuando cada agente persigue su propio interés en un marco competitivo, los precios actúan como señales que coordinan la producción y el consumo sin necesidad de un planificador central. Si un bien escasea, su precio sube; el alza atrae a más productores y disuade a parte de los consumidores; el equilibrio se restablece. Es el mecanismo que veremos formalizado en la Unidad 4.
Ventajas habitualmente reconocidas: alta eficiencia asignativa, fuertes incentivos a la innovación, libertad económica y respuesta rápida a cambios en las preferencias.
Inconvenientes habitualmente reconocidos: desigualdades de renta y riqueza, ciclos económicos y crisis recurrentes, fallos de mercado (externalidades, monopolios, bienes públicos infraproveídos) y posible deterioro ambiental cuando los precios no internalizan los costes sociales.
En el modelo opuesto, las tres preguntas las responde una autoridad central —típicamente el Estado— mediante planes que asignan recursos, fijan producciones y, en muchos casos, fijan precios y salarios. La propiedad pública o colectiva de los medios de producción es su rasgo central.
El referente histórico más importante fue la Unión Soviética (1922-1991) y sus economías satélites del Comecon. Otros casos: la China maoísta antes de las reformas de Deng Xiaoping (1978), Cuba en buena parte de su historia revolucionaria, Corea del Norte hoy.
Ventajas teóricas: posibilidad de orientar los recursos hacia objetivos colectivos (educación, sanidad, vivienda, defensa), control sobre las desigualdades, capacidad de acumulación para el crecimiento acelerado en fases iniciales.
Inconvenientes prácticos (documentados en la literatura económica posterior a 1991): falta de información dispersa que sí transmiten los precios de mercado, incentivos débiles a la productividad y a la innovación, escasez crónica de bienes de consumo, asignaciones ineficientes y, en algunos casos, restricciones graves a la libertad individual. Casi todas las economías planificadas históricas han evolucionado hacia formas mixtas o de mercado.
Es el modelo dominante hoy en el mundo: combina mercados como mecanismo principal de asignación con intervención pública correctora. Los Estados modernos —España, Alemania, Francia, Japón, Estados Unidos, en distinta proporción— son economías mixtas. La discusión política contemporánea no es entre mercado puro y planificación pura, sino sobre qué grado de intervención pública es deseable y bajo qué fórmulas.
El sector público desempeña en estos sistemas varias funciones complementarias:
El modelo social europeo —y dentro de él, el Estado del bienestar español, articulado por la Constitución de 1978 y desarrollado especialmente desde los años ochenta— es una variante particular de economía mixta con peso relativamente alto del gasto público social (en torno al 45 % del PIB en gasto público total según AIReF y Eurostat, 2024).
La economía es una ciencia social. Ciencia, porque aspira a explicar fenómenos mediante teorías contrastables con la evidencia empírica. Social, porque su objeto de estudio son comportamientos humanos en contexto, no leyes físicas inmutables. Esto le da al método de la economía algunas peculiaridades que conviene reconocer.
Los manuales clásicos describen el método científico en cuatro fases que la economía adapta a su objeto de estudio:
Los modelos económicos son abstracciones deliberadas. Cuando se dibuja una FPP con solo dos bienes, todos sabemos que ninguna economía real produce solo dos bienes; el modelo no aspira a ser realista, aspira a ser útil para ilustrar el principio de coste de oportunidad. Lo mismo ocurre con la oferta y la demanda (Unidad 4) o con el modelo AD-AS (Unidad 8): simplificaciones que sacrifican detalle para ganar claridad.
El economista británico Joan Robinson lo expresó memorablemente: «Un modelo que tuviera en cuenta todos los detalles de la realidad sería tan complejo como la realidad misma y, por tanto, igual de incomprensible». La calidad de un economista se mide en buena parte por su capacidad de elegir qué simplificar y qué no.
Toda discusión económica mezcla habitualmente dos tipos de afirmaciones que conviene distinguir con cuidado.
La distinción no implica que la economía normativa sea menos legítima que la positiva: las decisiones de política económica son necesariamente normativas porque eligen entre objetivos (¿más empleo o menos inflación?, ¿más eficiencia o más equidad?). Lo que sí exige el rigor científico es no presentar como positivo lo que es normativo: confundir ambos planos es la fuente de mucha mala discusión pública.
Un ejemplo claro: durante décadas el manual estándar afirmaba que subir el salario mínimo necesariamente destruía empleo. En 1994, Card y Krueger compararon restaurantes de Nueva Jersey y Pensilvania y mostraron que el empleo no cayó. El estudio —parte de la credibility revolution premiada con el Nobel 2021— obligó a la profesión a matizar afirmaciones que se daban por evidentes (lo desarrollaremos en la Unidad 9). Moraleja: en economía, lo positivo depende del diseño empírico tanto como de la teoría.
Durante mucho tiempo se pensó que la economía no podía hacer experimentos: a diferencia de la química o la biología, no se puede recrear una economía en un laboratorio. La situación ha cambiado profundamente en las últimas dos décadas.
Esta apertura metodológica ha hecho que la economía contemporánea esté mucho más basada en evidencia empírica de lo que estaba hace una generación. Conviene transmitirlo al alumnado: la economía no es solo teorías abstractas; es también un trabajo intensivo con datos.
A diferencia de las ciencias naturales, la economía se enfrenta a tres dificultades estructurales que conviene reconocer con honestidad:
Estas dificultades no invalidan a la economía como ciencia, pero sí explican por qué entre economistas serios hay desacuerdos legítimos sobre cuestiones empíricas en las que en física, por ejemplo, habría consenso pleno.
Lo visto en esta unidad funciona como mapa de las once siguientes. La escasez y la elección (Unidad 2) extiende la lógica de Robbins a las decisiones individuales reales, incluyendo desviaciones de la racionalidad (economía del comportamiento). La planificación financiera personal (Unidad 3) lleva la teoría de la elección al terreno doméstico. Los Bloques B y C (Unidades 4-10) desarrollan microeconomía y macroeconomía como dos formas distintas de mirar el mismo problema económico. Las políticas económicas (Unidad 11) muestran cómo el sector público interviene en una economía mixta. Y la Unidad 12 cierra el curso con los retos contemporáneos —globalización, sostenibilidad, digitalización, desigualdad— en los que se juegan las grandes decisiones colectivas del siglo XXI.
Si esta unidad te ha interesado, aquí van algunas lecturas y recursos para ir más allá:
Estas preguntas no tienen una respuesta única. Sirven para discutir en clase o para pensar individualmente al cerrar la unidad:
Toda elección tiene un coste oculto: lo que dejamos de hacer. Toda decisión está condicionada por sesgos que ni siquiera detectamos. Esta unidad enseña a decidir mejor —y a reconocer por qué tantas veces decidimos mal.
Tiempo estimado de lectura: ~25 min · Saberes LOMLOE: A.2, A.5 · Pre-requisitos: Unidad 1 (qué es la economía y la escasez).
Al acabar esta unidad sabrás:
- Aplicar el coste de oportunidad y los costes hundidos a decisiones cotidianas y empresariales.
- Resolver un análisis marginal sencillo comparando beneficio marginal y coste marginal.
- Explicar el dilema del prisionero y reconocer su estructura en situaciones económicas reales.
- Identificar al menos cinco sesgos cognitivos sistemáticos de Kahneman y Tversky en decisiones reales.
- Distinguir racionalidad clásica de racionalidad acotada (Simon) y entender cómo los nudges aprovechan los sesgos.
La economía, antes de ser una ciencia de mercados, indicadores y políticas públicas, es una ciencia de decisiones. Cada vez que alguien compra un café en lugar de otro, decide estudiar dos horas más o jugar a la consola, acepta un empleo o lo rechaza, ahorra o gasta, está resolviendo —consciente o inconscientemente— un problema económico. El modo en que tomamos esas decisiones, individuales y colectivas, es lo que esta unidad trata de explicar.
Durante casi dos siglos, la economía partió del supuesto de que el ser humano decide de forma racional: con información completa, capacidad de cálculo ilimitada y preferencias estables. Ese modelo, llamado homo economicus, fue muy útil para construir teoría, pero falla cuando se contrasta con la realidad. Las últimas décadas de investigación —psicología cognitiva, economía experimental, neurociencia— han mostrado que decidimos peor de lo que pensamos, que cometemos errores sistemáticos y que esos errores son tan predecibles que ya se han convertido en un campo propio: la economía del comportamiento.
Esta unidad recorre las dos miradas. Primero, las herramientas clásicas que cualquier estudiante de economía debe dominar: coste de oportunidad, costes hundidos, análisis marginal, incentivos, teoría de juegos. Después, la mirada moderna: por qué la racionalidad humana es acotada y qué sesgos cognitivos explican nuestras decisiones reales. Es una de las unidades más útiles del curso fuera del aula: lo que aquí se aprende sirve para decidir mejor en la propia vida.
En la Unidad 1 vimos que la economía nace del desajuste entre necesidades ilimitadas y recursos limitados. Esa tensión obliga a elegir, y elegir implica, inevitablemente, renunciar. Toda decisión económica es, en el fondo, una elección entre alternativas con valor.
El modelo clásico supone que el agente económico —consumidor, empresa o gobierno— resuelve ese problema en tres pasos:
Sobre el papel, el procedimiento es impecable. En la práctica, casi nadie decide así. Y, sin embargo, conocer el modelo es imprescindible: solo entendiendo cómo debería decidir un agente racional podemos medir cuánto se aleja de ese ideal y por qué.
La racionalidad económica clásica asume tres supuestos fuertes sobre quien decide:
Ese personaje teórico —el homo economicus— no existe, pero ha sido tremendamente productivo: la mayor parte de la teoría microeconómica que veremos a partir de la Unidad 4 (oferta, demanda, elasticidad, eficiencia) se construye sobre él. Como decía George Box, «todos los modelos son falsos; algunos son útiles».
De todos los conceptos que la economía aporta al pensamiento cotidiano, el coste de oportunidad es probablemente el más valioso. Su definición es engañosamente simple: el coste de oportunidad de una decisión es el valor de la mejor alternativa a la que renunciamos al tomarla.
Cuando un estudiante decide pasar la tarde estudiando, el coste de oportunidad no es solo el dinero del bocadillo y del transporte; es también el valor de las dos horas de descanso, de la película que no verá o del rato con sus amigas. Cuando una persona decide estudiar un grado universitario en lugar de incorporarse al mercado laboral, el coste de oportunidad incluye el salario que habría cobrado durante esos cuatro años, no solo el precio de las matrículas. Cuando un país destina 10.000 millones a infraestructura ferroviaria, el coste de oportunidad es lo que habría podido hacer con ese dinero: sanidad, educación, defensa, reducción de impuestos.
El coste de oportunidad es invisible. Las facturas que pagamos las vemos en el extracto del banco; lo que dejamos de hacer no aparece en ningún sitio. Por eso una decisión que parece gratis —«total, ya he pagado el gimnasio, voy a usarlo»— suele tener un coste de oportunidad importante: el tiempo que dedicamos a algo que no nos aporta podría dedicarse a algo que sí.
Los manuales clásicos llaman a esto pensamiento en márgenes o pensamiento económico. Es uno de los hábitos mentales más útiles que un curso de economía puede formar: ante cada decisión, preguntar ¿qué estoy dejando de hacer al elegir esto?
Una pequeña empresaria que dirige su propio negocio probablemente cobra un salario que se paga a sí misma. Pero el coste real de su trabajo no es solo ese salario contable: es el sueldo más alto que habría cobrado en otro empleo. Si su negocio le reporta 25.000 € al año y, trabajando para otra empresa, habría cobrado 35.000 €, el coste de oportunidad anual es de 10.000 € que el balance contable nunca refleja.
A esa diferencia entre lo que se paga (coste contable) y lo que se sacrifica (coste económico) los manuales la llaman beneficio económico frente a beneficio contable. Una empresa puede ser rentable contablemente y, sin embargo, destruir valor económico si su propietario habría ganado más con sus recursos en otra actividad.
El segundo concepto fundamental es la cara opuesta del coste de oportunidad. Los costes hundidos (sunk costs) son los gastos ya realizados que no pueden recuperarse, decidamos lo que decidamos ahora. Y la regla económica es radical: los costes hundidos no deben influir en las decisiones futuras.
El ejemplo clásico: alguien compra una entrada de cine no reembolsable por 9 €. A la hora de salir, está lloviendo a cántaros, hace frío y la película ya no le hace ilusión. ¿Debe ir? El razonamiento intuitivo dice «ya he pagado, sería tirar el dinero». El razonamiento económico dice otra cosa: los 9 € están perdidos haga lo que haga; la decisión real es entre «ver la película mojándome y cogiendo frío» o «quedarme cómodamente en casa». Si la segunda opción le aporta más bienestar, esa es la decisión racional. Los 9 € son irrelevantes.
A la tendencia psicológica de seguir invirtiendo en proyectos que no funcionan porque ya hemos invertido mucho la llamamos falacia del coste hundido (sunk cost fallacy). Aparece en todas partes:
La pregunta económica correcta nunca es ¿cuánto he invertido?, sino ¿qué decisión, a partir de hoy, maximiza mi bienestar futuro? Cualquier otra cosa es psicología, no economía.
El tercer pilar del pensamiento económico es el análisis marginal. Su idea central es que las buenas decisiones rara vez se toman comparando totales: se toman comparando incrementos. No preguntamos ¿debo producir o no producir?, sino ¿debo producir una unidad más? No preguntamos ¿debo estudiar o no estudiar?, sino ¿debo dedicar una hora más al examen de mañana?
La regla general del análisis marginal es directa: una acción merece la pena mientras el beneficio marginal de la siguiente unidad sea mayor o igual que su coste marginal. Si producir una unidad más añade 12 € de ingresos y solo 8 € de costes, conviene producirla. Si añade 12 € de ingresos pero 15 € de costes, no conviene.
Imaginemos una empresa que produce mochilas. Vender 1.000 mochilas le reporta 30.000 € de ingresos y le cuesta 20.000 €: gana 10.000 €. Vender 1.100 mochilas le reporta 32.500 € y le cuesta 23.500 €: gana 9.000 €. Mirando totales, «ambas opciones dan beneficios». Mirando márgenes, las 100 mochilas adicionales aportan 2.500 € de ingreso marginal y 3.500 € de coste marginal: producirlas destruye 1.000 € de beneficio. El análisis marginal lo detecta de inmediato; el análisis por totales requiere comparar resultados finales.
Enunciado
Marta prepara el examen de Economía de selectividad. Estima la siguiente tabla de puntos adicionales que ganaría en el examen por cada hora extra de estudio (su beneficio marginal expresado en puntos). El coste de cada hora es el valor que ella concede al tiempo de ocio sacrificado: 0,4 puntos equivalentes por hora.
| Hora de estudio | Puntos extra esperados (BMg) | Coste por hora (CMg) |
|---|---|---|
| 1.ª | 1,8 | 0,4 |
| 2.ª | 1,2 | 0,4 |
| 3.ª | 0,8 | 0,4 |
| 4.ª | 0,5 | 0,4 |
| 5.ª | 0,3 | 0,4 |
| 6.ª | 0,1 | 0,4 |
¿Cuántas horas debería estudiar Marta esa tarde para maximizar su rendimiento neto?
Solución
En la Unidad 7 veremos que la decisión clásica de la empresa —¿cuánto producir?— se resuelve con esta misma regla: producir mientras el ingreso marginal sea mayor o igual al coste marginal. En la Unidad 11 veremos que la política monetaria también razona al margen: subir un tipo de interés cuando el beneficio marginal sobre la inflación sea mayor que el coste marginal sobre el empleo. El análisis marginal no es un truco técnico: es la lógica común de buena parte de la teoría económica.
Si hay una idea que distingue al economista del resto de las ciencias sociales, es la convicción de que la gente responde a incentivos. Cambia los incentivos y cambiarás el comportamiento, aunque las personas, los valores y las instituciones sean los mismos. Esta intuición —desarrollada por Gary Becker en los años setenta y popularizada después por Steven Levitt en Freakonomics— ha resultado tan productiva que la economía la ha exportado al estudio del crimen, la educación, la salud, la política y la familia.
Un incentivo es cualquier estímulo que altera el coste o el beneficio de una acción. Pueden ser:
La advertencia importante: los incentivos mal diseñados producen efectos contrarios a los que se buscaba. Si una escuela paga a sus profesores en función del aprobado de sus alumnos, puede bajar el nivel de los exámenes. Si una farmacéutica premia a sus comerciales por número de visitas a médicos, los comerciales harán muchas visitas cortas e ineficaces. Si una administración mide a sus hospitales por tiempo medio de espera, los hospitales aprenderán a gestionar la lista —retrasar diagnósticos, derivar casos— en lugar de mejorar la atención.
Los economistas llaman a este fenómeno ley de Goodhart: «cuando una medida se convierte en objetivo, deja de ser una buena medida». Diseñar incentivos es difícil; mal diseñados, son contraproducentes.
Hasta aquí hemos hablado de decisiones individuales: una persona, una empresa o un gobierno que decide ante alternativas fijas. Pero muchas decisiones económicas reales tienen una característica adicional: el resultado de mi elección depende también de lo que decidan los demás. Si rebajo el precio de mi producto, el resultado depende de si mis competidores también lo rebajan. Si decido no estudiar para un trabajo en grupo, el resultado depende de si mis compañeros sí estudian. Estas situaciones se llaman estratégicas y la rama que las estudia es la teoría de juegos.
La teoría de juegos —desarrollada por John von Neumann y Oskar Morgenstern en 1944 y ampliada por John Nash, premio Nobel en 1994— analiza decisiones interdependientes mediante tres elementos: los jugadores, las estrategias disponibles para cada uno y los pagos que recibe cada jugador según la combinación de estrategias elegidas.
El juego más famoso —y más útil pedagógicamente— es el dilema del prisionero. Su versión clásica: dos sospechosos de un atraco son detenidos e interrogados por separado. La policía no tiene pruebas suficientes para condenarlos por el delito grave, solo por una falta menor. A cada uno le ofrecen el mismo trato:
La matriz de pagos (años de cárcel para cada uno; menos años es mejor) queda así:
| B calla | B confiesa | |
|---|---|---|
| A calla | A: 1, B: 1 | A: 10, B: 0 |
| A confiesa | A: 0, B: 10 | A: 5, B: 5 |
Analicemos qué le conviene a A. Si B calla, a A le conviene confesar (0 años en lugar de 1). Si B confiesa, a A también le conviene confesar (5 años en lugar de 10). Es decir: pase lo que pase, a A le conviene confesar. Confesar es lo que los teóricos llaman una estrategia dominante. Por simetría, a B también le conviene confesar.
El resultado es paradójico: ambos confiesan y reciben 5 años cada uno, cuando si hubieran cooperado (callando ambos) habrían recibido solo 1 año. La búsqueda del interés individual produce un resultado colectivamente peor. A esa configuración estable —ninguno tiene incentivo a desviarse unilateralmente— la llamamos equilibrio de Nash.
Esta estructura aparece por todas partes en la realidad económica:
Cuando un dilema del prisionero se repite indefinidamente —no es una jugada única—, la cooperación se vuelve posible. Robert Axelrod demostró en los años ochenta que estrategias simples como «hago lo que tú hiciste en la jugada anterior» (estrategia tit for tat) son las más exitosas a largo plazo. Esa es la base teórica de por qué confiamos en proveedores habituales, repetimos clientes y mantenemos vínculos profesionales: porque la repetición convierte el dilema en cooperación.
Enunciado
Dos gasolineras vecinas, Repsa y Cepso, deciden cada mes si mantienen el precio alto (cooperar) o lo bajan (competir). La matriz recoge el beneficio mensual de cada una, en miles de euros (más es mejor):
| Cepso precio alto | Cepso precio bajo | |
|---|---|---|
| Repsa precio alto | Repsa: 8, Cepso: 8 | Repsa: 2, Cepso: 10 |
| Repsa precio bajo | Repsa: 10, Cepso: 2 | Repsa: 5, Cepso: 5 |
a) Hallar la estrategia dominante de cada gasolinera y el equilibrio de Nash en una jugada única. b) ¿Cuál sería el resultado cooperativo y por qué no es estable? c) Si el juego se repite indefinidamente y ambas aplican tit for tat, ¿qué resultado por periodo cabe esperar?
Solución
Antes de pasar al lado oscuro de la racionalidad humana, conviene fijar dos conceptos que vertebran el resto del curso.
La eficiencia económica se da cuando los recursos se asignan de forma que no es posible mejorar la situación de alguien sin empeorar la de otro. Esta definición —debida al economista italiano Vilfredo Pareto— se llama eficiencia paretiana. Una asignación es ineficiente cuando podríamos reorganizarla y dejar a alguien mejor sin perjudicar a nadie. La búsqueda de la eficiencia es uno de los criterios fundamentales del análisis económico, aunque conviene recordar que una asignación puede ser eficiente y profundamente injusta: la justicia distributiva es un criterio distinto, no contenido en la eficiencia.
El riesgo y la incertidumbre son dos conceptos parecidos pero distintos, una distinción que debemos a Frank Knight (1921). Hay riesgo cuando conocemos las probabilidades de los distintos resultados posibles (lanzar un dado, jugar a la ruleta, vender un producto cuya demanda histórica conocemos). Hay incertidumbre cuando ni siquiera conocemos las probabilidades (¿qué pasará con el mercado laboral dentro de quince años? ¿cómo afectará la inteligencia artificial a mi sector?). El primer caso se puede modelar con cálculo de probabilidades; el segundo, no. La mayor parte de las grandes decisiones económicas se toman bajo incertidumbre, no bajo riesgo.
Pasemos ahora a la segunda mitad de la unidad: la mirada moderna sobre cómo decidimos realmente. El primer paso lo dio en los años cincuenta el economista y psicólogo Herbert Simon, que sustituyó la hipótesis de racionalidad ilimitada por la idea de racionalidad acotada (bounded rationality).
La idea de Simon es sencilla y demoledora: las personas no maximizan, satisfacen. No exploran todas las alternativas posibles para escoger la óptima; exploran hasta encontrar una alternativa suficientemente buena y se detienen. Lo hacen porque buscar tiene un coste —tiempo, esfuerzo cognitivo, oportunidades perdidas— y porque su capacidad de procesar información es limitada.
Simon llamó a este comportamiento satisficing, palabra acuñada por él combinando satisfy y suffice. La consecuencia teórica fue enorme: si las personas no maximizan, los modelos económicos basados en maximización fallan en muchas predicciones. Simon recibió el Premio Nobel de Economía en 1978 por este giro.
Los manuales clásicos de economía siguen, en buena medida, asumiendo racionalidad completa. Pero los teóricos modernos han ido incorporando la racionalidad acotada en campos como la economía financiera (por qué los inversores cometen errores sistemáticos), la organización industrial (por qué las empresas se parecen tanto en lugar de optimizar) y la política económica (por qué algunos incentivos no funcionan como prevé el modelo). Todo esto desemboca, ya en los años setenta, en el campo que ha revolucionado la economía contemporánea: la economía del comportamiento.
Si Simon abrió la puerta, Daniel Kahneman y Amos Tversky la cruzaron con todas las consecuencias. Ambos eran psicólogos —no economistas— que, en una colaboración intensa que duró décadas, demostraron experimentalmente que los seres humanos cometemos errores sistemáticos y predecibles al tomar decisiones bajo incertidumbre. El trabajo es tan importante que Kahneman recibió el Premio Nobel de Economía en 2002, siendo psicólogo de formación.
Su síntesis para el gran público —el libro Pensar rápido, pensar despacio (2011)— se ha convertido en una de las obras más influyentes de la divulgación científica contemporánea. La idea central es que nuestro cerebro funciona con dos sistemas mentales que cooperan, pero que tienen lógicas distintas.
Kahneman propone que nuestro pensamiento se reparte entre dos sistemas:
La mayoría de nuestras decisiones las toma el Sistema 1; el Sistema 2 solo entra cuando el primero no sabe responder o cuando hacemos un esfuerzo consciente. El problema es que el Sistema 1, rapidísimo y eficientísimo, comete errores predecibles. Esos errores son los sesgos cognitivos.
Las heurísticas son atajos mentales que el Sistema 1 utiliza para tomar decisiones rápidas sin agotar recursos cognitivos. Suelen funcionar; cuando fallan, fallan de manera sistemática. Kahneman y Tversky identificaron varias, pero las dos más importantes para la economía son las siguientes.
Heurística de disponibilidad. Juzgamos la probabilidad de un suceso por la facilidad con la que recordamos ejemplos. Si los medios cubren intensamente accidentes de avión, sobreestimamos su frecuencia y subestimamos la del coche, mucho más mortífero. Si recordamos vívidamente a un amigo enriquecido con criptomonedas, sobreestimamos la probabilidad de hacernos ricos con ellas; los miles de inversores que perdieron dinero no son tan vívidos en nuestra memoria. Esta heurística explica muchas decisiones financieras: invertimos en lo que recordamos, no en lo que es estadísticamente prometedor.
Heurística de representatividad. Juzgamos si algo pertenece a una categoría por cuánto se parece al estereotipo de esa categoría, ignorando frecuencias reales. Si nos describen a alguien tímido, cuidadoso y aficionado a los puzles, tenderemos a pensar que es bibliotecario, aunque haya cien veces más comerciales tímidos que bibliotecarios tímidos. En economía, esta heurística explica por qué confundimos empresa que parece de éxito con empresa que es de éxito.
De los más de cien sesgos catalogados, conviene dominar al menos cinco que aparecen una y otra vez en decisiones económicas.
El gran modelo formal que Kahneman y Tversky aportaron a la economía es la Teoría Prospectiva (1979). Su idea central, ya mencionada, es que valoramos asimétricamente ganancias y pérdidas. La función de valor que proponen tiene tres rasgos esenciales:
Esta curva explica muchas decisiones reales: por qué preferimos una ganancia segura a una incierta de mayor valor esperado, pero una pérdida incierta a una pérdida segura del mismo valor esperado. Por qué los inversores mantienen acciones perdedoras y venden las ganadoras (justo al revés de lo que aconsejaría la teoría clásica). Por qué los planes de pensiones con suscripción automática (opt-out) tienen tasas de participación mucho más altas que los de suscripción voluntaria (opt-in).
La racionalidad acotada y los sesgos cognitivos no son curiosidades de laboratorio: están detrás de muchas decisiones de política pública contemporánea. Richard Thaler —Premio Nobel de Economía en 2017— llevó el legado de Kahneman al diseño institucional. Su tesis es que, si la gente no decide racionalmente, los gobiernos pueden ayudar a mejorar la decisión sin restringir la libertad, mediante lo que él y Cass Sunstein llamaron en 2008 nudges (empujones) y, en español, arquitectura de elección.
Un nudge no es una prohibición ni un impuesto: es un cambio en la forma de presentar las opciones que aprovecha los sesgos para empujar al ciudadano hacia la decisión socialmente preferible, conservando siempre su libertad para hacer lo contrario.
Más allá del laboratorio, varios ejemplos cotidianos en España muestran cómo la economía del comportamiento ya estructura decisiones públicas:
La cuestión ética es relevante: ¿hasta dónde puede el Estado empujarnos hacia decisiones que considera mejores para nosotros? Críticos como Cass Sunstein han matizado que el nudge debe ser transparente, evitable y orientado al bienestar del propio sujeto, no a recaudación o control. Lo que sí parece claro es que no decidir cómo se presentan las opciones es ya una decisión: alguien diseña la arquitectura. Si no lo hace el regulador, lo hará el mercado, y no necesariamente con nuestros intereses en mente.
Lo aprendido aquí no es ornamento: vertebra el resto del curso. El coste de oportunidad reaparecerá en la decisión del consumidor (Unidad 4), en la decisión del ahorrador (Unidad 3) y en la elección entre alternativas de inversión pública (Unidad 11). El análisis marginal es la herramienta central de la teoría del consumidor y del productor (Unidades 4 y 7). Los incentivos y la teoría de juegos vuelven a aparecer al estudiar el comportamiento de los mercados oligopolísticos (Unidad 6) y las negociaciones internacionales (Unidad 12). Y la economía del comportamiento condiciona cómo entendemos hoy la educación financiera personal (Unidad 3), las decisiones de los inversores (Unidad 10) y el diseño de la política económica (Unidad 11). Conviene volver a esta unidad cada vez que aparezca uno de estos hilos.
Si esta unidad te ha interesado, aquí van algunas lecturas y recursos para ir más allá:
Estas preguntas no tienen una respuesta única. Sirven para discutir en clase o para pensar individualmente al cerrar la unidad:
Nadie nos enseña a manejar el dinero, pero todos vamos a tener que hacerlo durante sesenta años. Esta unidad cubre lo que un manual decente de bachillerato debería dejar fijado antes de que un alumno firme su primera nómina, su primer préstamo o su primera hipoteca.
Tiempo estimado de lectura: ~25 min · Saberes LOMLOE: A.4 · Pre-requisitos: Unidades 1-2 (escasez y decisiones económicas; coste de oportunidad e interés).
Al acabar esta unidad sabrás:
- Elaborar un presupuesto personal distinguiendo ingresos, gastos fijos y gastos variables.
- Aplicar la fórmula del interés compuesto y entender por qué el tiempo manda más que el capital aportado.
- Comparar productos financieros básicos por rentabilidad, riesgo, liquidez y plazo.
- Diferenciar hipoteca y préstamo personal y calcular una cuota mensual con TIN, TAE y Euribor.
- Reconocer el seguro como instrumento de transferencia del riesgo y decidir cuándo merece la pena contratarlo.
La planificación financiera personal es la rama de la economía que más directamente afecta al alumnado. A diferencia del PIB, las elasticidades o los modelos AD-AS, todo el que termina el bachillerato va a manejar dinero todos los días durante el resto de su vida. Y, sin embargo, es la parte que peor cubren la mayoría de manuales: tres páginas con un gráfico de la pirámide de Maslow y media tabla con productos financieros. Esta unidad va en otra dirección. Lo que sigue es lo que un alumno debería entender antes de abrir su primera cuenta, firmar su primer préstamo o pedirse su primera hipoteca.
El currículo LOMLOE pide algo concreto: aprender a planificar y gestionar las decisiones financieras personales —inversión, ahorro y consumo—, entender el papel del dinero y los bancos, conocer cómo funcionan los productos financieros más habituales —préstamos, hipotecas y sus sustitutos—, y comprender la utilidad de los seguros. Lo recorreremos en este orden: primero el presupuesto, luego la magia del interés compuesto, después los productos financieros y, por último, los seguros y la deuda hipotecaria.
Antes de hablar de productos financieros, fondos indexados o tipos de interés, conviene fijar la herramienta más simple y la más infrautilizada: el presupuesto personal. Un presupuesto es, sin más, un registro ordenado de los ingresos que entran y los gastos que salen en un periodo, normalmente un mes. Sin presupuesto, hablar de ahorrar o invertir es como hablar de adelgazar sin pesarse: una vaguedad sin tracción.
Un presupuesto bien hecho distingue tres bloques:
La diferencia entre ingresos y gastos es lo que el presupuesto llama capacidad de ahorro. Cuando es positiva, queda dinero para destinar al ahorro o la inversión; cuando es negativa, el saldo se cubre con deuda, lo que a medio plazo es insostenible.
Una heurística sencilla, popularizada por la senadora estadounidense Elizabeth Warren, propone repartir los ingresos netos en tres bloques:
No es una ley, sino una referencia. En el contexto español de 2025-2026, con salarios medios todavía contenidos y alquileres altos en las grandes ciudades, esa distribución resulta optimista para muchas personas jóvenes. Pero es una buena vara de medir: si las necesidades superan el 70 % del ingreso, hay un problema estructural (vivienda demasiado cara o ingresos demasiado bajos para el coste de vida).
Antes de invertir nada, la recomendación estándar es construir un fondo de emergencia equivalente a entre tres y seis meses de gastos. Sirve para cubrir imprevistos —una avería del coche, un mes sin trabajo, una reparación urgente— sin tener que recurrir a una tarjeta de crédito o a un préstamo personal de alto interés. Conviene tenerlo en un producto líquido (cuenta remunerada o depósito con cancelación gratuita), no invertido en bolsa, precisamente porque su utilidad es estar disponible cuando lo necesites, no rentabilizar.
Si hay un concepto que merece quedarse fijado para siempre de esta unidad, es el interés compuesto. No es una curiosidad técnica: es la pieza que explica por qué empezar a ahorrar a los 20 años vale literalmente diez veces más que empezar a los 40, y por qué la deuda de tarjeta a un 24 % anual destroza a quien la arrastra.
La fórmula del capital final con interés compuesto es:
Cf = Ci · (1 + i)^n
Donde Ci es el capital inicial, i el tipo de interés del periodo expresado en tanto por uno y n el número de periodos. La aparente simplicidad de la fórmula esconde un comportamiento profundamente no lineal: el capital crece de forma exponencial, no lineal. Y el factor que más manda en el largo plazo no es el tipo de interés ni el capital aportado, sino el tiempo.
Imaginemos que invertimos 100 € hoy a un 5 % anual y los dejamos quietos durante 30 años. ¿Cuánto tendremos al final?
Cf = 100 · (1,05)^30 = 100 · 4,322 = 432,19 €
Sin haber añadido ni un euro más, los 100 € iniciales se han convertido en 432 €. La diferencia entre los 100 y los 432 son los intereses acumulados: 332 € de pura magia matemática, sin esfuerzo adicional. Si en lugar de 30 años fueran 40, el resultado sería 704 €; a 50 años, 1.146 €. Y si en lugar del 5 % el rendimiento fuera del 8 % anual (la rentabilidad histórica media de la bolsa global a largo plazo, ajustada por inflación), los 100 € se convertirían en 1.006 € a los 30 años. Diez veces el capital de partida.
Enunciado
Dos hermanos, Ana y Bruno, deciden ahorrar para su jubilación. Ambos aportan 2.000 € al año y obtienen una rentabilidad media del 7 % anual (compuesto).
¿Quién tendrá más capital a los 65 años?
Solución
Aportaciones totales de cada uno:
Capital acumulado por Ana. Sus aportaciones se capitalizan al 7 % anual y, tras los 10 años de aportes, el capital sigue creciendo 35 años más sin nuevas entradas. El cálculo combina dos fases (renta de aportación + capitalización pura):
Capital acumulado por Bruno. Aporta 2.000 € al año durante 35 años al 7 % (renta constante capitalizada):
Comparación:
Lección práctica: el factor decisivo del interés compuesto no es cuánto aportas, sino cuánto tiempo dejas que el dinero trabaje. Empezar a invertir a los 20 años con poca cantidad es financieramente más eficiente que empezar a los 30 con mucha. Esta es la justificación matemática de por qué cualquier plan de jubilación —público o privado— recomienda empezar pronto, aunque sean cantidades pequeñas.
Los bancos y los mercados ofrecen una variedad amplia de productos para guardar o hacer crecer el dinero. La pregunta práctica para decidir entre ellos no es «¿cuál es el mejor?», sino «¿cuál es el adecuado para qué dinero y para qué plazo?». Para responderla hay que evaluar cada producto en cuatro dimensiones:
La regla básica del sistema financiero es que rentabilidad y riesgo van de la mano: ningún producto ofrece alta rentabilidad sin asumir riesgo proporcional. Si alguien ofrece «5 % seguro y sin riesgo» cuando los depósitos bancarios pagan el 2 %, hay gato encerrado.
| Producto | Rentabilidad esperada | Riesgo | Liquidez | Plazo recomendado |
|---|---|---|---|---|
| Cuenta corriente | 0 % | Muy bajo (FGD hasta 100.000 €) | Inmediata | Operativa diaria |
| Cuenta remunerada | 1-3 % | Muy bajo (FGD hasta 100.000 €) | Inmediata o pocos días | Fondo de emergencia |
| Depósito a plazo | 2-4 % | Muy bajo (FGD hasta 100.000 €) | Baja (penalización por cancelación) | 6 meses – 3 años |
| Bonos del Estado | 2-4 % | Bajo (riesgo país) | Media (mercado secundario) | 3 – 10 años |
| Fondo de inversión indexado | 6-8 % medio a largo plazo | Medio (volatilidad de mercado) | Alta (reembolso en días) | 10 años o más |
| Acciones individuales | Variable (puede ser negativa) | Alto | Alta (mercados líquidos) | 10 años o más, con diversificación |
| Criptoactivos | Muy variable | Muy alto | Variable | Especulativo, no se considera ahorro |
Notas a la tabla:
La deuda no es ni mala ni buena en abstracto: depende de para qué se usa y bajo qué condiciones. La regla práctica es que la deuda productiva —la que financia algo que genera valor o ingresos a largo plazo, como la vivienda habitual o la formación— puede tener sentido económico. La deuda de consumo —la que financia gasto corriente como ropa, viajes o electrónica— suele ser una decisión financiera mala porque paga intereses por bienes que pierden valor inmediatamente.
Tres términos básicos para no perderse al comparar ofertas:
Enunciado
Una pareja quiere comprar un piso en Valencia por 200.000 €. Aportan una entrada del 20 % (40.000 €) y necesitan financiar 160.000 € con una hipoteca a 25 años. El banco ofrece un tipo fijo del 3,5 % TIN (TAE del 3,9 % incluyendo seguros vinculados).
a) Calcular la cuota mensual aproximada. b) Calcular el total de intereses pagados durante toda la vida del préstamo. c) ¿Cuánto subiría la cuota si el tipo aplicado fuera del 5 % en lugar del 3,5 %?
Solución
Datos del préstamo:
C = 160.000 €n = 25 años × 12 = 300 cuotasi = 3,5 % / 12 = 0,002917Cuota mensual (fórmula francesa estándar):
Cuota = C · i / (1 − (1 + i)^(−n))
Coste total y intereses:
Escenario con tipo del 5 %:
Conclusión práctica: cada punto porcentual de TIN en una hipoteca de 25 años se traduce en aproximadamente 80-100 € más de cuota mensual y 25.000-30.000 € más de intereses totales. Por eso negociar bien el tipo —y leer la TAE, no solo el TIN— marca diferencias enormes a lo largo de la vida del préstamo.
La última pieza de la planificación financiera personal son los seguros. Su lógica es simple: a cambio de pagar una prima periódica (mensual, anual), el asegurado transfiere el riesgo de un evento improbable pero costoso a una compañía aseguradora, que se compromete a cubrir los daños si el evento ocurre.
Los seguros no son una inversión —no buscan rentabilidad—, sino una herramienta de gestión del riesgo: aceptamos perder con seguridad una pequeña cantidad (la prima) a cambio de evitar la posibilidad de una pérdida catastrófica (incendio de la casa, accidente grave, gastos médicos en el extranjero).
La pregunta clave para decidir si un seguro merece la pena es: ¿podría asumir económicamente el siniestro si ocurriera?
La regla práctica: asegurar lo grande y autoasegurar lo pequeño. El seguro existe para evitar la ruina, no para cubrir cada pequeña incomodidad.
El Banco de España es el banco central nacional, integrado desde 1999 en el Eurosistema. Sus funciones principales son ejecutar la política monetaria del BCE en territorio español, supervisar las entidades financieras y promover la estabilidad del sistema. Pero también tiene una función menos visible y especialmente relevante para esta unidad: la educación financiera ciudadana.
Desde 2008, el Banco de España y la CNMV (Comisión Nacional del Mercado de Valores) coordinan el Plan de Educación Financiera, cuya cara pública más conocida es la web Finanzas para Todos (finanzasparatodos.es). El plan reconoce algo que el sistema educativo español todavía no resuelve bien: la mayoría de la población adulta no sabe calcular un interés compuesto, no entiende qué es la TAE y no sabe distinguir un fondo de gestión activa de uno indexado. Las consecuencias —desde el episodio de las preferentes hasta el sobreendeudamiento con tarjetas revolving— son sociales y costosas.
Algunos recursos públicos imprescindibles para citar en clase:
Antes de cerrar la unidad, conviene fijar algunos órdenes de magnitud del contexto español que el alumnado debería poder citar con soltura:
Si esta unidad te ha interesado, aquí van algunos recursos —muchos de ellos públicos y gratuitos— para ir más allá:
Estas preguntas no tienen una respuesta única. Sirven para discutir en clase o para pensar individualmente al cerrar la unidad:
El precio no lo fija ni quien produce ni quien compra. Lo fija el encuentro entre los dos en un sitio que llamamos mercado. Entender cómo se mueve ese precio cuando cambia el mundo es el corazón del análisis microeconómico.
Tiempo estimado de lectura: ~25 min · Saberes LOMLOE: B.1 · Pre-requisitos: Unidad 1 (mercados como sistema de asignación).
Al acabar esta unidad sabrás:
- Aplicar la ley de la demanda y la ley de la oferta a casos reales del mercado español.
- Distinguir un movimiento a lo largo de la curva de un desplazamiento de la curva.
- Identificar los cinco factores que desplazan la demanda y los cinco que desplazan la oferta.
- Calcular el equilibrio de mercado gráfica y algebraicamente con funciones lineales.
- Reconocer las cuatro estructuras de mercado con ejemplos españoles actuales.
Hasta aquí hemos hablado de decisiones individuales: cómo elige una persona, cómo planifica un ahorrador, cómo razona un consumidor con racionalidad acotada. Ahora cambiamos de escala. Un mercado no es la suma aritmética de decisiones aisladas: es el encuentro coordinado entre muchas personas que quieren comprar y muchas que quieren vender un mismo bien o servicio. De ese encuentro emerge una cifra —el precio— que ninguna de las partes ha fijado individualmente pero que todas terminan respetando.
Esta unidad presenta el modelo más célebre de la teoría económica: oferta y demanda. Es una simplificación deliberada de la realidad —los mercados reales rara vez se comportan con esta limpieza— pero es la herramienta que permite predecir la dirección del cambio cuando ocurre algo nuevo en el mundo. Cuando sube el precio del aceite de oliva, cuando bajan los smartphones, cuando se dispara el alquiler en Madrid: en todos los casos hay una historia de oferta y demanda detrás. Aprenderla bien aquí es la base de las Unidades 5 (elasticidad) y 6 (fallos de mercado).
Un mercado es cualquier institución —física, virtual, formal o informal— que pone en contacto a quienes ofrecen un bien o servicio con quienes lo demandan, y que permite que entre ellos se acuerden un precio y una cantidad. Esa definición, deliberadamente amplia, abarca tanto el mercado central de una ciudad como Amazon, la Bolsa de Madrid, una subasta de pescado en Vigo o el grupo de WhatsApp donde un vecindario vende cosas de segunda mano.
Todos los mercados, por distintos que parezcan, cumplen tres funciones:
Los economistas clasifican los mercados según cuántos vendedores hay y cómo de parecido es lo que venden. Esta clasificación da las cuatro estructuras de mercado básicas, que veremos en profundidad al final de la unidad: competencia perfecta, competencia monopolística, oligopolio y monopolio. El modelo de oferta-demanda que estudiamos a continuación describe con precisión el primero —competencia perfecta— y sirve como aproximación útil para los demás.
La demanda de un bien es la cantidad que los consumidores están dispuestos a comprar —y pueden pagar— a cada precio posible, durante un periodo determinado y en un mercado concreto. Dos matices son importantes: dispuestos (querer comprar) y pueden pagar (tener capacidad económica). Un adolescente que quiere un coche eléctrico no forma parte de la demanda hasta que tiene los 35 000 € para pagarlo.
La regularidad empírica más sólida de la microeconomía es la ley de la demanda: cuando el precio de un bien sube, la cantidad demandada baja; cuando el precio baja, la cantidad demandada sube. Es una relación inversa entre precio y cantidad, y se cumple en casi todos los mercados imaginables.
¿Por qué? Por dos razones simultáneas:
Los dos efectos empujan en la misma dirección y por eso la ley de la demanda es tan robusta. Hay excepciones documentadas (bienes Giffen, bienes de Veblen, bienes de estatus) pero son raras y las trataremos brevemente en la Unidad 5.
La forma más directa de representar la demanda es una tabla que enumera, para cada precio, la cantidad que los consumidores demandan. Imaginemos el mercado mensual de entradas de cine en una ciudad mediana:
| Precio (€/entrada) | Cantidad demandada (entradas/mes) |
|---|---|
| 12 | 8 000 |
| 10 | 12 000 |
| 8 | 18 000 |
| 6 | 26 000 |
| 4 | 36 000 |
La tabla cumple la ley de la demanda: a precios más altos, menos entradas; a precios más bajos, más. Si trasladamos la tabla a un eje cartesiano con el precio en vertical y la cantidad en horizontal, los cinco puntos quedan alineados a lo largo de una línea descendente de izquierda a derecha: esa es la curva de demanda. En este libro la dibujaremos como una recta para simplificar; en la realidad puede ser más curva, pero la dirección descendente se mantiene siempre.
Algebraicamente, la curva de demanda del ejemplo se aproxima por la función lineal Q_d = 60 000 − 4 000·P: cada euro adicional reduce la demanda en 4 000 entradas mensuales.
La curva que acabamos de dibujar es la demanda agregada del mercado: la suma horizontal de las demandas individuales de todos los consumidores. Cada uno tiene su propia curva —algunos siguen comprando aunque suba el precio, otros desaparecen del mercado en cuanto sube un euro—. Sumadas, todas ellas dan la demanda del mercado.
La oferta de un bien es la cantidad que los productores están dispuestos a vender a cada precio posible, durante un periodo determinado y en un mercado concreto. De nuevo, dos matices: dispuestos (querer producir y vender) y capaces (tener los recursos para hacerlo). Un panadero que quisiera fabricar 10 000 barras al día pero solo tiene un horno para 800 no forma parte de la oferta por encima de esa cifra.
La ley de la oferta establece una relación directa entre precio y cantidad: cuando el precio sube, los productores ofrecen más; cuando el precio baja, ofrecen menos. La intuición es clara: a precios altos, vender resulta más rentable; entran al mercado productores marginales que antes no compensaban; los existentes amplían capacidad. A precios bajos, los productores menos eficientes salen del mercado y los demás reducen la producción.
La curva de oferta, por tanto, es ascendente de izquierda a derecha: a más precio, más cantidad ofrecida. Una formulación lineal típica sería Q_o = a + b·P, con b positivo.
Como en la demanda, la oferta de mercado es la suma horizontal de las ofertas de todos los productores. Si una panadería ofrece 800 barras al día a 1,50 € y otra ofrece 1 200, la oferta de mercado a ese precio es 2 000 barras.
Si dibujamos en el mismo gráfico la curva de demanda (descendente) y la de oferta (ascendente), las dos curvas se cruzan en un único punto. Ese punto es el equilibrio de mercado: el precio al que los consumidores quieren comprar exactamente la misma cantidad que los productores quieren vender. Lo llamamos precio de equilibrio (P*) y cantidad de equilibrio (Q*).
¿Qué pasa si el precio está por encima del equilibrio? Los productores quieren vender más de lo que los consumidores quieren comprar. Aparece un exceso de oferta (también llamado excedente): existencias que se quedan sin vender. Los productores, al ver que no colocan su producto, bajan el precio para deshacerse del stock. El precio cae hasta tocar el equilibrio.
¿Y si el precio está por debajo del equilibrio? Los consumidores quieren comprar más de lo que los productores quieren vender. Aparece un exceso de demanda (también llamado escasez): colas, agotamientos, lista de espera. Los consumidores compiten entre sí, los productores se dan cuenta de que pueden cobrar más, y el precio sube hasta el equilibrio.
El mercado, en este modelo, es un mecanismo autocorrectivo: cualquier desviación del precio respecto del equilibrio genera presiones que lo devuelven al equilibrio. Esta propiedad —la estabilidad del equilibrio— es lo que hace tan poderoso al modelo de oferta y demanda.
Enunciado
En el mercado mensual de un cierto modelo de auriculares inalámbricos, las funciones de demanda y oferta son lineales:
(P en euros, Q en miles de unidades mensuales.)
a) Calcular el precio y la cantidad de equilibrio. b) ¿Qué ocurre si el Gobierno fija un precio máximo de 12 € por auriculares con el objetivo de hacerlos más accesibles? Calcular el exceso de demanda resultante.
Solución
100 − 2P = 20 + 3P
100 − 20 = 3P + 2P
80 = 5P
P* = 16 €.Q* = 100 − 2·16 = 68 mil unidades/mes (o equivalentemente 20 + 3·16 = 68). El equilibrio es (P* = 16 €, Q* = 68 000 unidades/mes).Este es uno de los puntos donde el alumnado se confunde más a menudo en los exámenes. La distinción es crucial y conviene fijarla bien antes de avanzar.
Ocurre cuando cambia el precio del propio bien y, en consecuencia, cambia la cantidad demandada u ofrecida sin que cambie la curva. Pasamos de un punto a otro sobre la misma curva. Si el precio del cine sube de 8 € a 10 €, nos movemos de (8 €, 18 000) a (10 €, 12 000): es un movimiento a lo largo de la curva de demanda, no un cambio de curva.
Ocurre cuando cambia cualquier otro factor distinto del precio del bien. La curva entera se desplaza —a la derecha si la demanda u oferta aumenta a todos los precios, a la izquierda si disminuye—. En ese caso aparece un nuevo equilibrio distinto del anterior.
La regla mnemotécnica es directa: si cambia el precio del bien, nos movemos sobre la curva; si cambia cualquier otra cosa, la curva se desplaza.
Enunciado
Entre 2020 y 2025, el precio medio del alquiler en Madrid pasó de unos 15 €/m²/mes a más de 22 €/m²/mes (idealista/INE, cierre 2025). Simultáneamente, los datos del INE indican que el número de viviendas en alquiler residencial se mantuvo o incluso bajó ligeramente. Analizar la situación con el modelo de oferta y demanda:
a) Identificar qué factores han desplazado la demanda de alquiler en Madrid en este periodo. b) Identificar qué factores han desplazado (o no han desplazado) la oferta. c) ¿Es coherente la subida simultánea de precio y la caída de cantidad con un desplazamiento de la oferta o de la demanda?
Solución
El gran valor analítico del modelo es que permite predecir la dirección del cambio cuando una de las dos curvas se desplaza. Resumimos los cuatro casos básicos:
Cuando se mueven las dos curvas a la vez —caso frecuente en la realidad— una de las dos variables del equilibrio queda indeterminada sin información adicional sobre cuál de las dos se mueve más. Por eso el análisis profesional combina el modelo con datos empíricos sobre la magnitud de cada desplazamiento.
Enunciado
En el mercado español de coches eléctricos durante 2024-2026 ocurren dos cosas a la vez:
a) ¿Qué le ocurre con seguridad a la cantidad de equilibrio? b) ¿Qué le ocurre al precio de equilibrio? c) Formula la regla general de los desplazamientos simultáneos.
Solución
El modelo de oferta y demanda que acabamos de ver describe con precisión la competencia perfecta. Los mercados reales rara vez lo son. Conviene distinguir las cuatro estructuras clásicas según el número de empresas y el grado de diferenciación del producto.
Muchas empresas, producto homogéneo, libre entrada y salida. Ninguna empresa es lo bastante grande para influir en el precio: todas son precio-aceptantes. El comprador es indiferente entre comprarle a uno u otro porque el producto es el mismo. Información transparente, sin barreras de entrada.
El ejemplo más próximo en España son los mercados agrícolas mayoristas —Mercabarna, Mercamadrid—: miles de productores de tomate, manzana o naranja venden un producto esencialmente intercambiable a un precio que se forma por el cruce de oferta y demanda diaria. Ningún productor individual puede subir su precio por encima del de mercado sin perder todas sus ventas. La competencia perfecta es más una referencia teórica que una realidad cotidiana, pero la aproximación es útil para entender muchos mercados de materias primas.
Una sola empresa, sin sustitutos cercanos, barreras de entrada altas. La empresa monopolista decide el precio que más le conviene: es precio-fijadora. El monopolio puede surgir por concesión legal (monopolios públicos), por control de un recurso clave, por patentes o por economías de escala que hacen inviable que entre otro competidor.
Casos puros de monopolio quedan pocos. Históricamente, Renfe mantuvo durante décadas un cuasi-monopolio en la alta velocidad ferroviaria española: la única forma de cruzar Madrid-Barcelona en tren rápido era el AVE de Renfe. Desde 2021 ese monopolio se ha roto con la entrada de Ouigo (filial de SNCF francesa) y Iryo (Trenitalia + Air Nostrum + Globalvia), pasando a una estructura de oligopolio con tres operadores. Otros casos próximos al monopolio en España: Adif en la gestión de infraestructura ferroviaria, Aena en la gestión de aeropuertos comerciales, distribuidoras eléctricas en su zona geográfica.
Pocas empresas grandes, mucho poder de mercado, producto homogéneo o diferenciado. Las decisiones de cada una afectan al resto. Hay barreras de entrada significativas (capital, regulación, marca). Los oligopolios son extremadamente comunes en la economía española.
El ejemplo más nítido es el mercado eléctrico minorista: Iberdrola (33,6 % de puntos de suministro), Endesa (32,6 %) y Naturgy (14,6 %) concentraban en 2024 más del 80 % del mercado doméstico de electricidad en España (CNMC, Informe de Supervisión de los Mercados Minoristas 2024). En cuota de ventas de energía, Endesa lidera con el 28 %, Iberdrola el 23 % y Naturgy el 8 %. Aunque existen decenas de comercializadoras pequeñas, las decisiones de precio y oferta de las tres grandes marcan el ritmo del mercado. Otros oligopolios españoles relevantes: telefonía móvil (Telefónica/Movistar, Vodafone, Orange/MásMóvil-Digi), banca (Santander, BBVA, CaixaBank), distribución de combustibles (Repsol, Cepsa/Moeve, BP).
En un oligopolio, las empresas pueden competir agresivamente (guerras de precios), coordinarse tácitamente (líder de precios) o, en casos ilegales, colusionar: pactar precios o repartirse el mercado. La CNMC vigila y sanciona estos casos —el cártel de los fabricantes de coches por intercambio de información comercial sensible (2015-2021) es un caso reciente.
Muchas empresas, producto diferenciado, libre entrada. Es la estructura más extendida en sectores de consumo: cada empresa vende un producto parecido pero no idéntico al de las demás, lo que le permite cierto margen para fijar precio (un mini-monopolio sobre su versión del producto) sin escapar de la presión de la competencia.
El ejemplo cotidiano es el supermercado: Mercadona, Lidl, Carrefour, Dia, Alcampo, Aldi, Eroski compiten en el mismo terreno pero con propuestas diferenciadas —Mercadona apuesta por la marca propia consolidada, Lidl por precios bajos en surtido reducido, Carrefour por amplitud de gama, Dia por proximidad—. Hay decenas de actores, pero el liderazgo cuantitativo está concentrado: Mercadona ronda el 27 % del mercado, Carrefour el 9 %, Lidl el 7 %. La competencia es real —ningún supermercado puede subir precios bruscamente sin perder clientes— pero el producto está diferenciado por marca, calidad percibida, ubicación y servicio. Otros ejemplos típicos: restauración, peluquerías, librerías, ropa de calle.
| Estructura | Nº de empresas | Producto | Poder de fijar precio | Ejemplo español |
|---|---|---|---|---|
| Competencia perfecta | Muchísimas | Homogéneo | Nulo | Productores de naranjas en Mercabarna |
| Competencia monopolística | Muchas | Diferenciado | Bajo | Mercadona vs Lidl vs Carrefour (distribución alimentaria) |
| Oligopolio | Pocas | Homogéneo o diferenciado | Alto | Iberdrola, Endesa, Naturgy (electricidad) |
| Monopolio | Una | Sin sustitutos | Total | Renfe AVE (hasta 2021), Aena |
Esta unidad sienta las bases para todo el Bloque B. En la Unidad 5 aprenderemos a medir cuánto responde la demanda y la oferta a un cambio de precio —la elasticidad— y usaremos esa medida para entender por qué subir el IVA del tabaco recauda mucho y subir el IVA del pan recauda poco. En la Unidad 6 veremos los fallos de mercado: situaciones en las que el equilibrio que produce el mercado no es socialmente deseable (externalidades, bienes públicos, poder de mercado, información asimétrica) y la intervención pública puede mejorar el resultado.
Si esta unidad te ha interesado, aquí van algunas lecturas y recursos para ir más allá:
Estas preguntas no tienen una respuesta única. Sirven para discutir en clase o para pensar individualmente al cerrar la unidad:
Saber que el precio sube no es bastante. Hace falta saber **cuánto** se mueve la cantidad cuando lo hace, **quién** soporta realmente el cambio y **cuánto bienestar** queda destruido por el camino. La elasticidad pone número a esas preguntas.
Tiempo estimado de lectura: 35-40 min · Saberes LOMLOE: B.2, B.3 · Pre-requisitos: Unidad 4 (oferta, demanda y equilibrio de mercado).
Al acabar esta unidad sabrás:
- Calcular las tres elasticidades de la demanda (precio, renta y cruzada) y la elasticidad de la oferta, e interpretar su signo y magnitud.
- Predecir cómo varía el ingreso total de una empresa cuando cambia el precio, según la demanda sea elástica o inelástica.
- Medir el excedente del consumidor y del productor en un mercado simple y calcular el peso muerto de una intervención.
- Analizar los efectos sobre el bienestar de precios máximos, precios mínimos e impuestos, con casos reales (alquiler, salario mínimo, tabaco, azúcar).
En la unidad anterior vimos qué mueven la oferta y la demanda. En esta vamos a precisar cuánto. Que la cantidad demandada caiga cuando sube el precio es trivial; la pregunta interesante es cuánto cae y, sobre todo, cuánto cae en relación a cuánto ha subido el precio. Esa proporción —cuánto se mueve la cantidad por cada 1 % que se mueve el precio— se llama elasticidad, y es probablemente el concepto más útil de toda la microeconomía aplicada.
Esta unidad cubre dos saberes del Bloque B que van de la mano: la elasticidad (B.2) como herramienta para medir la sensibilidad de los mercados, y el análisis coste-beneficio en términos de bienestar (B.3) que utiliza los excedentes del consumidor y del productor para juzgar si una intervención pública mejora o empeora la situación. El hilo entre las dos partes es claro: sin saber la elasticidad de un mercado, no se puede prever el efecto sobre el bienestar de un precio máximo, un salario mínimo o un impuesto.
La elasticidad-precio de la demanda (Epd) mide cuánto varía porcentualmente la cantidad demandada de un bien ante una variación porcentual de su precio. Su fórmula básica es:
E_p^d = %ΔQ / %ΔP
Como la curva de demanda tiene pendiente negativa, una subida de precio (ΔP > 0) provoca una caída de cantidad (ΔQ < 0), y el cociente sale negativo. Por convención casi universal, en clase trabajamos con el valor absoluto —el signo se da por descontado— y la comparamos con 1.
Calcular el porcentaje de variación de Q dividiendo entre Qinicial y de P entre Pinicial da un resultado distinto si subimos el precio que si lo bajamos. Para evitar esa asimetría, los manuales usan el método del punto medio (también llamado fórmula del arco):
E_p^d = [ (Q₂ − Q₁) / ((Q₁ + Q₂)/2) ] / [ (P₂ − P₁) / ((P₁ + P₂)/2) ]
Es decir: el porcentaje se calcula sobre la media de los dos valores, no sobre el inicial. Con esto, mover el precio de 10 a 12 da la misma elasticidad que moverlo de 12 a 10.
Una vez calculado el valor absoluto de Epd, lo comparamos con la unidad:
Cuatro factores explican la mayor parte de las diferencias entre bienes:
A modo de orientación, estos son valores de elasticidad-precio estimados en estudios empíricos para bienes habituales en España y la UE:
| Bien o servicio | Epd (aprox.) | Clasificación |
|---|---|---|
| Pan y cereales | 0,2 | Muy inelástico |
| Electricidad doméstica | 0,3 | Inelástico |
| Tabaco (corto plazo) | 0,4 | Inelástico |
| Tabaco (largo plazo) | 0,8 | Inelástico, casi unitario |
| Bebidas azucaradas | 0,9 | Casi unitario |
| Carne de ternera | 1,1 | Ligeramente elástico |
| Restaurantes | 1,5 | Elástico |
| Viajes en avión por ocio | 1,8 | Elástico |
| Marcas concretas de cereal | 3,0 | Muy elástico |
La regla intuitiva: cuanto más necesario y menos sustituible, más cerca del 0; cuanto más prescindible o más sustituible, más por encima del 1.
El ingreso total que recibe una empresa por un producto es IT = P · Q. Cuando sube el precio, P empuja al alza; pero Q cae. Quien gana o pierde la pulsa depende de la elasticidad:
Enunciado
Una panadería del centro de Valencia vende su pan de masa madre a 3,00 €/barra y vende 400 barras al día. Decide subir el precio a 3,60 €/barra y observa que las ventas caen a 360 barras al día.
a) Calcular la elasticidad-precio de la demanda por el método del punto medio. b) Clasificar la demanda. c) ¿Qué pasa con el ingreso total? ¿Acertó la panadería al subir el precio?
Solución
La elasticidad-precio no es la única que se mide. Las otras dos elasticidades clásicas son la elasticidad-renta y la elasticidad cruzada.
Mide la sensibilidad de la cantidad demandada de un bien ante variaciones de la renta del consumidor:
E_y = %ΔQ / %ΔY
Según su signo y magnitud, clasificamos los bienes:
La elasticidad-renta es clave para entender el crecimiento de los sectores: cuando un país se enriquece, la demanda de bienes de lujo crece más rápido que la del PIB, y la de bienes inferiores se estanca o cae.
Mide cómo varía la cantidad demandada del bien X ante una variación del precio del bien Y:
E_xy = %ΔQ_x / %ΔP_y
El signo lo dice todo:
La elasticidad cruzada es la herramienta que usan las autoridades de competencia para definir mercados relevantes: si dos productos tienen elasticidad cruzada alta, están en el mismo mercado.
Simétricamente, la elasticidad-precio de la oferta (Eps) mide cómo varía la cantidad ofrecida ante una variación del precio:
E_p^s = %ΔQ_s / %ΔP
Como la oferta tiene pendiente positiva, el cociente es positivo. La oferta es elástica si las empresas pueden expandir rápidamente la producción (industrias manufactureras con capacidad ociosa, software) e inelástica si tropieza con cuellos de botella (vivienda en suelo urbano escaso, vino con denominación de origen, oro extraído de minas). El horizonte temporal vuelve a importar: a corto plazo la oferta es casi siempre más inelástica que a largo plazo, porque hace falta tiempo para construir fábricas, abrir minas o plantar viñedos.
Hasta aquí hemos medido cantidades y precios. Para juzgar si un mercado funciona bien —si una intervención del Estado mejora o empeora la situación— necesitamos medir bienestar. La herramienta es el excedente.
Cada consumidor tiene una disposición máxima a pagar por el bien: lo que estaría dispuesto a desembolsar antes de quedarse sin él. La curva de demanda no es más que la suma ordenada de esas disposiciones a pagar: el primer consumidor pagaría hasta 10 €, el segundo hasta 8 €, y así sucesivamente. En el mercado, sin embargo, todos pagan el mismo precio de equilibrio.
El excedente del consumidor es la diferencia entre lo que el consumidor estaba dispuesto a pagar y lo que efectivamente paga. Gráficamente, es el área comprendida entre la curva de demanda y el precio de equilibrio, hasta la cantidad intercambiada. Es el equivalente monetario al «trato bueno» que se llevan los consumidores agregadamente.
Simétricamente, cada empresa tiene un coste marginal mínimo al que estaría dispuesta a vender. La curva de oferta es la suma ordenada de esos costes. En el mercado, todas venden al mismo precio de equilibrio.
El excedente del productor es la diferencia entre el precio cobrado y el coste mínimo. Gráficamente, es el área comprendida entre el precio de equilibrio y la curva de oferta, hasta la cantidad intercambiada.
La suma EC + EP se llama excedente total o bienestar agregado del mercado. El primer teorema de la economía del bienestar afirma que, en condiciones idealizadas (competencia perfecta, sin fallos de mercado), el equilibrio competitivo maximiza el excedente total: cualquier desviación —un precio impuesto, un impuesto, un monopolio— reduce el bienestar agregado. La parte de bienestar que se destruye y no la captura nadie se llama pérdida de eficiencia o peso muerto (en inglés, deadweight loss).
Con los excedentes y la elasticidad sobre la mesa, podemos analizar las tres intervenciones públicas clásicas en mercados concretos. La estructura del razonamiento es siempre la misma: identificar el equilibrio sin intervención, medir EC y EP, introducir la intervención, recalcular y comparar.
Un precio máximo (también llamado precio tope o price ceiling) es un precio legal por encima del cual no se puede vender un bien. Tiene sentido económico solo si se fija por debajo del precio de equilibrio; si se fija por encima, no tiene efecto.
Cuando el precio máximo es inferior al de equilibrio, ocurre lo siguiente:
El caso más estudiado es el control del alquiler. Berlín aprobó en 2020 un techo a los alquileres (Mietendeckel) que el Tribunal Constitucional alemán anuló en 2021 por exceso de competencias del Land. Cataluña aprobó en 2024 una nueva ley de zonas tensionadas que limita los alquileres en mercados con precios crecientes; la evidencia preliminar muestra una caída de la oferta de alquiler de larga duración y un desplazamiento hacia alquiler turístico, igual que ocurrió en San Francisco años antes.
Un precio mínimo (también llamado price floor) es un precio legal por debajo del cual no se puede vender un bien o servicio. Solo tiene efecto si se fija por encima del precio de equilibrio.
Aplicado al mercado de trabajo, el precio es el salario. Un salario mínimo por encima del salario de equilibrio implica:
El debate empírico sobre el salario mínimo es uno de los más vivos de la economía contemporánea, y aquí basta con anticiparlo: el estudio canónico de Card y Krueger (1994) sobre Nueva Jersey encontró efectos muy pequeños sobre el empleo, contradiciendo la teoría más sencilla. La realidad es que el efecto depende de la elasticidad de la demanda de trabajo en cada segmento y de cuánto se aleja el mínimo del salario de equilibrio. El caso completo —España 2019-2026, evidencia internacional, debate Banco de España vs AIReF— se desarrolla en la Unidad 9 (mercado de trabajo).
En clave de modelo, basta con retener que el SMI español ha pasado de 735,90 €/mes en 2018 a 1.221 €/mes en 14 pagas en 2026 (RD 126/2026): una subida del 66 % en ocho años. Es un caso real de precio mínimo notablemente por encima del salario de equilibrio en algunos segmentos (jóvenes sin cualificación, sector agrícola, servicio doméstico) y muy por debajo en otros (cualificados urbanos). El efecto agregado depende de la mezcla.
Un impuesto unitario (por ejemplo, un impuesto especial sobre el tabaco o sobre las bebidas azucaradas) introduce una cuña fiscal entre el precio que paga el consumidor (Pc) y el precio que recibe el productor (Pp): P_c − P_p = t, donde t es el impuesto por unidad.
El impuesto desplaza la curva de oferta hacia arriba en la cuantía t. En el nuevo equilibrio:
t · Q_nueva.Cómo se reparte el impuesto: el principio de incidencia. El reparto del impuesto entre consumidores y productores no depende de a quién se lo cobre formalmente la administración, sino de las elasticidades:
Cuándo el peso muerto es pequeño. Cuanto más inelástica sea la demanda (o la oferta), menor es la pérdida de eficiencia, porque la cantidad apenas cae con el impuesto. Por eso los impuestos sobre el tabaco recaudan mucho con poco peso muerto: la demanda es inelástica. Lo mismo ocurre con impuestos sobre alcohol y bebidas azucaradas en horizontes cortos.
Cuándo el impuesto tiene un objetivo extrafiscal. Cuando un bien genera externalidades negativas (tabaco, azúcar, emisiones de CO₂), el peso muerto del impuesto puede ser pequeño o incluso negativo —el impuesto mejora el bienestar al reducir el consumo de un bien socialmente costoso—. Son los llamados impuestos pigouvianos, que veremos con detalle en la Unidad 6.
Enunciado
En un mercado simplificado, la demanda y la oferta de cajetillas de tabaco están dadas por:
El gobierno introduce un impuesto especial de t = 1 €/cajetilla, que se traslada como un desplazamiento vertical de la curva de oferta hacia arriba.
a) Calcular el equilibrio inicial (P*, Q*) y el excedente total inicial. b) Calcular el nuevo equilibrio con el impuesto (Pc, Pp, Qt). c) Calcular la recaudación y el peso muerto.
Solución
Enunciado
El mercado de alquiler de un barrio tensionado tiene las siguientes curvas (Q en miles de viviendas, P en €/mes):
El ayuntamiento, para «proteger a los inquilinos», fija un precio máximo de 800 €/mes.
a) Calcular el equilibrio sin intervención (P*, Q*). b) Calcular la cantidad ofrecida, la demandada y la escasez al precio máximo. c) Calcular el peso muerto que genera la medida.
Solución
La elasticidad y los excedentes vuelven a aparecer en la Unidad 6 (fallos de mercado y externalidades, donde formalizaremos los impuestos pigouvianos), en la Unidad 9 (mercado de trabajo, donde el salario mínimo y la elasticidad de la demanda de trabajo determinan el paro estructural) y en la Unidad 11 (políticas económicas, donde la elasticidad guía el diseño de los impuestos especiales y de los aranceles). Conviene tener estas herramientas asentadas antes de seguir.
Si esta unidad te ha interesado, aquí van algunas lecturas y recursos para ir más allá:
Estas preguntas no tienen una respuesta única. Sirven para discutir en clase o para pensar individualmente al cerrar la unidad:
El mercado coordina millones de decisiones sin que nadie las dirija, pero a veces falla. Esta unidad estudia cuándo y por qué la mano invisible deja huecos —externalidades, bienes públicos, información asimétrica, poder de mercado— y bajo qué condiciones el Estado puede taparlos sin abrir otros mayores.
Tiempo estimado de lectura: 35-40 min · Saberes LOMLOE: B.4 · Pre-requisitos: Unidades 4 y 5 (mercado, equilibrio, elasticidad y excedentes).
Al acabar esta unidad sabrás:
- Definir qué es un fallo de mercado y enumerar los cuatro tipos canónicos (externalidades, bienes públicos, información asimétrica, poder de mercado).
- Identificar externalidades positivas y negativas y proponer instrumentos correctores (impuestos pigouvianos, subvenciones, regulación, mercados de derechos).
- Clasificar los bienes en la matriz rivalidad × exclusión y explicar el problema del polizón y la tragedia de los comunes.
- Distinguir selección adversa de riesgo moral en mercados con información asimétrica y argumentar cuándo conviene (o no) la intervención pública.
Las dos unidades anteriores nos han mostrado un mercado que funciona razonablemente bien. Oferta y demanda se cruzan, los precios transmiten información, los recursos fluyen hacia sus usos más valorados y la elasticidad ayuda a anticipar los efectos de un cambio impositivo o de una subida de costes. Es la versión del mercado que Adam Smith celebraba en 1776 con la metáfora de la mano invisible: nadie coordina, y sin embargo la coordinación ocurre.
Esta unidad estudia el reverso. Hay situaciones —numerosas, importantes, cotidianas— en las que el mercado, dejado a sí mismo, no alcanza el resultado eficiente. Producimos más contaminación de la que querríamos colectivamente, menos investigación básica de la que sería rentable a largo plazo, demasiados seguros para sanos y pocos para enfermos, demasiada concentración de poder en algunas plataformas digitales. La economía llama a esos huecos fallos de mercado, y son la principal justificación técnica de la intervención pública en la economía.
Conviene aclarar una cosa desde el principio. Hablar de fallo de mercado no es un juicio ideológico contra el mercado; es un diagnóstico técnico que identifica los supuestos bajo los cuales el modelo competitivo perfecto deja de cumplirse. Reconocer un fallo tampoco implica que el Estado deba intervenir automáticamente: la intervención también tiene costes, sesgos y efectos no deseados, como veremos en el último apartado.
Un fallo de mercado es una situación en la que la asignación de recursos resultante de la interacción libre de oferta y demanda no es eficiente en el sentido de Pareto. Recordamos de la Unidad 5 que una asignación es eficiente en sentido de Pareto cuando no es posible mejorar la situación de alguien sin empeorar la de otro; un fallo de mercado describe asignaciones en las que sí existen mejoras mutuamente beneficiosas que el mercado no logra implementar por sí solo.
Los cuatro grandes tipos de fallo, reconocidos desde mediados del siglo XX por la teoría económica del bienestar (Pigou, Samuelson, Arrow), son los siguientes:
Hay además un quinto fallo que algunos manuales tratan aparte —los ciclos macroeconómicos y el desempleo involuntario— y que se estudiará dentro del Bloque C cuando entremos en macroeconomía. La distribución desigual de la renta, por su parte, no es un fallo de mercado en sentido estricto (un mercado puede ser eficiente y desigual a la vez), pero sí una motivación complementaria para la intervención pública que abordaremos en el Bloque D.
Conviene retener desde ya una distinción importante. Algunos fallos —externalidades, bienes públicos— son fallos de asignación: la cantidad producida del bien está sistemáticamente desviada del óptimo social. Otros —información asimétrica, poder de mercado— son fallos de funcionamiento: incluso cuando la cantidad agregada se aproxima al óptimo, el mecanismo mediante el cual se llega allí no es competitivo y genera transferencias de renta indebidas o exclusiones injustificadas. Los dos justifican intervención pública, pero los instrumentos correctores son distintos.
Una externalidad es un efecto —positivo o negativo— que la actividad de un agente económico produce sobre terceros que no participan en la transacción y que no se refleja en el precio. La fábrica que contamina el río, el vecino que pone música a las dos de la mañana, la persona que se vacuna y reduce la circulación de un virus, el inquilino que reforma el portal: todos generan efectos sobre otros que el mercado, por sí solo, no factura.
El concepto fue formalizado por el economista británico Arthur Cecil Pigou en The Economics of Welfare (1920). Pigou distinguía entre el coste privado (lo que paga quien produce) y el coste social (lo que paga la sociedad en su conjunto, incluyendo a los terceros afectados). Cuando ambos no coinciden, el mercado produce demasiado del bien con externalidad negativa y demasiado poco del bien con externalidad positiva.
Son las más visibles y políticamente urgentes. La fábrica que emite CO₂ a la atmósfera no paga el coste climático que sus emisiones causan a la humanidad; ese coste se reparte entre todos. El resultado: como el coste privado es menor que el social, la empresa produce más de lo eficiente. Ejemplos cotidianos:
Existen también externalidades positivas: actividades cuyo beneficio social excede el beneficio privado de quien las realiza. Sin intervención, el mercado las infraproducirá:
La economía dispone de tres grandes familias de instrumentos para corregir externalidades.
Impuestos pigouvianos y subvenciones. Propuestos por Pigou (1920): se grava la actividad con externalidad negativa con un impuesto igual al daño marginal causado a terceros, y se subvenciona la actividad con externalidad positiva por el beneficio marginal que reporta. El precio de mercado, así corregido, vuelve a reflejar el coste o beneficio social y la cantidad producida se ajusta al óptimo. Ejemplos en España: el impuesto al CO₂ en hidrocarburos, los impuestos especiales sobre tabaco y alcohol, las subvenciones al transporte público o a la rehabilitación energética.
Regulación directa (normas y prohibiciones). El Estado fija un límite cuantitativo: emisiones máximas, prohibiciones de vertido, estándares de eficiencia obligatoria para vehículos o electrodomésticos. Es la herramienta más usada históricamente y la más fácil de comunicar, pero ignora que distintos agentes tienen distintos costes de reducción: una norma uniforme puede ser muy ineficiente comparada con un impuesto bien calibrado.
Mercados de derechos de emisión. Solución propuesta por el economista Ronald Coase en The Problem of Social Cost (1960), que le valió el Nobel en 1991. La idea: si los derechos de propiedad sobre el medio (el aire, el agua) están claramente asignados, las partes pueden negociar y alcanzar el resultado eficiente sin necesidad de intervención adicional. El EU ETS (Emissions Trading System) europeo funciona así desde 2005: la UE fija un techo de emisiones, reparte derechos a las empresas industriales y eléctricas, y permite que los compren y vendan entre ellas. Quien puede reducir emisiones barato lo hace y vende el derecho sobrante; quien tiene costes altos compra derechos. El precio del derecho de emisión, tras el pico de 90-100 €/tCO₂ alcanzado en 2023, se ha relajado en 2025-2026 a un rango de 65-75 €/tCO₂ debido a la incorporación del sector marítimo al esquema y a la mayor oferta de derechos; internaliza así parcialmente el coste climático.
La diferencia práctica entre un impuesto pigouviano y un mercado de derechos es sutil pero relevante. El impuesto fija el precio del daño y deja que el mercado determine la cantidad emitida; el sistema de derechos fija la cantidad total y deja que el mercado determine el precio. Si el objetivo prioritario es respetar un techo climático ineludible (por ejemplo, no superar 1,5 °C), el sistema de derechos da más seguridad sobre el resultado físico. Si el objetivo prioritario es proteger a la industria de subidas bruscas de costes, el impuesto da más previsibilidad sobre el coste. La decisión entre uno y otro es, por tanto, técnica y política a la vez.
El segundo gran fallo de mercado nace de las propiedades físicas de algunos bienes. El economista Paul Samuelson formalizó la teoría de los bienes públicos en The Pure Theory of Public Expenditure (1954) con dos criterios técnicos.
Cruzando estos dos criterios obtenemos cuatro tipos de bienes, en una matriz que toda manual de economía pública reproduce y que la politóloga Elinor Ostrom (Nobel 2009) popularizó como herramienta de análisis institucional:
| Excluible | No excluible | |
|---|---|---|
| Rival | Bien privado | Bien común (commons) |
| No rival | Bien de club | Bien público puro |
Bien privado. Rival y excluible. El caso estándar del mercado: una manzana, un corte de pelo, una hora de trabajo. El mercado los asigna habitualmente con eficiencia y no necesita corrección.
Bien de club. No rival pero excluible. Una vez producido, mucha gente puede consumirlo sin estorbarse, pero se puede cobrar entrada: Netflix, una piscina municipal con abono, un programa informático con licencia, una autopista de peaje. El mercado puede producirlos, aunque a veces con infraproducción si el coste fijo es muy alto.
Bien común (common-pool resource). Rival pero no excluible. El pastizal comunal donde varios ganaderos llevan sus vacas, el caladero de pesca, el agua de un acuífero compartido, los suelos forestales. La rivalidad genera tensión (lo que tú consumes ya no puedo consumirlo yo), pero al no haber exclusión nadie se siente propietario y todos sobreexplotan. Es el problema clásico de la tragedia de los comunes.
Bien público puro. Ni rival ni excluible. El ejemplo de manual es la defensa nacional: si el ejército protege el territorio, protege a todos los habitantes sin que el coste marginal de añadir un beneficiario sea positivo, y no se puede excluir del beneficio a quien no pague impuestos. Otros: el alumbrado público, un faro marítimo señalando una costa, la investigación básica una vez publicada, la estabilidad macroeconómica, el conocimiento científico abierto.
Los bienes públicos puros plantean un problema específico de financiación. Si pregunto a cada ciudadano cuánto está dispuesto a pagar voluntariamente por la defensa nacional, todos tienen incentivo a declarar cero y esperar a que paguen los demás: la defensa se prestará igualmente y ellos disfrutarán gratis. Es el problema del polizón o free-rider problem. Resultado predecible: el mercado privado infraproduce gravemente los bienes públicos puros, y por eso casi todos los Estados los financian con impuestos coercitivos. Pagar impuestos no es una donación: es la forma técnica de superar el problema del polizón.
El tercer gran fallo de mercado nace cuando una de las partes de una transacción dispone de información relevante que la otra no tiene. La microeconomía competitiva clásica suponía información perfecta y simétrica; en la práctica, el mundo está lleno de situaciones en las que el vendedor sabe más que el comprador (el dueño del coche usado sabe que tiene un fallo de motor) o el comprador sabe más que el vendedor (la persona que contrata un seguro de salud sabe si fuma).
El campo despegó en los años 70 con tres economistas que compartirían el Nobel en 2001: George Akerlof, Michael Spence y Joseph Stiglitz. Distinguieron dos problemas distintos según el momento en el que aparece la asimetría:
En 1970 Akerlof publicó un artículo titulado The Market for “Lemons” (los limones eran, en jerga estadounidense, los coches usados defectuosos). El argumento, simplificado:
Imagina un mercado de coches usados con dos tipos de vehículos: la mitad buenos (valor real 10.000 €) y la mitad malos (valor real 4.000 €). Los compradores no pueden distinguirlos a simple vista; los vendedores sí saben qué tienen. Un comprador racional ofrecerá como mucho el valor esperado: 7.000 €. A ese precio, los dueños de coches buenos retiran su coche del mercado (vale más quedárselo). Solo entran al mercado los coches malos. Los compradores, al verlo, ajustan su oferta a la baja… y el mercado se hunde. La asimetría de información hace que solo se transen los limones, perjudicando incluso a los vendedores de coches buenos que querían vender de verdad.
El mismo mecanismo afecta a:
¿Cómo combate el mercado la selección adversa? Mediante señalización (Spence, 1973): el agente informado emite señales costosas que solo le compensan si su tipo es bueno. El título universitario, la garantía de devolución, las revisiones técnicas obligatorias o la marca conocida funcionan como señales que reducen la asimetría. Y mediante screening o cribado: la parte desinformada diseña contratos que llevan al otro lado a revelar su tipo (un seguro con varias franquicias a elegir: el sano elige franquicia alta, el enfermo prefiere franquicia baja). Ambos mecanismos —señalización y screening— consumen recursos que en un mundo de información perfecta no harían falta, lo cual constituye precisamente la prueba del fallo de mercado: la asimetría tiene un coste real.
El riesgo moral aparece después del contrato: una vez asegurado, el comportamiento del asegurado cambia porque las consecuencias de su acción se trasladan a otro. Quien tiene seguro a todo riesgo del coche conduce con menos cuidado del que tendría si pagase de su bolsillo cualquier abolladura; el banco demasiado grande para caer asume riesgos excesivos porque sabe que, si quiebra, el Estado lo rescatará.
Mecanismos típicos de corrección:
El cuarto fallo aparece cuando una empresa, o un grupo pequeño de empresas, tiene capacidad de fijar el precio (no de aceptarlo, como en competencia perfecta). Recordamos del marco de la Unidad 4 las cuatro estructuras de mercado:
Cuando hay poder de mercado, la empresa con ese poder restringe la cantidad ofrecida y sube el precio por encima del coste marginal, capturando un excedente que en competencia habría correspondido al consumidor. El resultado: precios más altos, cantidades inferiores, pérdida irrecuperable de eficiencia (deadweight loss) y, a veces, freno a la innovación si el monopolista no siente la presión de la competencia.
Las razones son variadas y conviene distinguirlas:
La política pública responde con dos grandes familias de instrumentos. La primera es la regulación de sectores con monopolio natural mediante autoridades sectoriales que fijan tarifas, calidades y obligaciones de acceso a la red (CNMC en electricidad y telecomunicaciones, Banco de España para banca, CNMV para mercados de valores).
La segunda es la defensa de la competencia propiamente dicha. En España la lleva la Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia (CNMC); en la UE, la Dirección General de Competencia de la Comisión Europea. Sus instrumentos:
En los últimos años la UE ha multado con miles de millones de euros a las grandes tecnológicas: 2.420 M€ a Google en 2017 por favorecer su comparador de compras; 4.340 M€ en 2018 por imponer Android a fabricantes; 1.490 M€ en 2019 por abuso en el mercado publicitario. En 2024 entró en vigor la Digital Markets Act que designa explícitamente como gatekeepers a un puñado de plataformas (Alphabet, Apple, Meta, Amazon, Microsoft, ByteDance) y les impone obligaciones específicas de interoperabilidad y no autopreferencia. Apple ha sido sancionada en 2024 con 1.840 M€ por restringir la información que los servicios musicales rivales podían dar a sus usuarios sobre alternativas más baratas fuera de la App Store, y Meta afronta en paralelo procedimientos por su modelo de pagar o aceptar publicidad personalizada. El debate no es si estas plataformas son útiles —lo son— sino si su posición de gatekeeper permite extraer rentas que en un mercado competitivo no serían sostenibles.
Hemos visto cuatro fallos del mercado y los instrumentos correctores típicos. La conclusión cómoda sería: identificado un fallo, intervenir. La economía moderna —desde la teoría de la public choice de James Buchanan (Nobel 1986) en adelante— advierte que esa inferencia es precipitada. La intervención pública tiene también sus fallos, y a veces el remedio es peor que la enfermedad. Conviene cerrar la unidad explicitando esos fallos de gobierno.
Tres casos clásicos que ilustran cómo una intervención bienintencionada puede generar más distorsión que la que pretendía corregir.
La conclusión metodológica del análisis económico moderno es modesta y honesta: la intervención pública se justifica solo cuando se cumplen, de forma simultánea, tres condiciones.
Este marco de tres condiciones es lo que en política económica se llama el enfoque comparativo institucional: no comparamos el mercado real con un Estado idealizado, ni el Estado real con un mercado idealizado, sino instituciones reales con instituciones reales. La decisión final raramente es intervenir o no intervenir; suele ser qué grado, qué instrumento y qué nivel de gobierno.
Si esta unidad te ha interesado, aquí van algunas lecturas y recursos para ir más allá:
Estas preguntas no tienen una respuesta única. Sirven para discutir en clase o para pensar individualmente al cerrar la unidad:
Hasta aquí hemos mirado la economía a ras de suelo: un consumidor, una empresa, un mercado. Ahora subimos a vista de pájaro. Una economía completa son millones de decisiones que se cruzan, y para entenderlas hace falta un mapa de agentes y un puñado de indicadores bien elegidos.
Tiempo estimado de lectura: 40-45 min · Saberes LOMLOE: C.1 · Pre-requisitos: Unidad 1 (agentes económicos y necesidades).
Al acabar esta unidad sabrás:
- Distinguir los cuatro agentes económicos y describir el flujo circular de la renta con sus fugas y entradas.
- Calcular el PIB por los tres métodos (gasto, producción y renta) y distinguir PIB nominal de PIB real usando el deflactor.
- Interpretar el IPC y calcular la tasa de inflación interanual a partir de la serie del INE.
- Definir y calcular la tasa de paro y la tasa de actividad según la metodología de la EPA, y leer la estructura básica de la balanza de pagos.
En las seis unidades anteriores hemos analizado decisiones individuales: cómo elige un consumidor, cómo fija precios una empresa, qué pasa cuando un mercado falla. A partir de aquí cambia la escala. La macroeconomía estudia la economía como un todo: la producción agregada de un país, el nivel general de precios, el empleo del conjunto de la población activa, las relaciones comerciales con el exterior. No es una suma aritmética de la microeconomía —ocurren fenómenos que solo existen en el plano agregado, como las recesiones o la inflación—, pero tampoco vive desconectada de ella: cada cifra macro es el resultado de millones de decisiones micro que se cruzan en mercados, contratos y administraciones.
Esta unidad fija el mapa que el resto del Bloque C va a recorrer. Primero, quiénes son los agentes que mueven la economía y cómo se relacionan (flujo circular). Después, cómo medimos lo que producen, los precios a los que lo hacen, cuánta gente está empleada y qué intercambiamos con el exterior. El nivel de exigencia es el habitual de un manual de bachillerato sólido: definiciones precisas, cálculos hechos con datos reales españoles (INE, Banco de España, Eurostat) y conciencia de las limitaciones de cada indicador.
El RD 243/2022 sitúa estos contenidos en el saber básico C.1 (macroeconomía, agentes económicos y flujo circular). La parte del modelo AD-AS, también englobada en C.1, se reserva a la Unidad 8 para no mezclar la contabilidad de la macro con su modelización dinámica.
La macroeconomía es la rama de la economía que estudia los agregados —la producción total de un país, el nivel general de precios, el empleo, los tipos de interés, el saldo con el exterior— y las relaciones que los conectan. Donde la microeconomía pregunta ¿cómo se forma el precio del tomate en el mercado mayorista de Mercabarna?, la macroeconomía pregunta ¿por qué los precios del conjunto de la economía española suben un 3 % al año?. Las preguntas no son rivales; son complementarias.
La macroeconomía moderna nació como disciplina autónoma con la Gran Depresión (1929-1939) y la obra de John Maynard Keynes, Teoría general del empleo, el interés y el dinero (1936). Antes, la economía ortodoxa explicaba el paro como un desajuste temporal en mercados individuales; Keynes mostró que podía existir un equilibrio de subempleo agregado, que el mercado por sí solo no corregía, y que la política económica del Estado tenía un papel estabilizador. Casi todo el lenguaje macro contemporáneo —demanda agregada, multiplicador del gasto, propensión al consumo— procede de ese debate.
En macroeconomía simplificamos los millones de personas y organizaciones que toman decisiones agrupándolas en cuatro grandes agentes. Cada uno cumple una función específica en el sistema y sus decisiones se cruzan en los mercados.
Las familias son la unidad básica de consumo y de oferta de trabajo. En las Cuentas Nacionales del INE se llaman hogares. Su comportamiento se resume en tres papeles:
Las empresas son las unidades productivas. Su función económica es combinar factores —trabajo, capital, tierra, conocimiento— para producir bienes y servicios que venden en los mercados de productos. Toman dos decisiones macroeconómicamente relevantes:
El sector público agrupa todas las administraciones —Estado central, comunidades autónomas, entes locales y Seguridad Social— y desempeña en macroeconomía cuatro funciones fundamentales:
En España, el gasto público total representa en torno al 45,9 % del PIB (incluyendo transferencias); el consumo público que entra en el PIB ronda el 19 % (Eurostat, datos 2024 publicados en abril de 2025).
El sector exterior —también llamado resto del mundo— recoge las relaciones de la economía con países terceros. Aparece en dos formas en el PIB:
España es una economía abierta: las exportaciones de bienes y servicios suponen alrededor del 39 % del PIB (Eurostat, datos 2024-2025), un porcentaje que ha crecido sostenidamente desde la entrada en la UE en 1986. Veremos el comercio internacional con más detalle en la Unidad 12.
Las relaciones entre los cuatro agentes se representan habitualmente con un esquema conocido como flujo circular de la renta: un diagrama en el que se ve cómo el dinero circula entre familias, empresas, sector público y sector exterior a través de dos grandes circuitos paralelos.
Empecemos por la versión simplificada con solo dos agentes. Las familias venden factores productivos —sobre todo trabajo— a las empresas; a cambio reciben rentas (salarios, intereses, beneficios). Con esas rentas, las familias compran bienes y servicios a las empresas; a cambio, las empresas reciben ingresos que sirven para pagar a los factores productivos. El circuito se cierra: lo que las empresas pagan en rentas vuelve a ellas en forma de gasto en consumo.
Esto, en su forma más pura, sería una economía cerrada sin ahorro ni inversión ni Estado: irreal, pero útil para ver la idea central. Toda renta generada en la producción se convierte en gasto que vuelve al circuito.
En la realidad, parte del dinero se sale del circuito en cada vuelta (fugas) y parte entra desde fuera (entradas). Tres pares de fugas y entradas son los que conviene fijar:
Cuando las fugas (S + T + M) igualan a las entradas (I + G + X), la economía está en equilibrio macroeconómico. Esta identidad es uno de los andamiajes contables que sustentan el modelo AD-AS que verás en la Unidad 8.
El indicador estrella de la macroeconomía es el Producto Interior Bruto (PIB). Es el más usado, el más criticado y el que más decisiones políticas determina. Conviene saber exactamente qué es, qué mide y, sobre todo, qué no mide.
Cada palabra cuenta. Valor monetario: se suma en euros, lo que obliga a usar precios de mercado. Bienes y servicios finales: solo los que se venden al consumidor final, no los intermedios, para no contar dos veces lo mismo. En el interior: dentro de las fronteras del país, sea cual sea la nacionalidad del propietario (a diferencia del PNB, que mide la producción de los nacionales esté donde esté). Durante un periodo: el PIB es una variable flujo, no una variable stock.
En España, el PIB superó los 1,59 billones de euros corrientes en 2024 (1.593.103 millones según la Contabilidad Nacional Anual del INE publicada en marzo de 2025) y, con un crecimiento real del 3,2 % ese año y en torno al 2,5-2,7 % en 2025, sigue siendo la décima economía mundial por tamaño y la cuarta de la zona euro.
El PIB se puede calcular por tres caminos diferentes que, si las cuentas están bien hechas, dan exactamente el mismo resultado. La identidad entre los tres métodos no es una coincidencia: refleja que toda producción es simultáneamente gasto de quien la compra e ingreso de quien la vende. Es el reflejo contable del flujo circular.
Suma todo lo que se gasta en bienes y servicios finales producidos en el país. Es el más intuitivo y el más usado en los manuales de bachillerato:
PIB = C + I + G + X − M
Donde:
Restamos las importaciones porque ya están incluidas en C, I y G: si una familia compra un coche francés, esa compra está dentro de C, pero no se ha producido en España y por tanto no debe contar como PIB español.
Suma el Valor Añadido Bruto (VAB) de todos los sectores. El VAB de cada empresa es el valor de su producción menos el valor de los consumos intermedios (materias primas y servicios que ha tenido que comprar a otras empresas). Sumando solo el valor añadido evitamos la doble contabilización: la harina que el panadero compra al molinero solo cuenta una vez.
PIB = Σ VAB sectorial + Impuestos netos sobre productos
En España, la distribución sectorial del VAB en 2024 fue, según el INE: servicios 74,5 %, industria 15,4 %, construcción 6,9 %, agricultura, ganadería y pesca 2,4 %, energía y similares el resto.
Suma todas las rentas que han generado los factores productivos al producir esos bienes y servicios:
PIB = Remuneración de asalariados + EBE + Impuestos netos sobre la producción
Donde la remuneración de asalariados son los sueldos brutos más cotizaciones empresariales, y el Excedente Bruto de Explotación (EBE) agrupa los beneficios empresariales y las rentas mixtas de los autónomos. En España, el reparto típico es de un 48 % para trabajo y un 41 % para excedente (el resto son impuestos netos), según las Cuentas Nacionales 2024.
Enunciado
Una pequeña economía hipotética presenta los siguientes datos al cierre del año (en millones de euros):
Calcula el PIB por el método del gasto e indica el saldo exterior.
Solución
Identificamos qué entra en cada componente:
Aplicamos la identidad del gasto:
PIB = C + I + G + (X − M)
PIB = 600 + 200 + 250 + 50
PIB = 1.100 millones de eurosEl PIB se puede expresar en dos formas distintas, y confundirlas es uno de los errores más típicos. La diferencia importa enormemente cuando se compara la economía de un año con la de otro.
Para comparar el tamaño de una economía a lo largo del tiempo —o el crecimiento entre dos años— siempre hay que usar PIB real. Comparar PIB nominales sería engañoso: España tenía un PIB nominal en 1990 de unos 320.000 millones de euros y en 2023 de 1,5 billones. Multiplicar por 4,7 el PIB nominal no significa que produzcamos 4,7 veces más: una parte muy importante de esa diferencia es solo subida de precios.
El deflactor del PIB es el índice de precios implícito que conecta el PIB nominal con el PIB real:
Deflactor del PIB = (PIB nominal / PIB real) × 100
Equivalentemente, el PIB real se obtiene deflactando el nominal:
PIB real = (PIB nominal / Deflactor) × 100
El deflactor toma valor 100 en el año base (por construcción) y se mueve por encima o por debajo en el resto. Es uno de los dos grandes índices de precios de una economía, junto con el IPC, y mide los precios de toda la producción nacional (incluida la inversión y las exportaciones), no solo la cesta de consumo.
Enunciado
El país Beta presenta los siguientes datos del INE local. El año base es 2020 (deflactor = 100). Calcula el PIB real de cada año y la tasa de crecimiento del PIB real entre 2020 y 2023.
| Año | PIB nominal (mill. €) | Deflactor |
|---|---|---|
| 2020 | 1.000 | 100,0 |
| 2021 | 1.080 | 103,5 |
| 2022 | 1.180 | 109,2 |
| 2023 | 1.260 | 113,8 |
Solución
Aplicamos la fórmula PIB real = (PIB nominal / Deflactor) × 100 a cada año:
Tasa de crecimiento del PIB nominal 2020-2023:
Δ% nominal = ((1.260 − 1.000) / 1.000) × 100 = 26,0 %Δ% real = ((1.107,2 − 1.000) / 1.000) × 100 = 10,72 %Para comparar países de tamaño distinto se usa el PIB per cápita: el PIB dividido entre la población. Es una aproximación —imperfecta, pero útil— al nivel medio de renta de un país. En España, el PIB per cápita en 2024 fue de 32.587 € según el INE, frente a una media de la zona euro en torno a 40.500 €. La brecha con Alemania, Francia o Países Bajos sigue siendo significativa, y reducirla es uno de los grandes retos del modelo productivo español de los próximos años.
El PIB es un indicador agregado de producción de mercado y, como tal, deja fuera muchas cosas que importan al bienestar. No mide el trabajo doméstico no remunerado, ni la economía sumergida (estimada en torno al 17-20 % del PIB en España según los servicios de estudios), ni la distribución de la renta (un país puede tener un PIB per cápita alto y mucha desigualdad), ni la sostenibilidad ambiental de la producción, ni la salud, la educación o la libertad de su población. Por eso, junto al PIB se manejan indicadores complementarios como el IDH (PNUD) o los Indicadores de Desarrollo Sostenible de Naciones Unidas. Lo veremos en la Unidad 12.
Si el PIB mide cuánto se produce, el Índice de Precios de Consumo (IPC) mide cuánto cuesta vivir. Es el segundo gran indicador de la macroeconomía, el más presente en la prensa y el que afecta más directamente a la vida cotidiana: revisiones salariales, alquileres, pensiones y deuda hipotecaria se indexan al IPC.
El IPC es un índice estadístico que mide la variación del precio de una cesta representativa de bienes y servicios de consumo adquiridos por los hogares. En España lo elabora el INE con frecuencia mensual, recogiendo más de 200.000 precios cada mes en unos 30.000 establecimientos de 177 municipios.
La cesta de la compra está formada actualmente por 955 artículos agrupados en 12 grandes grupos: alimentos y bebidas no alcohólicas, bebidas alcohólicas y tabaco, vestido y calzado, vivienda, menaje, sanidad, transporte, comunicaciones, ocio y cultura, enseñanza, hoteles-cafés-restaurantes y otros. La ponderación de cada grupo refleja el peso que tiene en el gasto medio de los hogares según la Encuesta de Presupuestos Familiares (EPF). Se revisa cada año.
Conviene distinguir varias versiones del IPC que se usan habitualmente:
La inflación es la tasa de variación del IPC. La forma más habitual es la tasa interanual:
Tasa de inflación interanual = ((IPC mes actual − IPC mismo mes año anterior) / IPC mismo mes año anterior) × 100
En España, la inflación interanual media de los últimos años, según el INE, ha sido:
| Año | IPC general (variación anual media) | IPC subyacente |
|---|---|---|
| 2021 | +3,1 % | +0,8 % |
| 2022 | +8,4 % | +5,2 % |
| 2023 | +3,5 % | +6,0 % |
| 2024 | +2,9 % | +2,9 % |
| 2025 | +2,3 % | +2,2 % |
La aceleración de 2022 fue la mayor en cuatro décadas, impulsada por el encarecimiento de la energía tras la invasión rusa de Ucrania y los cuellos de botella post-pandemia. Entre 2023 y 2025 se moderó gracias a las subidas de tipos del BCE primero y al posterior ciclo de bajadas iniciado en junio de 2024, la caída de los precios energéticos y, en parte, a las medidas fiscales del Gobierno (rebaja del IVA en alimentos básicos, descuentos al transporte público). En el primer trimestre de 2026 el IPC interanual se mueve en torno al 2 %, ya alineado con el objetivo del BCE.
Por su intensidad se distinguen tres regímenes:
El tercer gran indicador macro mide cuánta gente trabaja y cuánta no. En España se elabora trimestralmente mediante la Encuesta de Población Activa (EPA) del INE, encuesta a unos 60.000 hogares cada trimestre con metodología armonizada por la Oficina Internacional del Trabajo (OIT) y Eurostat.
La metodología de la EPA define con precisión cada categoría —y conviene aprenderla bien porque las definiciones del lenguaje cotidiano y las técnicas no coinciden:
A partir de las categorías anteriores se construyen los dos indicadores clave:
Tasa de paro = (Parados / Población activa) × 100
Tasa de actividad = (Población activa / Población de 16 años o más) × 100
Datos españoles del primer trimestre de 2026 (INE, EPA T1-2026):
| Indicador | Valor T1-2026 |
|---|---|
| Población activa | 24,5 millones |
| Población ocupada | 21,9 millones |
| Población parada | 2,5 millones |
| Tasa de paro | 10,4 % |
| Tasa de actividad | 59,0 % |
| Tasa de paro juvenil (16-24 años) | 24,8 % |
España convive desde los años ochenta con tasas de paro estructuralmente más altas que la media de la UE: la media de la zona euro a principios de 2026 ronda el 6,2 %. Esa diferencia es uno de los grandes problemas del modelo laboral español y será objeto de la Unidad 9 (mercado de trabajo).
Enunciado
Una comunidad autónoma presenta los siguientes datos (en miles de personas) de la EPA de un trimestre:
a) Calcular la población en edad de trabajar, la población activa y la población inactiva. b) Calcular la tasa de paro y la tasa de actividad. c) Un nuevo trimestre, 50 mil parados dejan de buscar empleo desanimados y pasan a inactivos. Si la población ocupada no cambia, ¿qué pasa con la tasa de paro? Comentar la paradoja.
Solución
Conviene no confundir la EPA con el paro registrado del SEPE (antiguo INEM):
Las dos cifras suelen diferir entre 300.000 y 700.000 personas. Cuando un titular dice “el paro sube/baja”, conviene mirar de qué dato habla.
El cuarto gran indicador macroeconómico mide las relaciones de una economía con el resto del mundo. La balanza de pagos es el documento contable que registra todas las operaciones económicas entre los residentes de un país y los del resto del mundo durante un periodo (habitualmente un año). En España la elabora el Banco de España con metodología del FMI.
La balanza de pagos se divide en tres cuentas principales que, por construcción, suman cero (con un cuarto componente de errores y omisiones):
El saldo de la cuenta corriente + cuenta de capital tiene que igualar (con signo opuesto) al de la cuenta financiera. Si un país tiene déficit en la cuenta corriente, necesita financiarlo con entrada de capital en la cuenta financiera (préstamos, inversión extranjera). Si tiene superávit, presta o invierte hacia fuera.
Tras décadas de déficit por cuenta corriente, España presenta superávit por cuenta corriente desde 2012. En 2024, según el Banco de España, el saldo de la cuenta corriente fue de +47.000 millones de euros (≈ +3,0 % del PIB) y en 2025 se ha mantenido en niveles similares (en torno al 2,7-3 % del PIB), impulsado por dos motores:
El cambio estructural respecto al modelo previo a la crisis de 2008-2012 —cuando España tenía déficits por cuenta corriente del 9-10 % del PIB— es uno de los rasgos más importantes de la economía española actual y será objeto de análisis en la Unidad 12.
Esta unidad sienta el vocabulario macroeconómico básico que las siguientes desarrollan. La Unidad 8 introduce el modelo AD-AS —demanda agregada y oferta agregada— para explicar por qué el PIB y los precios se mueven como lo hacen, y los ciclos económicos. La Unidad 9 profundiza en el mercado de trabajo (tipos de paro, brecha salarial, políticas de empleo). La Unidad 10 estudia el sistema financiero, el dinero y la banca, agentes esenciales para canalizar el ahorro hacia la inversión. La Unidad 11 completa el cuadro con las políticas económicas —fiscal y monetaria— que el sector público usa para estabilizar la economía. Y la Unidad 12 cierra el curso conectando todo con la globalización, la Unión Europea y los retos contemporáneos del modelo productivo español.
Si esta unidad te ha interesado, aquí van algunas lecturas y recursos para ir más allá:
Estas preguntas no tienen una respuesta única. Sirven para discutir en clase o para pensar individualmente al cerrar la unidad:
El modelo AD-AS es la mejor herramienta de la que disponemos para entender por qué un país crece o se hunde, por qué los precios suben tras un shock energético, por qué una recesión puede ser breve o larga. Esta unidad construye ese modelo pieza a pieza y lo usa para leer la historia económica de España de los últimos quince años.
Tiempo estimado de lectura: 45-50 min · Saberes LOMLOE: C.1, C.2 · Pre-requisitos: Unidad 7 (PIB, IPC, EPA y los indicadores macro).
Al acabar esta unidad sabrás:
- Construir el modelo AD-AS (AD, SRAS, LRAS) y explicar la pendiente de cada curva con sus mecanismos económicos.
- Analizar los efectos sobre precios y producción de los cuatro tipos de shocks (de demanda y de oferta, positivos y negativos), incluida la estanflación.
- Identificar las cuatro fases del ciclo económico y aplicarlas a la economía española entre 2008 y 2024.
- Distinguir crecimiento de desarrollo, enumerar los motores del modelo de Solow e interpretar la curva de Lorenz y el índice de Gini.
En la unidad anterior dejamos cuatro herramientas montadas sobre la mesa: el flujo circular de la renta, el PIB y sus tres enfoques, el IPC y la tasa de paro. Eran termómetros: nos dicen cómo está la economía en un momento concreto. Esta unidad da el siguiente paso. Aprenderemos a explicar por qué esos termómetros se mueven como se mueven, qué pasa cuando sube el precio del gas natural en un trimestre concreto, por qué la economía española se hundió en 2008 y se levantó —despacio— en 2014.
El instrumento central de la macroeconomía moderna para responder a esas preguntas es el modelo de demanda y oferta agregadas, conocido como modelo AD-AS (Aggregate Demand–Aggregate Supply). Es la traducción al plano macro del modelo de oferta y demanda que aprendiste en la Unidad 4: cambia el eje vertical (ya no es el precio de un bien, sino el nivel general de precios), cambia el eje horizontal (ya no es la cantidad de un bien, sino la producción real agregada de toda la economía) y aparece una curva adicional —la oferta agregada de largo plazo— que recuerda al modelo cuánto puede producir el país si está a pleno rendimiento.
Una nota antes de empezar. Esta unidad cuenta con un simulador interactivo de AD-AS disponible en /eco-1bach/recursos/simulador-ad-as/ donde puedes manipular shocks y ver los desplazamientos de las curvas en tiempo real. Está pensado para que primero leas el texto, después manipules el simulador con cada uno de los casos que se presentan y, por último, intentes anticipar qué pasaría con un shock que el manual no menciona. La intuición gráfica del AD-AS es de las que se asienta haciendo, no leyendo.
La demanda agregada es la cantidad total de bienes y servicios que las familias, las empresas, el sector público y el resto del mundo están dispuestos a comprar en una economía a cada nivel de precios. Su composición es exactamente la del PIB por el método del gasto que estudiamos en la Unidad 7:
$$ AD = C + I + G + (X - M) $$
donde C es el consumo de las familias, I la inversión privada, G el gasto público corriente y de capital, X las exportaciones y M las importaciones.
En el plano P–Y la curva de demanda agregada tiene pendiente negativa: cuando el nivel de precios sube, la cantidad demandada de bienes y servicios disminuye. Esta inclinación, sin embargo, no se explica por las mismas razones que la pendiente negativa de una demanda microeconómica (efectos sustitución e ingreso entre bienes). A nivel agregado todos los bienes y todos los precios se mueven juntos, así que hay que invocar tres mecanismos distintos.
Cuando suben los precios, el valor real de los activos nominales que poseen las familias —dinero en efectivo, cuentas corrientes, bonos a tipo fijo— pierde poder adquisitivo. Las familias se sienten más pobres en términos reales y recortan consumo. El mecanismo lo formalizó Arthur Cecil Pigou en los años 40 y por eso se conoce como efecto Pigou o efecto riqueza real.
Cuando suben los precios, las familias necesitan más dinero en efectivo para hacer las mismas compras cotidianas. Esa mayor demanda de dinero, con una oferta monetaria dada, presiona al alza el tipo de interés. Y con tipos más altos, la inversión empresarial (I) y el consumo de bienes duraderos a crédito (vehículos, vivienda) se encarecen y caen. Es el efecto Keynes.
Si los precios internos suben más que los del resto del mundo, los productos españoles se vuelven relativamente más caros. Las exportaciones (X) caen y las importaciones (M) suben, así que el saldo exterior se reduce y la demanda agregada con él. Este canal funciona especialmente bien en economías muy abiertas como la española, donde el comercio exterior representa más del 70 % del PIB.
Distinguir un movimiento a lo largo de la curva AD (causado por un cambio en P) de un desplazamiento de toda la curva es decisivo. La curva se desplaza cuando cambia alguno de sus componentes por motivos distintos al nivel de precios:
Un aumento de cualquier componente desplaza la AD hacia la derecha (más demanda a cada nivel de precios); una caída la desplaza a la izquierda.
La oferta agregada describe la cantidad total de bienes y servicios que las empresas del país están dispuestas a producir y vender a cada nivel de precios. La macroeconomía moderna —desde la síntesis neokeynesiana de los años 70— distingue dos curvas distintas según el horizonte temporal: la oferta de corto plazo (SRAS, short-run aggregate supply) y la oferta de largo plazo (LRAS, long-run aggregate supply). Esta distinción es la pieza más importante del modelo, porque permite explicar por qué un shock que sube los precios hoy puede dejar la producción intacta dentro de cinco años.
La SRAS tiene pendiente positiva: a mayor nivel de precios, mayor cantidad ofertada. La intuición es la siguiente. En el corto plazo, algunos costes de las empresas son rígidos: los salarios están fijados en convenios colectivos, los alquileres en contratos plurianuales, las materias primas en contratos de suministro. Cuando suben los precios de venta, los costes no suben (o suben más despacio), así que el margen unitario aumenta y a las empresas les sale rentable producir más, contratar a tiempo parcial, ampliar turnos. Hay, además, un efecto de información imperfecta: los empresarios confunden inicialmente una subida del nivel general de precios con una subida del precio de su producto en particular y reaccionan produciendo más.
Los desplazamientos de la SRAS los provocan los costes de producción:
A largo plazo, todos los costes (incluidos los salarios) se ajustan plenamente al nivel de precios. La distinción entre coste nominal y coste real se diluye, y la cantidad producida ya no depende del nivel de precios: depende de los factores productivos disponibles —capital físico K, trabajo L y tecnología A— y de su productividad. Esa cantidad es lo que llamamos producción potencial (Y*), también denominada PIB potencial o PIB de pleno empleo: la que la economía puede producir cuando todos los recursos están empleados a un ritmo sostenible sin generar presiones inflacionistas crecientes.
La curva LRAS es, por tanto, vertical en Y*. Solo se desplaza cuando cambian los factores que determinan la capacidad productiva del país:
El equilibrio de corto plazo es el punto donde se cruzan AD y SRAS. Determina un nivel de precios y una producción que pueden coincidir o no con la producción potencial. El equilibrio de largo plazo es el punto donde las tres curvas se cruzan a la vez: la economía produce Y* sin tensiones inflacionistas ni capacidad ociosa. El interés del modelo está en analizar cómo un shock —es decir, un cambio inesperado que desplaza alguna curva— mueve la economía fuera de ese equilibrio y cómo vuelve (o no) a él.
Llamamos shock de demanda a un desplazamiento de la AD y shock de oferta a un desplazamiento de la SRAS (o, más raramente, de la LRAS). Y diferenciamos entre shock positivo (la curva se desplaza a la derecha, más demanda u oferta) y shock negativo (la curva se desplaza a la izquierda). Combinamos los dos ejes y obtenemos los cuatro casos canónicos.
La AD se desplaza a la derecha (por ejemplo, un plan de inversión pública o una caída de tipos del BCE). En el corto plazo, sube P y sube Y: la economía se sobrecalienta, con producción por encima de Y* y paro por debajo del NAIRU. A largo plazo, los salarios y los costes se ajustan al nuevo nivel de precios, la SRAS se desplaza a la izquierda y la economía vuelve a Y*. El efecto duradero del shock es solo sobre los precios: la AD-AS predice que una expansión monetaria o fiscal sostenida termina traducida íntegramente en inflación a largo plazo. Es lo que llamamos neutralidad del dinero a largo plazo.
La AD se desplaza a la izquierda (caída del consumo, derrumbe de la confianza empresarial, contracción presupuestaria). En el corto plazo, bajan P y baja Y: la economía entra en recesión, con producción por debajo de Y* y paro elevado. Si los precios y los salarios fuesen perfectamente flexibles, los costes caerían, la SRAS se desplazaría a la derecha y la economía volvería a Y*. Pero los salarios no caen con la misma facilidad con la que suben (es la rigidez nominal a la baja descrita por Keynes), así que el ajuste por la oferta puede tardar años o no llegar a producirse sin intervención. Esta asimetría es la razón principal por la que las recesiones son tan dañinas y por la que la mayoría de gobiernos responden con política fiscal o monetaria expansiva.
La SRAS se desplaza a la derecha (por ejemplo, una caída del precio del petróleo, una mejora tecnológica, una reforma que reduce costes laborales unitarios). El resultado es el sueño macroeconómico: bajan P y sube Y al mismo tiempo. La economía produce más a menores precios. Es lo que vivió Estados Unidos en la segunda mitad de los años noventa con la digitalización, o la economía global durante el auge de la globalización 1995-2008, cuando la integración de China en el comercio mundial inyectó decenas de millones de trabajadores baratos en el sistema productivo.
La SRAS se desplaza a la izquierda (encarecimiento del petróleo, ruptura de cadenas de suministro, subida brusca de salarios por encima de la productividad). Sube P y baja Y: a la vez. Es el caso más temido por los bancos centrales, porque las dos variables que querrían controlar se mueven en direcciones opuestas: si suben tipos para contener la inflación, profundizan la recesión; si bajan tipos para estimular la actividad, retroalimentan la inflación. Esta combinación de inflación con estancamiento se llama estanflación y fue el rasgo distintivo de los años 70 tras los dos shocks del petróleo (1973 OPEP, 1979 revolución iraní). Volvió a aparecer en 2022 tras la invasión rusa de Ucrania.
Enunciado
Tras la invasión rusa de Ucrania (febrero 2022), el precio del gas natural TTF europeo se multiplicó por seis entre marzo y agosto, y el precio medio del petróleo Brent pasó de 75 a 120 dólares por barril. Analiza, usando el modelo AD-AS, el impacto sobre la economía española de corto plazo en términos de nivel de precios (P) y producción (Y). Justifica si la respuesta del BCE (subida de tipos de 0 a 4,5 % entre julio de 2022 y septiembre de 2023) fue coherente con el modelo.
Datos
Solución
Las economías reales no permanecen quietas en el equilibrio de largo plazo. Combinan tendencia y fluctuación: una tendencia creciente del PIB potencial (más capital, más trabajo, más tecnología) y oscilaciones recurrentes alrededor de esa tendencia. Llamamos ciclo económico al patrón repetido de esas oscilaciones.
La datación oficial de los ciclos económicos en Estados Unidos la realiza desde 1854 el National Bureau of Economic Research (NBER) mediante el Business Cycle Dating Committee. En Europa hace algo parecido el CEPR (Centre for Economic Policy Research). Ambos organismos identifican cuatro fases canónicas en cada ciclo completo:
La economía española de los últimos quince años ofrece todas las fases del ciclo concentradas en un único arco temporal. Vale la pena seguirlo año a año porque ilustra cómo se entrelazan shocks de demanda, shocks de oferta y respuestas de política económica.
Hasta aquí hemos hablado de fluctuaciones alrededor de Y*. Pero la pregunta más importante de la macroeconomía a largo plazo es otra: ¿qué determina el nivel y el crecimiento del propio Y*? Es decir, ¿por qué algunos países son ricos y otros pobres, por qué España es 25 veces más rica per cápita que Mozambique, por qué Corea del Sur era más pobre que Ghana en 1960 y hoy es siete veces más rica?
El marco analítico de referencia para responder a estas preguntas es el modelo de crecimiento de Solow (1956), también llamado modelo neoclásico de crecimiento. No vamos a desarrollar su matemática —se estudia con detalle en Economía 2.º de carrera—, pero sí su intuición central, que es accesible y muy potente.
Solow propone una función de producción agregada del tipo:
$$ Y = A \cdot F(K, L) $$
donde la producción Y depende del capital físico K (máquinas, edificios, infraestructuras), del trabajo L (cantidad y cualificación de la fuerza laboral) y de un parámetro A que recoge la productividad total de los factores (PTF): la eficiencia con la que se combinan K y L. La PTF abarca tecnología, organización empresarial, instituciones, capital humano cualificativo no medido en años de escolarización.
Los tres motores del crecimiento son, por tanto:
La contabilidad del crecimiento descompone cuánto aporta cada motor al crecimiento total del PIB. La PTF no se mide directamente: se obtiene como residuo —lo que queda del crecimiento una vez restada la contribución del capital y del trabajo—. Por eso se la llama el «residuo de Solow».
Los datos del BCE, la Comisión Europea y el INE coinciden en un diagnóstico: la economía española crece, pero lo hace sobre todo por más empleo, no por más productividad. La PTF española ha crecido entre 2000 y 2024 a una tasa media inferior al 0,5 % anual, frente al 1 % de la zona euro y el 1,5 % de Estados Unidos. Los factores que explican esa diferencia, según consenso técnico:
Resolver el problema de productividad es la agenda económica de España para los próximos 25 años, y en buena medida lo que justifica la condicionalidad de los fondos Next Generation EU.
Una economía puede crecer mucho en PIB y sin embargo no mejorar significativamente el bienestar de su población; o, al revés, una economía con crecimiento modesto puede registrar mejoras notables en salud, educación y libertad. La distinción entre crecimiento económico (variación del PIB real per cápita) y desarrollo económico (mejora de las condiciones materiales y no materiales de vida) es una de las contribuciones conceptuales más importantes del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD).
El indicador sintético que operacionaliza esa distinción es el Índice de Desarrollo Humano (IDH), publicado anualmente por el PNUD desde 1990. Combina tres dimensiones, cada una con peso igual:
Cada dimensión se normaliza a una escala 0-1 y el IDH es la media geométrica de las tres. Por su construcción, un país solo puede tener IDH alto si destaca en las tres dimensiones simultáneamente: no compensa una esperanza de vida muy alta con una educación pésima, ni una renta enorme con sanidad colapsada.
España aparece habitualmente entre los puestos 25-30 del ranking mundial (puesto 27 en el Informe de Desarrollo Humano 2023-2024 del PNUD, con IDH 0,911 —categoría muy alto—). Por encima quedan los países nórdicos, Suiza, Alemania, Países Bajos, Canadá, Australia, Reino Unido, Japón, Corea del Sur. Encabeza el ranking Noruega (0,966) o Suiza (0,967) según el año. En el otro extremo, países del África subsahariana en conflicto reciente o crónico aparecen con IDH inferior a 0,4 (Sudán del Sur, República Centroafricana, Chad).
Dos economías con el mismo PIB per cápita pueden tener bienestares muy distintos según cómo se reparta esa renta entre la población. El estudio de la distribución de la renta intenta capturar esa información con dos instrumentos clásicos: la curva de Lorenz y el índice de Gini, formulados ambos en los años 1905-1912.
Si ordenamos a toda la población del país de menor a mayor renta y representamos en el eje horizontal el porcentaje acumulado de población y en el eje vertical el porcentaje acumulado de renta, obtenemos la curva de Lorenz. En una economía perfectamente igualitaria, el 10 % más pobre concentraría el 10 % de la renta, el 20 % más pobre el 20 %, y así sucesivamente: la curva sería la diagonal del cuadrado (la línea de equidistribución). En una economía desigual, la curva queda por debajo de la diagonal: el 10 % más pobre acumula mucho menos del 10 % de la renta, mientras que el 10 % más rico acumula bastante más del 10 %. Cuanto más abajo cae la curva respecto de la diagonal, mayor es la desigualdad.
El índice de Gini convierte esa información gráfica en un número entre 0 y 1 (o entre 0 y 100 en presentaciones porcentuales). Se calcula como el cociente entre el área comprendida entre la diagonal y la curva de Lorenz y el área del triángulo bajo la diagonal. Por construcción:
Para hacerse una idea de la escala internacional con datos recientes de Eurostat, INE, OCDE y Banco Mundial (en torno a 2022):
Un Gini de 0,33 sitúa a España en la zona media-alta de la UE: ni entre los más igualitarios (escandinavos, Países Bajos) ni entre los más desiguales (Reino Unido, países bálticos). La desigualdad española aumentó durante la doble recesión 2008-2014 (Gini pasó de 0,32 a 0,35) y se ha moderado desde 2015, pero permanece por encima de los niveles pre-crisis.
Enunciado
Considera una economía con 5 personas cuyas rentas anuales son, ordenadas de menor a mayor, 10.000 €, 15.000 €, 25.000 €, 50.000 € y 100.000 €. (a) Calcula los porcentajes acumulados de población y renta para construir los puntos de la curva de Lorenz. (b) Estima el índice de Gini usando la aproximación del área por trapecios.
Datos
Solución
Enunciado
A partir de la función de producción de Solow, el crecimiento del PIB potencial se descompone (en su versión simplificada, con elasticidades estándar α = 1/3 para el capital y 1−α = 2/3 para el trabajo) así:
Δ%Y = Δ%A + (1/3) · Δ%K + (2/3) · Δ%Ldonde Δ%A es la variación de la productividad total de los factores (PTF), Δ%K la del capital y Δ%L la del trabajo. Un país presenta estos datos medios anuales de la última década:
a) Calcular cuánto aportan al crecimiento el capital y el trabajo. b) Obtener la contribución de la PTF como residuo (el «residuo Solow»). c) Interpretar el resultado a la luz del «problema de productividad» que el texto atribuye a España.
Solución
Si esta unidad te ha interesado, aquí van algunas lecturas y recursos para ir más allá:
Estas preguntas no tienen una respuesta única. Sirven para discutir en clase o para pensar individualmente al cerrar la unidad:
El trabajo no es una mercancía más, pero los economistas lo analizan con las mismas herramientas que usamos para los tomates: oferta, demanda y un precio que se llama salario. Saber leer ese mercado es la diferencia entre entender una recesión y limitarse a sufrirla.
Tiempo estimado de lectura: 35-40 min · Saberes LOMLOE: C.3 · Pre-requisitos: Unidad 4 (oferta, demanda y equilibrio de mercado) + Unidad 8 (ciclos económicos).
Al acabar esta unidad sabrás:
- Aplicar el modelo de oferta y demanda al mercado de trabajo y explicar qué determina el salario de equilibrio.
- Calcular las tres tasas de la EPA (actividad, paro y empleo) e interpretar la paradoja del efecto desánimo.
- Distinguir los cuatro tipos de paro (friccional, estructural, cíclico, estacional) con ejemplos del mercado español y la política eficaz para cada uno.
- Valorar el efecto del SMI sobre el empleo combinando teoría neoclásica y evidencia empírica (Card-Krueger, AIReF).
- Explicar la curva de Phillips y por qué la relación paro-inflación solo se cumple a corto plazo (NAIRU).
- Definir la brecha salarial de género y argumentar sus causas estructurales en España.
El mercado de trabajo es probablemente el mercado más importante de cualquier economía moderna. De él depende la renta de aproximadamente dos tercios de los hogares españoles —los que viven principalmente de un salario—, la sostenibilidad de las pensiones y de la sanidad pública, y buena parte de la cohesión social. Cuando este mercado funciona mal, la consecuencia se llama paro, y el paro no es solo una cifra estadística: es pérdida de renta, de identidad, de salud mental y, agregado, de capacidad productiva del país.
Esta unidad aplica el modelo de oferta y demanda que vimos en la Unidad 4 a un mercado peculiar —el del trabajo— y añade los conceptos macroeconómicos imprescindibles para leer la realidad laboral española: cómo se calcula el paro, qué tipos de paro hay, cómo afecta el salario mínimo al empleo, por qué existe brecha salarial entre hombres y mujeres y qué tiene de excepcional el modelo laboral español frente al nórdico, el alemán o el francés. La unidad enlaza directamente con la Unidad 8 (ciclos económicos) y prepara la Unidad 11 (políticas económicas).
El primer paso es aceptar una idea incómoda: el trabajo, desde el punto de vista del análisis económico, se compra y se vende. Hay quien lo ofrece —los trabajadores, que ponen a disposición de las empresas su tiempo y sus habilidades a cambio de una retribución— y quien lo demanda —las empresas y las administraciones, que necesitan personas para producir bienes y servicios—. El precio de ese intercambio es el salario.
La oferta de trabajo es la cantidad de personas dispuestas a trabajar a cada nivel de salario. La intuición es la misma que vimos en la Unidad 4: a salarios más altos, más personas quieren trabajar y las que ya trabajan están dispuestas a hacer más horas; a salarios bajos, mucha gente prefiere no trabajar (estudiar, cuidar a un familiar, retirarse antes). La curva de oferta de trabajo es, por tanto, ascendente en el plano (cantidad de trabajo, salario).
Sobre esa curva general influyen factores estructurales: la demografía (cuántas personas hay en edad de trabajar), la tasa de actividad femenina, la edad legal de jubilación, la inmigración, la oferta educativa y los incentivos fiscales al trabajo (deducciones, mínimo exento del IRPF, ingreso mínimo vital).
La demanda de trabajo son los puestos que las empresas y administraciones quieren cubrir a cada nivel de salario. A salarios bajos, las empresas contratan más; a salarios altos, contratan menos —o sustituyen trabajadores por máquinas, o trasladan la producción a otro país, o directamente cierran—. La curva de demanda de trabajo es descendente.
La demanda de trabajo depende de cuatro factores principales: la demanda agregada de bienes y servicios (si nadie compra coches, no hace falta gente fabricándolos), la productividad del trabajo (cuánto produce un trabajador en una hora), los costes salariales totales —no solo el sueldo bruto, sino también las cotizaciones sociales que paga la empresa— y el marco regulatorio (rigidez en el despido, indemnizaciones, convenios).
Si superponemos las dos curvas, oferta ascendente y demanda descendente, se cruzan en un único punto: el salario de equilibrio (W*) y la cantidad de equilibrio de trabajo (L*). A ese salario, todas las personas que quieren trabajar encuentran empleo y todas las empresas que quieren contratar encuentran trabajadores. Es la situación teórica de pleno empleo.
La realidad rara vez se parece a esto. Hay tres razones por las que el mercado de trabajo casi nunca alcanza el equilibrio teórico: existen salarios mínimos que impiden bajar por debajo de cierto umbral, existen rigideces institucionales (convenios colectivos, costes de despido) que hacen lentos los ajustes, y existe información imperfecta —las personas no encuentran trabajo instantáneamente, ni las empresas trabajadores adecuados al primer intento—. Por todo eso, hay paro incluso en una economía que crece bien.
En España, las cifras oficiales del mercado de trabajo proceden de dos fuentes complementarias. La principal es la Encuesta de Población Activa (EPA), que el INE elabora cada trimestre encuestando a unas 65 000 viviendas. La segunda fuente es el paro registrado del SEPE (Servicio Público de Empleo Estatal), que cuenta a las personas inscritas como demandantes de empleo. Las dos cifras suelen divergir: el paro registrado suele ser menor que el paro EPA porque no todas las personas en paro se inscriben.
La EPA clasifica a toda la población de 16 años o más en cuatro categorías excluyentes:
A partir de esas categorías se construyen las tres tasas fundamentales.
(activos / población de 16 años o más) × 100. Mide qué porcentaje de la población en edad de trabajar participa en el mercado laboral (ya sea trabajando o buscando trabajo). En España ronda el 59 % en el primer trimestre de 2026.(parados / activos) × 100. Es la cifra que más se cita en los medios. Importante: el denominador son los activos, no la población total. En España ronda el 10,4 % en el primer trimestre de 2026.(ocupados / población de 16 años o más) × 100. Mide qué porcentaje de la población en edad de trabajar está efectivamente trabajando. En España ronda el 53 % en el primer trimestre de 2026.Donde activos = ocupados + parados.
Enunciado
En un país imaginario, la EPA del último trimestre arroja los siguientes datos (en miles de personas):
a) Calcular el número de activos y de inactivos. b) Calcular las tasas de actividad, paro y empleo. c) Si en el trimestre siguiente 1 000 parados dejan de buscar empleo y se convierten en inactivos desanimados, ¿qué pasa con la tasa de paro? Comentar la paradoja.
Solución
No todo el paro tiene las mismas causas ni se combate con las mismas políticas. La taxonomía clásica distingue cuatro tipos, y cualquier diagnóstico serio de la situación laboral de un país pasa por estimar cuánto pesa cada uno.
Es el paro que existe siempre y en todas las economías porque las personas tardan tiempo en encontrar un nuevo empleo cuando dejan el anterior, y las empresas tardan tiempo en encontrar al candidato adecuado. Una persona que acaba de terminar una carrera y está enviando currículums, alguien que ha dejado voluntariamente su empleo para buscar otro mejor, alguien que vuelve al mercado tras un periodo de cuidados: todos son paro friccional.
Es inevitable y, en pequeñas dosis, incluso deseable: significa que las personas exploran opciones antes de aceptar el primer trabajo que aparece, lo cual mejora la calidad del emparejamiento entre puestos y trabajadores. Las políticas que reducen el paro friccional son las que mejoran la información del mercado: portales públicos de empleo, agencias de colocación, orientación profesional.
Aparece cuando las habilidades de los parados no coinciden con las que demandan las empresas, o cuando las personas paradas viven en una zona del país donde no hay puestos disponibles. Es el paro de un minero asturiano al cerrar las minas, el de un dependiente de tienda física desplazado por el comercio electrónico, el de un traductor literario en la era de los modelos de lenguaje grandes.
El paro estructural no desaparece con una expansión económica: por mucho que crezca el PIB, si las habilidades no encajan, las vacantes y los parados conviven sin encontrarse. Se combate con políticas activas de empleo: formación, reciclaje profesional, ayudas a la movilidad geográfica. En España, los planes de Formación Profesional para el Empleo son la herramienta principal.
Es el paro que sube en las recesiones y baja en las expansiones. Cuando cae la demanda agregada, las empresas venden menos, producen menos y necesitan menos gente. Es el tipo de paro más visible y el más doloroso por la velocidad con la que aparece —se puede pasar de pleno empleo a tasa de paro del 15 % en dos años, como vimos en 2008-2009 o en 2020—.
Se combate con políticas macroeconómicas expansivas: bajadas de tipos de interés del banco central, aumento del gasto público, prestaciones por desempleo que sostienen la demanda. En la Unión Europea, instrumentos como los ERTE durante la pandemia o el fondo SURE son ejemplos de respuesta institucional al paro cíclico.
Aparece porque algunos sectores —turismo, agricultura, hostelería de costa, esquí— concentran su actividad en meses concretos del año. Un camarero de Benidorm despedido en noviembre o un temporero de la fresa en Huelva al acabar la campaña son paro estacional. Es previsible, se repite cada año y los datos suelen publicarse “desestacionalizados” para que las comparaciones interanuales tengan sentido.
Las políticas frente al paro estacional son limitadas: o se diversifica la actividad económica del territorio o se aceptan los flujos. Algunas comunidades han impulsado planes de desestacionalización turística con resultados modestos.
| Tipo | Causa | Duración | Política eficaz |
|---|---|---|---|
| Friccional | Tiempo de búsqueda | Corta | Mejorar información del mercado |
| Estructural | Desajuste habilidades-puestos | Larga | Formación, reciclaje, movilidad |
| Cíclico | Recesión, caída de la demanda agregada | Variable | Política fiscal y monetaria expansiva |
| Estacional | Naturaleza estacional del sector | Predecible | Diversificación, desestacionalización |
Una economía con paro mayoritariamente friccional y estacional está sana; una economía con paro mayoritariamente estructural y cíclico tiene problemas serios que ninguna campaña publicitaria va a resolver.
Pocos debates de política económica generan tanta controversia entre economistas como el del salario mínimo interprofesional (SMI). La teoría neoclásica básica predice una cosa; la evidencia empírica reciente apunta en otra dirección; el resultado real en España depende de matices que merece la pena entender.
Si trazamos las curvas de oferta y demanda de trabajo, el equilibrio está en (W*, L*). Si el Gobierno fija un salario mínimo por encima del equilibrio —digamos W_min > W*—, ocurren dos cosas predecibles: la cantidad demandada de trabajo cae (las empresas contratan menos a ese precio) y la cantidad ofrecida sube (más gente quiere trabajar a ese sueldo). La diferencia es exceso de oferta de trabajo, es decir, paro involuntario.
La predicción clásica de los manuales es, por tanto, que el SMI destruye empleo entre los trabajadores menos cualificados, que son los que cobraban por debajo de W_min antes de la subida. Si el SMI está por debajo del equilibrio para una categoría de trabajadores, no tiene ningún efecto sobre el empleo de esa categoría (es como un techo de cristal que nadie roza).
A partir de los años 90, esta predicción empezó a chocar con datos que no encajaban. El estudio más famoso es el de David Card y Alan Krueger (1994), que compararon empresas de comida rápida en Nueva Jersey (donde subió el salario mínimo en 1992) con empresas en Pennsylvania (donde no subió). Encontraron que el empleo no cayó en Nueva Jersey; incluso aumentó ligeramente. El estudio fue tan influyente que contribuyó a que Card recibiera el Premio Nobel de Economía en 2021.
Las explicaciones posibles son varias: las empresas tienen poder de mercado sobre los trabajadores menos cualificados (mercados monopsonísticos), absorben la subida con menos beneficios o reduciendo otros costes, repercuten parte al precio final, y los trabajadores mejor pagados consumen más, sosteniendo la demanda. La conclusión de la nueva literatura, sin ser unánime, es que subidas moderadas del SMI tienen efectos pequeños sobre el empleo, mientras que subidas muy grandes sí pueden destruir puestos.
España experimentó entre 2017 y 2025 una de las subidas más rápidas del SMI en la UE: pasó de 707,60 €/mes en 2017 a 1 184 €/mes en 14 pagas en 2025, un +67 % en ocho años. El cuadro siguiente recoge las subidas escalón a escalón:
| Año | SMI (€/mes, 14 pagas) | Variación |
|---|---|---|
| 2017 | 707,60 | — |
| 2018 | 735,90 | +4,0 % |
| 2019 | 900,00 | +22,3 % |
| 2020 | 950,00 | +5,6 % |
| 2021 | 965,00 | +1,6 % |
| 2022 | 1 000,00 | +3,6 % |
| 2023 | 1 080,00 | +8,0 % |
| 2024 | 1 134,00 | +5,0 % |
| 2025 | 1 184,00 | +4,4 % |
La AIReF (Autoridad Independiente de Responsabilidad Fiscal) y el Banco de España han publicado evaluaciones del efecto sobre el empleo. Las conclusiones, simplificadas, son tres: el efecto agregado sobre el empleo total ha sido pequeño (menos de un 1 % del empleo afectado); el efecto sobre colectivos específicos —jóvenes sin formación, trabajadores rurales, sector agrario— ha sido más visible; y la subida ha reducido la desigualdad salarial en el extremo inferior de la distribución, que era el objetivo declarado de la política.
Enunciado
En el mercado de trabajo de baja cualificación de una región imaginaria, las funciones de oferta y demanda son lineales:
(W = salario por hora en euros; L = miles de personas dispuestas a trabajar / contratadas.)
a) Calcular el salario y el empleo de equilibrio. b) El Gobierno fija un salario mínimo de 12 €/hora. Calcular el empleo efectivo, el desempleo generado y comentar. c) En el mismo mercado, otra hipótesis: hay poder de mercado del empleador (monopsonio) y la demanda de trabajo “real” pagada antes del SMI era artificialmente baja, equivalente a W = 8 €. ¿Cómo cambia la interpretación de la subida del SMI?
Solución
1 000 − 50W = 200 + 30W
800 = 80W
W* = 10 €/hora.
Sustituyendo: L* = 1 000 − 50·10 = 500 mil personas (o 200 + 30·10 = 500). El equilibrio es (W* = 10 €, L* = 500 mil).L_d = 1 000 − 50·12 = 400 mil personas.L_o = 200 + 30·12 = 560 mil personas.¿Existe una relación estable entre paro e inflación? La respuesta, según la macroeconomía moderna, es sí, pero solo a corto plazo. La historia del descubrimiento, colapso y rehabilitación de esa relación es uno de los episodios más instructivos del pensamiento económico del siglo XX.
El economista neozelandés A. W. Phillips publicó en 1958 un estudio en Economica con un siglo de datos del Reino Unido (1861-1957). Al cruzar la tasa de paro con la tasa de variación de los salarios nominales, descubrió una relación inversa estable: cuando el paro era bajo, los salarios subían rápido; cuando el paro era alto, los salarios subían despacio o caían. La intuición es de manual: con poco paro, los trabajadores tienen poder negociador y consiguen subidas; con mucho paro, no.
En los años 60, Samuelson y Solow trasladaron la idea de los salarios a los precios (inflación) y la convirtieron en la herramienta central de la política macroeconómica: aceptar algo más de inflación parecía una manera de reducir el paro permanentemente. Los gobiernos podrían elegir su punto preferido en la curva.
Esa promesa se rompió en los años 70. Tras las crisis del petróleo de 1973 y 1979, las economías occidentales experimentaron simultáneamente alta inflación y alto paro —el fenómeno bautizado como estanflación—. La curva de Phillips, tal y como se entendía, predecía que eso era imposible. Pero ocurrió. Estados Unidos llegó a tener inflación del 13 % y paro del 7 % a finales de la década.
Milton Friedman (1968) y Edmund Phelps (1967) habían anticipado el problema. Su argumento es que la curva de Phillips original no incorporaba las expectativas de inflación. Si los trabajadores esperan inflación, exigen subidas salariales para compensar, las empresas suben precios para acomodar las subidas y la inflación se vuelve persistente sin reducir el paro. A largo plazo, el paro se sitúa en su tasa natural —la NAIRU— independientemente de la inflación. Solo hay relación inversa a corto plazo, mientras las expectativas no se han ajustado.
La NAIRU —Non-Accelerating Inflation Rate of Unemployment— es la tasa de paro compatible con una inflación estable. Por debajo de ella, la inflación se acelera; por encima, la inflación se modera. Es el equivalente macroeconómico de un “termostato” del mercado de trabajo.
Para España, el Banco de España y la AIReF estiman la NAIRU en torno al 10-12 %. Para Alemania o los Países Bajos, la cifra equivalente ronda el 4-5 %. La diferencia indica que el mercado de trabajo español tiene rigideces estructurales que mantienen el paro de equilibrio más alto: dualidad temporal-indefinido, costes de despido asimétricos, baja movilidad geográfica, formación profesional menos desarrollada.
Una de las grandes asignaturas pendientes de cualquier mercado laboral europeo es la brecha salarial entre hombres y mujeres. En España, la brecha ajustada ronda el 9 % según Eurostat (datos de 2023); la sin ajustar —que compara directamente sueldos medios sin controlar por sector, jornada o categoría— se acerca al 15-18 % según el indicador.
La literatura económica identifica cuatro causas principales:
Las políticas que la evidencia identifica como eficaces incluyen: permisos parentales iguales e intransferibles (España los igualó en 2021 a 16 semanas para ambos progenitores), transparencia retributiva obligatoria (Directiva UE 2023/970), planes de igualdad obligatorios para empresas de más de 50 personas, y corresponsabilidad en los cuidados. Los efectos son lentos pero medibles: la brecha sin ajustar en España ha caído del 23 % en 2010 al 16 % en 2022, según Eurostat.
El mercado laboral español tiene una característica que lo distingue de la mayoría de países europeos: una dualidad acusada entre trabajadores indefinidos (con protección alta) y trabajadores temporales (con protección muy baja). Esa dualidad es la raíz de varios problemas crónicos.
Hasta 2021, España mantenía durante años una tasa de temporalidad superior al 25 %, frente al 15 % de media europea. Una cuarta parte de los trabajadores asalariados encadenaba contratos temporales sin acceder al indefinido, con consecuencias múltiples:
La reforma impulsada por la ministra Yolanda Díaz (RDL 32/2021, en vigor desde marzo de 2022) tuvo como objetivo central reducir la temporalidad. Sus medidas principales fueron tres: limitación drástica de los contratos temporales por circunstancias de la producción, ampliación del contrato fijo-discontinuo para trabajos estacionales recurrentes, y refuerzo del peso del convenio sectorial frente al de empresa.
Los resultados, según el Banco de España y la AIReF (informes 2023-2024), han sido visibles: la tasa de temporalidad cayó al 14-15 % a finales de 2023, prácticamente igualando la media europea. El número de fijos-discontinuos ha crecido fuertemente (lo que algunos críticos consideran una temporalidad disfrazada estadísticamente), pero los indicadores de estabilidad en el empleo han mejorado de forma consistente.
Quedan pendientes problemas serios que ninguna reforma ha resuelto: el paro juvenil sigue duplicando la media europea (en torno al 25 % en el primer trimestre de 2026 frente al 14 % UE), el paro de larga duración afecta a cerca del 35-40 % de los parados, y la productividad laboral española sigue por debajo de la media europea (España produce aproximadamente el 80 % del valor por hora trabajada que Alemania).
Para entender bien el modelo español conviene compararlo con tres referencias europeas que representan filosofías muy distintas: el nórdico, el alemán y el francés.
España, en este mapa, se sitúa más cerca del modelo francés que del nórdico: alta protección al indefinido, despido relativamente costoso, sindicatos fuertes en algunos sectores, pero con la peculiaridad histórica de la dualidad temporal-indefinido que la reforma de 2022 ha empezado a corregir. La gran asignatura pendiente sigue siendo desarrollar políticas activas eficaces y una formación profesional comparable a la alemana —dos décadas largas de planes sin resultados claros— para acercarnos al estándar europeo de paro estructural en cifras razonables.
La Unidad 10 entra en el sistema financiero: cómo se canaliza el ahorro hacia la inversión y cómo crean dinero los bancos. La Unidad 11 trata las políticas económicas —fiscal y monetaria— que son las herramientas que el sector público utiliza, entre otras cosas, para influir sobre el paro cíclico que hemos visto aquí. La Unidad 12 cierra el bloque con globalización, UE y los grandes retos contemporáneos —entre ellos, el impacto de la digitalización sobre el empleo, que se anticipa en este mismo capítulo cuando hablamos de paro estructural—.
Si esta unidad te ha interesado, aquí van algunas lecturas y recursos para ir más allá:
Estas preguntas no tienen una respuesta única. Sirven para discutir en clase o para pensar individualmente al cerrar la unidad:
El dinero no es solamente lo que tenemos en el bolsillo: es una institución social, un derecho contable y, en gran medida, una creación de la propia banca. Entender cómo se crea el dinero y cómo se mueve por el sistema financiero es entender uno de los engranajes más invisibles —y más poderosos— de cualquier economía moderna.
Tiempo estimado de lectura: 40-45 min · Saberes LOMLOE: C.5, A.4 · Pre-requisitos: Unidad 3 (planificación financiera personal: ahorro, productos bancarios, Euribor desde el lado del consumidor).
Al acabar esta unidad sabrás:
- Definir las tres funciones del dinero (medio de pago, unidad de cuenta, depósito de valor) y reconocer sus formas históricas y actuales.
- Distinguir los agregados monetarios M0, M1, M2 y M3 según su grado de liquidez y calcularlos a partir de un balance simple.
- Explicar la creación de dinero bancario y calcular el multiplicador del dinero a partir del coeficiente de reservas.
- Describir la arquitectura institucional del sistema financiero europeo y español (BCE, Eurosistema, Banco de España, CNMV, DGSFP).
- Diferenciar el mercado primario del secundario y la renta fija de la renta variable.
- Reconocer el papel de la fintech y las criptomonedas como innovación financiera y los riesgos que conllevan.
El sistema financiero es el conjunto de instituciones, mercados y productos que canalizan el dinero desde quienes tienen capacidad de ahorro hacia quienes necesitan financiación para invertir o consumir. Es, en cierto modo, el sistema circulatorio de la economía: sin él, el ahorro de unos no encontraría manera de convertirse en la inversión de otros, y la economía se pararía. Esta unidad mira el sistema financiero desde arriba —cómo se organiza, qué papel cumplen los bancos, cómo se crea el dinero, qué supervisa el BCE—, mientras que la Unidad 3 lo miró desde abajo, desde la perspectiva del consumidor que abre una cuenta o pide una hipoteca.
El currículo LOMLOE lo pide así: comprender el funcionamiento del sistema financiero y la tipología y proceso de creación del dinero, junto con el papel de los bancos en la economía. Recorreremos en orden lo siguiente: primero qué es el dinero y qué formas tiene, luego cómo se mide la cantidad de dinero (agregados monetarios) y cómo la banca lo crea de la nada en parte, después la arquitectura institucional —BCE, Eurosistema, Banco de España, CNMV—, los mercados financieros y, finalmente, las novedades disruptivas: fintech, neobancos, criptomonedas y el euro digital.
El dinero parece una de las cosas más obvias del mundo —todos lo usamos a diario—, pero su naturaleza es bastante menos evidente de lo que aparenta. Un billete de 50 € es, físicamente, un pedazo de papel impreso (en realidad, algodón y polímeros). No vale 50 € por su contenido material. Vale 50 € porque todos aceptamos que vale 50 € y porque el Banco Central Europeo respalda esa aceptación. El dinero, en su forma actual, es ante todo una convención social institucionalizada.
Desde Aristóteles, la economía identifica tres funciones que cualquier cosa debe cumplir para ser considerada dinero:
A lo largo de la historia, el dinero ha tomado formas muy distintas:
Para hacer política monetaria, el Banco Central Europeo necesita medir cuánto dinero hay en circulación. Pero el dinero no es una sola cosa: ¿se cuentan también los depósitos a plazo? ¿Los fondos del mercado monetario? Para resolverlo, los bancos centrales definen agregados monetarios que ordenan los activos del más líquido al menos líquido.
La proporción habla por sí sola: por cada euro de efectivo emitido por el BCE, hay alrededor de siete euros de dinero bancario circulando en forma de apuntes contables en cuentas. La banca comercial no solo distribuye el dinero del banco central: lo multiplica. Veamos cómo.
Enunciado
Una economía imaginaria presenta los siguientes saldos (en millones de euros) al cierre del trimestre:
Calcula M0, M1, M2 y M3. ¿Por qué los depósitos a más de cinco años no entran en M3?
Solución
Lección práctica: los agregados son encajados —cada uno contiene al anterior y le añade activos algo menos líquidos—. Por eso M3 ≥ M2 ≥ M1 ≥ (efectivo). El BCE vigila sobre todo M3 porque resume la liquidez total disponible para gastar o invertir en la economía.
Uno de los hechos más contraintuitivos —y más importantes— de la economía moderna es este: la mayor parte del dinero que circula no la crea el banco central, sino los bancos comerciales, mediante el simple acto de conceder préstamos. La mecánica se llama expansión múltiple del crédito o multiplicador del dinero.
Cuando un banco comercial recibe un depósito, la ley le obliga a mantener una parte como reserva (en efectivo o en cuenta en el banco central) y le permite prestar el resto. La fracción que el banco debe retener se llama coeficiente de caja o coeficiente de reservas (c). En la zona euro, el coeficiente legal mínimo es del 1 % desde 2012; en la práctica los bancos mantienen reservas voluntarias adicionales por razones prudenciales y operativas, lo que eleva el coeficiente efectivo.
Cuando un banco presta el resto del depósito, ese dinero termina depositándose en otro banco (o en el mismo), que a su vez puede prestar una nueva fracción, y así sucesivamente. El resultado: un único depósito inicial genera múltiples depósitos derivados a lo largo de la cadena bancaria.
La fórmula del multiplicador del dinero en su versión simplificada es:
k = 1 / c
Donde c es el coeficiente de reservas expresado en tanto por uno. Significa que cada euro depositado en el sistema bancario puede llegar a generar 1/c euros de oferta monetaria total. Si c = 10 %, el multiplicador es 10; si c = 20 %, el multiplicador es 5; si c = 1 %, el multiplicador teórico es 100, aunque en la práctica nunca se alcanza por las reservas voluntarias y porque parte del dinero prestado vuelve al circuito en forma de efectivo, no de depósito.
Enunciado
El señor García deposita 1.000 € en su banco. El coeficiente legal de reservas es del 10 %. Asume, por simplicidad, que:
a) ¿Cuánto puede prestar el banco con ese depósito inicial? b) ¿Cuál es el multiplicador del dinero? c) ¿Cuánto dinero total habrá creado el sistema bancario al final del proceso? d) ¿Cuánto dinero nuevo se ha creado (descontando el depósito original)?
Solución
Primera ronda — depósito de García:
Segunda ronda — los 900 € prestados vuelven al sistema. El prestatario los gasta y el receptor del pago los deposita en su propio banco:
Tercera ronda:
Cuarta ronda: depósito 729 €, reserva 72,9 €, préstamo 656,1 €. Y así sucesivamente, en una progresión geométrica de razón 0,9.
Multiplicador del dinero:
k = 1 / c = 1 / 0,10 = 10
Total de depósitos creados (suma de la serie geométrica):
Dinero nuevo creado por el sistema: 10.000 − 1.000 = 9.000 €. Estos 9.000 € no existían antes del depósito de García: los ha creado la cadena de bancos «de la nada», simplemente concediendo crédito.
Lección práctica: el dinero bancario es endógeno al sistema. Los bancos no son meros intermediarios entre ahorradores e inversores: son creadores de dinero cada vez que conceden un préstamo. La cantidad total de dinero en una economía depende, por tanto, tanto del banco central (que fija el coeficiente y los tipos) como de las decisiones de crédito de los bancos comerciales.
El sistema financiero español está plenamente integrado en el Eurosistema desde la entrada en vigor del euro (1 de enero de 1999, aunque los billetes y monedas físicos no llegaron hasta 2002). Su arquitectura institucional se organiza en tres niveles.
El Banco Central Europeo (BCE), con sede en Frankfurt, es la autoridad monetaria de la zona euro. Sus decisiones clave las toma el Consejo de Gobierno, formado por los 6 miembros del Comité Ejecutivo del BCE y los 20 gobernadores de los bancos centrales nacionales de la zona euro (a fecha de 2024: 20 países, desde la incorporación de Croacia en 2023).
El Eurosistema es el conjunto formado por el BCE y los bancos centrales nacionales (BCN) de los países que han adoptado el euro. El Banco de España (BdE) es uno de esos BCN. Sus funciones principales son:
El BCE fija tres tipos de interés oficiales que son la herramienta básica de su política monetaria:
Aunque el BCE fija los tipos oficiales, los bancos comerciales se prestan dinero entre sí en el Mercado Interbancario a tipos que se mueven cercanos —pero no idénticos— a los oficiales. El Euribor (Euro Interbank Offered Rate) es la media diaria de los tipos a los que un panel representativo de bancos europeos declara que se prestaría dinero entre sí. Se publica para diferentes plazos (1 semana, 1 mes, 3 meses, 6 meses, 12 meses) y es la referencia legal de las hipotecas variables en España.
El Euribor a 12 meses alcanzó un máximo del 4,16 % en octubre de 2023; tras el ciclo de bajadas del BCE iniciado en 2024 se ha relajado hasta el rango 2,30-2,55 % en el primer trimestre de 2026, frente al −0,5 % que llegó a tocar en diciembre de 2021. Esa oscilación entre máximo y mínimo recientes es la magnitud del shock que vivieron los hogares con hipoteca variable entre 2022 y 2023 (analizado desde la perspectiva del consumidor en la Unidad 3) y del alivio posterior.
Más allá de sus funciones dentro del Eurosistema, el Banco de España mantiene competencias propias:
La banca española vivió una consolidación masiva entre 2008 y 2017: de unas 45 cajas de ahorros y bancos significativos en 2007 se ha pasado a un puñado de grandes grupos. Los principales actores en 2024 son:
Las cajas de ahorros, que en 2007 representaban más del 50 % del sistema bancario español, han quedado prácticamente extinguidas como entidades operativas: la mayoría se transformaron en bancos o se integraron en grupos mayores tras la crisis. La excepción notable son las dos cajas vascas (Kutxabank) y CaixaBank, que conservan su origen en forma de fundaciones bancarias que controlan la propiedad pero no la gestión directa.
El sistema financiero español está supervisado por tres organismos según el tipo de actividad:
A escala europea, los tres reguladores correspondientes son la EBA (banca), la ESMA (mercados de valores) y la EIOPA (seguros y pensiones), que coordinan la regulación pero no sustituyen a los supervisores nacionales.
Los mercados financieros son el lugar (físico o, hoy en día, casi siempre electrónico) donde se compran y venden activos financieros: acciones, bonos, deuda pública, divisas, derivados. Su función económica es doble: por un lado, canalizan ahorro hacia inversión productiva; por otro, permiten valorar los activos continuamente mediante el cruce de oferta y demanda.
La distinción más importante es entre dos momentos en la vida de un activo financiero:
Sin mercado secundario líquido, el mercado primario tampoco funciona. Por eso ambos son inseparables.
Los activos financieros se agrupan en dos grandes familias según el tipo de derecho que confieren:
Por debajo de las bolsas visibles, los bancos comerciales se prestan dinero entre sí cada día en el Mercado Interbancario, sin que el público lo vea. Es donde se forma el Euribor. Los volúmenes son enormes: en una jornada típica se prestan en él decenas de miles de millones de euros, fundamentalmente a corto plazo (overnight, 1 semana, 1 mes). Cuando el mercado interbancario se congela —como ocurrió en septiembre de 2008 tras la quiebra de Lehman Brothers—, el sistema financiero entra en shock: los bancos dejan de fiarse unos de otros y la liquidez del sistema colapsa.
En los últimos quince años, la digitalización ha generado una transformación profunda del sistema financiero. La etiqueta fintech (de financial technology) agrupa empresas que aplican tecnología digital para reinventar servicios financieros tradicionalmente prestados por la banca.
La fintech ha reducido comisiones, mejorado la experiencia de usuario y dado acceso a productos financieros a colectivos antes mal servidos (jóvenes, migrantes, microempresas), pero no ha sustituido a la banca tradicional: la captación de depósitos, la concesión de hipotecas y el crédito empresarial siguen dominados por los bancos clásicos, que a menudo han comprado fintechs o han desarrollado sus propias divisiones digitales.
El fenómeno más radical de la última década en el ámbito financiero es la aparición de las criptomonedas, activos digitales descentralizados basados en tecnología blockchain (cadena de bloques).
Bitcoin, propuesto en 2008 en un white paper firmado bajo el seudónimo Satoshi Nakamoto, es la primera moneda digital sin emisor central. Su funcionamiento se basa en una red descentralizada de nodos que validan transacciones y mantienen un libro contable público (blockchain) mediante un sistema de prueba de trabajo (proof of work). Su oferta total está limitada por diseño a 21 millones de unidades, alcanzables aproximadamente en 2140.
Bitcoin cumple imperfectamente las tres funciones del dinero:
Las stablecoins (USDT de Tether, USDC de Circle) son criptomonedas diseñadas para mantener una paridad estable con una moneda fiduciaria —habitualmente el dólar— mediante respaldo en reservas reales. Han sufrido escándalos por opacidad de reservas y episodios de desanclaje (la stablecoin algorítmica TerraUSD colapsó en mayo de 2022, evaporando 60.000 millones de dólares). Por su parte, la validación por proof of work de Bitcoin consume aproximadamente 130-150 TWh anuales (datos Cambridge CBECI 2025), similar al consumo eléctrico de Argentina o Polonia; el debate ambiental ha llevado a redes como Ethereum a migrar en septiembre de 2022 a proof of stake, mucho menos intensivo en energía.
Frente al desafío de las criptomonedas privadas y las stablecoins en dólares, el BCE inició en julio de 2021 un proyecto de moneda digital de banco central (CBDC): el euro digital. Tras una fase de investigación (2021-2023) y una fase de preparación que culminará en 2025-2026, el lanzamiento previsto se sitúa en torno a 2027-2028.
El euro digital, si finalmente se aprueba, sería:
Las motivaciones del proyecto son tres: dar soberanía monetaria digital a la zona euro frente al dominio del dólar y de plataformas privadas; ofrecer una alternativa pública a los pagos digitales privados (Visa, Mastercard, PayPal); y mantener el acceso al dinero del banco central en un mundo donde el efectivo se usa cada vez menos.
La cadena de transmisión de una decisión del BCE hasta una hipoteca concreta —Consejo de Gobierno → tipos oficiales → Euribor interbancario → tipos al cliente final → consumo e inversión— se trata en detalle en la Unidad 11 (políticas económicas). Aquí basta retener que el efecto pleno sobre la economía real tarda 12-24 meses en materializarse, lo que explica la cautela con la que el BCE modifica los tipos.
Órdenes de magnitud que el alumnado debe poder citar al cerrar la unidad:
El sistema financiero descrito aquí es el escenario donde se ejecuta la política monetaria que estudiaremos en la Unidad 11 (políticas económicas fiscal y monetaria): el BCE no actúa en el vacío, sino sobre las instituciones, los bancos y los mercados de esta unidad. A su vez, la integración del sistema financiero español en el Eurosistema es un caso paradigmático de los procesos de integración económica europea que veremos en la Unidad 12 (globalización, UE y retos contemporáneos).
Si esta unidad te ha interesado, aquí van algunas lecturas y recursos para ir más allá:
Estas preguntas no tienen una respuesta única. Sirven para discutir en clase o para pensar individualmente al cerrar la unidad:
Una vez entendido cómo se mide la economía y cómo se mueven sus agregados, llega la pregunta política: ¿qué puede hacer el Estado cuando el ciclo se tuerce, los precios se disparan o el paro crece? Esta unidad responde con dos palancas —fiscal y monetaria— y con la prudencia que su uso exige.
Tiempo estimado de lectura: 45-50 min · Saberes LOMLOE: D.1, D.2, D.3 · Pre-requisitos: Unidad 8 (modelo AD-AS y ciclos) + Unidad 10 (BCE, tipos oficiales y Euribor).
Al acabar esta unidad sabrás:
- Distinguir economía positiva y normativa con ejemplos discriminantes.
- Identificar las cuatro justificaciones técnicas de la intervención del Estado en la economía.
- Aplicar política fiscal expansiva y restrictiva al modelo AD-AS y calcular el efecto de un cambio del gasto público con el multiplicador.
- Calcular e interpretar el déficit y la deuda pública a la luz de la nueva regla fiscal europea y de la curva de Laffer.
- Aplicar política monetaria del BCE al AD-AS y trazar la cadena de transmisión hasta la cuota hipotecaria.
- Distinguir inflación de demanda, de costes y estanflación, y explicar la crisis inflacionaria 2022-2023.
Las unidades anteriores nos han dado el mapa: en la Unidad 7 vimos cómo se miden los agregados, en la Unidad 8 cómo se mueven oferta y demanda agregadas a lo largo del ciclo, en la Unidad 9 cómo funciona el mercado de trabajo y en la Unidad 10 cómo el sistema financiero canaliza el ahorro. Falta la pieza política. Una economía no es solo una máquina que se observa: es también una máquina sobre la que se decide. Política económica es el nombre técnico de ese conjunto de decisiones públicas que persiguen objetivos colectivos —crecimiento, empleo, estabilidad de precios, redistribución— mediante dos grandes palancas: el presupuesto del Estado y la cantidad de dinero en circulación.
Esta unidad presenta las dos palancas. La primera, la política fiscal, está en manos del Gobierno y se ejerce mediante el gasto público y los impuestos. La segunda, la política monetaria, está en manos del Banco Central Europeo y se ejerce mediante el tipo de interés oficial y la cantidad de dinero que circula por el sistema. Las dos influyen sobre el mismo modelo AD-AS que aprendimos en la Unidad 8, pero por canales distintos y con tempos distintos. Entender cuándo se usa cada una y con qué consecuencias es el objetivo central del Bloque D del currículo.
Antes de hablar de instrumentos conviene aclarar una distinción epistemológica básica, porque sobre ella se apoya el debate público sobre estos temas: la diferencia entre economía positiva y economía normativa.
La economía positiva describe cómo funciona la economía: qué efectos producen las decisiones, qué relaciones existen entre las variables, qué predicciones empíricas se siguen de un modelo. Sus enunciados son contrastables con datos y, al menos en principio, los economistas pueden estar de acuerdo o en desacuerdo apelando a evidencia. La economía normativa, en cambio, juzga: dice qué debería hacerse, en función de valores que no se deducen del modelo sino que se aportan desde fuera (equidad, libertad, sostenibilidad, dignidad).
Algunos ejemplos para fijar la diferencia:
La confusión entre ambos planos envenena buena parte del debate económico público. Conviene también recordar que la economía positiva no es neutral en el sentido fuerte del término: los economistas eligen qué preguntan, qué modelos usan y qué datos consideran relevantes, y en esas elecciones se cuelan supuestos normativos. Pero la disciplina ha desarrollado un esfuerzo serio por separar los dos planos para que el debate público pueda saber sobre qué se está discutiendo: sobre los hechos o sobre los valores.
Conviene retomar las justificaciones técnicas de la intervención pública que aparecieron en la Unidad 6 (fallos de mercado) y completarlas con dos motivos adicionales propios del análisis macroeconómico. Las cuatro grandes razones que la teoría económica ofrece para que el Estado intervenga en la economía son:
Cada una de las cuatro abre debates donde lo positivo y lo normativo se mezclan: cuánto redistribuir, hasta dónde estabilizar, qué cubrir con servicios públicos, dónde poner el límite. La política económica es la traducción operativa de esas decisiones.
La política fiscal es el conjunto de decisiones del Gobierno sobre el gasto público (G) y los impuestos (T) con el objetivo de influir sobre la demanda agregada, sobre la distribución de la renta y sobre la provisión de servicios públicos. Sus dos instrumentos centrales son el lado del gasto y el lado del ingreso del presupuesto.
El gasto público incluye, en términos contables, varias partidas: consumo público (salarios de funcionarios, suministros), inversión pública (carreteras, hospitales, redes), transferencias corrientes (pensiones, prestaciones por desempleo, becas), subvenciones a empresas e intereses de la deuda. No todas tienen el mismo efecto sobre la demanda agregada: las inversiones generan empleo directo y un efecto arrastre fuerte, las transferencias se filtran en parte a ahorro, y los intereses de la deuda son una mera transferencia hacia los acreedores.
Los impuestos se clasifican en dos grandes familias. Los directos gravan la renta o el patrimonio del contribuyente: IRPF, Impuesto de Sociedades, Patrimonio, Sucesiones. Son los que mejor permiten aplicar la progresividad (que paga más quien más tiene). Los indirectos gravan el consumo: IVA, Impuestos Especiales sobre tabaco, alcohol, hidrocarburos, electricidad. Son más fáciles de recaudar pero tienden a ser regresivos porque las rentas bajas dedican una proporción mayor de su ingreso al consumo.
Una política fiscal expansiva combina alguna mezcla de subida del gasto público (↑G) o bajada de impuestos (↓T), con el objetivo de aumentar la demanda agregada y sacar a la economía de una recesión. Una política fiscal restrictiva hace lo contrario: ↓G o ↑T, para enfriar una economía recalentada o para reducir un déficit insostenible.
En el modelo AD-AS de la Unidad 8, una política fiscal expansiva desplaza la curva de demanda agregada a la derecha. El efecto sobre producción y precios depende del tramo de la AS en el que nos encontremos: si la economía está en el tramo horizontal (mucho paro, capacidad ociosa), el efecto es casi todo en cantidades (Y↑) y casi nada en precios; si está en el tramo vertical (pleno empleo), el efecto es todo en precios (P↑) sin ganancia de producción.
Una intuición central de la macro keynesiana es que un euro de gasto público no aumenta el PIB en un euro, sino en más de un euro. Esto se debe a que ese gasto se convierte en renta para alguien, que consume parte de esa renta, que se convierte en renta para otro, que consume parte… y así sucesivamente. El multiplicador captura esa cadena.
En el modelo más sencillo, llamando c a la propensión marginal al consumo (la fracción de cada euro de renta adicional que un hogar dedica al consumo), el multiplicador del gasto público es:
k = 1 / (1 − c)
Si la propensión marginal al consumo es 0,7, el multiplicador vale 1 / (1 − 0,7) = 3,33: un euro de gasto público adicional acaba aumentando el PIB en 3,33 euros. En la práctica, el multiplicador en economías abiertas y con impuestos es bastante menor (entre 0,5 y 1,5 según el contexto y el tipo de gasto), porque parte de la renta se filtra hacia importaciones y hacia impuestos. Pero la lógica del multiplicador sigue siendo válida: el gasto público mueve más PIB que su valor nominal.
Enunciado
Una economía cerrada sin sector público tiene una propensión marginal al consumo de 0,75. El Gobierno decide ejecutar un plan de inversión pública de 12 000 millones de euros en rehabilitación energética de viviendas. Calcula:
Datos
Solución
Conclusión. Cuando los hogares ahorran más (c menor), parte de la renta se sale del circuito en cada ronda y el efecto multiplicador se debilita. El mismo plan de 12 000 M€ pasa de generar 48 000 M€ a generar 30 000 M€ de PIB. Para una economía abierta con impuestos como la española, el multiplicador realista sería sensiblemente menor (en torno a 1-1,5 según el tipo de gasto), porque también se filtran euros hacia importaciones y hacia la recaudación tributaria.
Si el gasto público supera a los ingresos, el resultado es déficit público (medido en porcentaje del PIB). Si los ingresos superan al gasto, hay superávit. La diferencia anual se acumula a lo largo del tiempo y constituye la deuda pública, también medida en porcentaje del PIB.
España cerró 2024 con un déficit del 3,0 % del PIB y 2025 con un déficit en torno al 2,7-2,8 % del PIB (AIReF, diciembre 2025), entrando ya en la senda exigida por la nueva regla fiscal europea. La deuda pública ha bajado al entorno del 102-103 % del PIB al cierre de 2025, todavía muy por encima del nivel pre-Covid (98 %) y del umbral del 60 % que marca el Pacto de Estabilidad. El servicio de la deuda —los intereses que el Estado paga cada año a sus acreedores— pasó de unos 25 000 M€ en 2021 a unos 40 000 M€ en 2024 a consecuencia de la subida de tipos del BCE, y se ha estabilizado en 2025 conforme el ciclo de bajadas del BCE empieza a abaratar las refinanciaciones.
Enunciado
Un país imaginario presenta los siguientes datos para un ejercicio presupuestario (en miles de millones de euros):
Calcula:
Solución
Lección práctica: el déficit es un flujo anual; la deuda es el stock acumulado de todos los déficits pasados. Mientras el déficit no se cierre, la deuda sigue creciendo, y cuanto mayor es la deuda, más intereses hay que pagar, lo que dificulta cerrar el déficit. Por eso la regla fiscal europea vigila las dos cifras a la vez.
En abril de 2024 la Unión Europea aprobó un nuevo marco de gobernanza fiscal que sustituye al rígido sistema anterior (límites uniformes del 3 % de déficit y 60 % de deuda con plazos anuales). La novedad es que cada país acuerda con la Comisión una senda plurianual de cuatro a siete años, ajustada a su nivel de deuda inicial, su crecimiento potencial y los costes del envejecimiento. Los países con deuda alta (como España, Italia, Francia o Bélgica) tienen rutas exigentes pero más flexibles que el corsé anterior, y pueden ganar años adicionales si se comprometen a reformas estructurales e inversiones verdes y digitales.
Los topes nominales del 3 % de déficit y el 60 % de deuda siguen siendo la referencia última, pero el camino para alcanzarlos se pacta país a país. Para España, el plan de ajuste presentado en 2024 prevé reducir el déficit estructural en torno a 0,6 puntos de PIB cada año durante siete ejercicios, con énfasis en inversión verde y digital ligada a fondos NextGenerationEU.
Una pregunta clásica: si el Estado quiere recaudar más, ¿basta con subir los tipos impositivos? El economista estadounidense Arthur Laffer popularizó en los años setenta una idea que se conoce como curva de Laffer: la recaudación es cero cuando el tipo impositivo es 0 % (obvio) y también cero cuando el tipo es 100 % (porque nadie trabaja si no se queda con nada). Entre ambos extremos hay un máximo de recaudación. A partir de ese punto, subir más el tipo reduce lo recaudado porque la base imponible cae (menos trabajo, más fraude, más economía sumergida, fuga de capital).
La curva de Laffer no dice que cualquier subida de impuestos sea contraproducente, sino que existe un tipo óptimo a partir del cual ya no compensa subir más. Dónde está ese punto exactamente es objeto de debate empírico: los estudios sitúan el máximo del IRPF entre el 60 % y el 70 % marginal en países desarrollados con buena administración tributaria, pero baja sustancialmente en países con alta corrupción o débil capacidad administrativa.
El Estado del bienestar es el conjunto de políticas públicas que garantizan ciertos derechos sociales a toda la población, con independencia de su capacidad de pago. Sus cuatro pilares clásicos son:
La financiación se reparte entre cotizaciones sociales (que pagan trabajadores y empresas y van mayoritariamente a pensiones y desempleo) e impuestos generales (IRPF, IVA, Sociedades, que financian sanidad, educación y dependencia). En España el gasto en protección social ronda el 28 % del PIB, en línea con la media de la UE-27 pero por debajo de Francia (33 %) o Finlandia (31 %).
Hay dos modelos básicos de organización de las pensiones, asociados a los dos políticos que los crearon a finales del siglo XIX y mediados del XX:
Existe además un tercer modelo, el de capitalización individual, en el que cada trabajador acumula sus aportaciones en una cuenta personal que se invierte en mercados financieros y de la que cobrará en jubilación. Es el modelo chileno desde la reforma de 1981, y opera como pilar complementario en muchos países (planes privados de empleo o individuales en España, los IRA en Estados Unidos, los KiwiSaver en Nueva Zelanda).
El gran reto del modelo de reparto en Europa es demográfico: la pirámide se está invirtiendo (menos cotizantes por jubilado) y la esperanza de vida sube. La reforma española de 2021-2023 introdujo el Mecanismo de Equidad Intergeneracional (MEI) —una cotización adicional del 0,8 % en 2025, creciente hasta el 1,2 % en 2029— y revisó el periodo de cómputo y la base máxima de cotización para sostener el sistema.
La economía sumergida es el conjunto de actividades económicas no declaradas a la administración tributaria, ya sea para evitar impuestos, cotizaciones sociales o regulaciones. En España se estima que ronda el 17-20 % del PIB, según los estudios de la AEAT y los académicos Schneider y Medina; bastante por encima de Alemania (8-10 %) y de los países nórdicos (5-8 %). Sus costes son dobles: reduce la recaudación fiscal (privando al Estado de recursos para política social) y rompe la competencia leal entre empresas que cumplen y empresas que no.
La política monetaria son las decisiones del banco central sobre la cantidad de dinero en circulación y sobre el tipo de interés oficial, con el objetivo principal de mantener la estabilidad de precios. En la zona euro, esa responsabilidad la ejerce el Banco Central Europeo (BCE), cuyo funcionamiento e independencia ya vimos en la Unidad 10. El objetivo de inflación del BCE es del 2 % a medio plazo, medido por el Índice Armonizado de Precios al Consumo (IPCA).
El BCE actúa principalmente a través de tres tipos de interés oficiales que fijan el precio del dinero al que la banca comercial accede:
Junto a los tipos, el BCE dispone de instrumentos de cantidad, los más visibles desde 2015:
Una política monetaria expansiva (bajada de tipos, compras de deuda, inyección de liquidez) abarata el crédito y empuja la demanda agregada al alza. En el AD-AS, desplaza la AD hacia la derecha. Se usa cuando hay paro elevado o riesgo de deflación.
Una política monetaria restrictiva (subida de tipos, drenaje de liquidez, QT) encarece el crédito y enfría la demanda agregada. Desplaza la AD hacia la izquierda. Se usa para combatir inflación.
La política monetaria llega a la economía real a través de varios canales encadenados. El más visible en España es el canal de las hipotecas:
Enunciado
Una familia firmó en enero de 2021 una hipoteca variable de 180 000 € a 30 años con un diferencial de Euribor + 0,90 %. En la revisión anual de enero de 2021 el Euribor a 12 meses cotizaba al −0,50 %, lo que daba un tipo aplicable del 0,40 %. En la revisión de enero de 2024, tras el ciclo de subidas del BCE, el Euribor cotizaba al 3,60 %.
Datos
Solución
La política monetaria del BCE atraviesa cuatro grandes fases recientes:
La política monetaria existe en gran medida para controlar la inflación. Conviene entonces distinguir las tres grandes formas en las que el nivel general de precios puede subir.
Aparece cuando la demanda agregada crece más rápido que la capacidad productiva. En el AD-AS, la AD se desplaza a la derecha y, en el tramo no horizontal de la AS, los precios suben. Es la inflación clásica de las economías recalentadas: pleno empleo, tirón del consumo, expectativas de subidas salariales. El instrumento corrector típico es la política monetaria restrictiva.
Aparece cuando un shock encarece los inputs (energía, materias primas, alimentos básicos) o suben los salarios sin contrapartida en productividad. La AS se desplaza a la izquierda: la producción cae y los precios suben simultáneamente. Es el escenario más desagradable porque las dos variables se mueven en el sentido equivocado. Si la caída de producción se acompaña de aumento del paro, hablamos de estanflación, una combinación particularmente difícil porque la política expansiva agrava los precios y la política restrictiva agrava el paro.
Si los trabajadores perciben que la inflación va a continuar, exigen subidas salariales para defender su poder adquisitivo. Las empresas, ante el aumento de costes laborales, suben precios. Los precios más altos justifican nuevas subidas salariales, y así sucesivamente. Esta dinámica de retroalimentación se conoce como espiral salarios-precios y es la principal preocupación de los bancos centrales cuando ven inflación elevada: el riesgo no es la subida puntual, es que se enquiste en las expectativas y en la negociación colectiva.
La zona euro vivió en 2022-2023 el episodio inflacionario más severo desde los años setenta. El IPCA tocó un pico del 10,6 % interanual en octubre de 2022 en la zona euro, y del 10,8 % en julio de 2022 en España, máximos no vistos en cuarenta años. Tres factores se combinaron:
España respondió con el llamado bono CAP energético, el escudo social aprobado en 2022, que combinó bajada del IVA de la electricidad al 5 %, descuentos al transporte público (incluida la gratuidad de Cercanías y Media Distancia para usuarios habituales), una bonificación de 20 céntimos por litro de carburante durante 2022 y la excepción ibérica, un mecanismo que desligó parcialmente el precio mayorista de la electricidad del gas. El conjunto contuvo la inflación medida en España por debajo de la media europea y permitió que el IPC de 2023 cerrara en el 3,2 %, frente al 5,4 % de la zona euro.
A diferencia de la Reserva Federal estadounidense, que tiene un mandato dual (estabilidad de precios y empleo máximo), el BCE tiene mandato jerárquico: su objetivo primario es la estabilidad de precios y solo «sin perjuicio de ese objetivo» puede apoyar las políticas económicas generales de la Unión, entre ellas el crecimiento y el empleo.
Este diseño no es casual: refleja el peso institucional de la doctrina alemana del Bundesbank en el momento de fundar el BCE (1998-1999), influida a su vez por la traumática experiencia de la hiperinflación de Weimar en los años veinte. El resultado es un banco central con sesgo prudente hacia el control de precios, incluso cuando ese control implica costes en términos de crecimiento.
Ese diseño se pone a prueba en escenarios como el de 2022-2023. El BCE tuvo que elegir entre subir tipos rápido para anclar las expectativas inflacionistas —a costa de enfriar la inversión, encarecer hipotecas y empujar a varios países al borde de la recesión técnica— o ser más gradual y arriesgarse a que la inflación se enquistara. La elección por la primera vía, criticada desde economías del sur que sufrieron más el ajuste hipotecario, fue defendida por el BCE en términos de credibilidad institucional: una vez perdida, recuperarla habría sido enormemente costoso.
Esta tensión entre estabilidad de precios y crecimiento es la sustancia del debate normativo sobre la política monetaria moderna y conecta con la pregunta del inicio: la política económica no es solo una técnica, es también una elección de valores sobre a quién protege más el sistema cuando los objetivos chocan.
Si esta unidad te ha interesado, aquí van algunas lecturas y recursos para ir más allá:
Estas preguntas no tienen una respuesta única. Sirven para discutir en clase o para pensar individualmente al cerrar la unidad:
Cerramos el curso mirando lo grande: cómo se enlazan las economías nacionales, qué arquitectura sostiene la Unión Europea y qué retos —digitalización, transición ecológica, demografía, desigualdad— tendrá que abordar la generación que ahora cursa Bachillerato.
Tiempo estimado de lectura: 45-50 min · Saberes LOMLOE: C.4, E.1, E.2, E.3, E.4, E.5 · Pre-requisitos: todo el curso (esta es la unidad de cierre que integra los cinco bloques).
Al acabar esta unidad sabrás:
- Aplicar la ventaja comparativa de Ricardo a un caso numérico de dos países y dos bienes.
- Distinguir libre comercio y proteccionismo con sus instrumentos y argumentos a favor y en contra.
- Describir la arquitectura de la UE y de la UEM, incluyendo el Eurosistema y NextGenerationEU.
- Analizar tres retos contemporáneos —digitalización, transición ecológica, demografía y pensiones— con datos de la economía española.
- Comparar crecimiento, economía circular, economía ecológica y decrecimiento como respuestas a la sostenibilidad.
- Conectar los Objetivos de Desarrollo Sostenible con políticas económicas concretas españolas y europeas.
- Reconstruir el mapa completo del curso y verificar, con la lista de cierre, qué capacidades has adquirido.
Cerramos el curso con la unidad que mira más lejos. Hasta ahora hemos estudiado cómo los hogares deciden (Bloque A), cómo se forman los precios y por qué a veces fallan los mercados (Bloque B), cómo se mide y se gestiona una economía nacional entera (Bloques C y D). Esta última unidad sale del marco estatal y observa la economía como un sistema interconectado: bienes que viajan por contenedores entre continentes, capitales que se mueven a la velocidad de la luz, ideas y trabajadores que cruzan fronteras, instituciones supranacionales que dictan reglas comunes para 27 países.
El currículo (RD 243/2022) condensa aquí dos bloques: el saber C.4 sobre comercio internacional e integración europea, y todo el Bloque E sobre los retos del siglo XXI —globalización, revolución digital, sostenibilidad ecológica, demografía, desigualdad—. Es mucho temario, y deliberadamente. La intención no es que el alumnado memorice cada institución de la UE ni cada uno de los 17 ODS, sino que termine el curso con un mapa mental razonable de dónde está su economía y hacia dónde apunta.
Conviene avisarlo desde el principio: muchas de las cuestiones de esta unidad están abiertas. ¿Es el libre comercio bueno o malo? ¿Es la digitalización una oportunidad o una amenaza para el empleo? ¿Hay que seguir creciendo o hay que decrecer? Estas preguntas no admiten respuestas únicas porque mezclan evidencia técnica con juicios de valor. El objetivo del manual es darte la evidencia ordenada y los argumentos principales de cada posición; la posición la eliges tú.
Antes de abrir el último temario, conviene mirar atrás y ver el curso entero como un mapa de cinco bloques cuyas piezas encajan ahora en una sola forma de pensar la economía:
Esta unidad no añade tantos conceptos nuevos como conecta los anteriores con el mundo real: la ventaja comparativa retoma el coste de oportunidad (U1); la política comercial de la UE retoma los aranceles como impuestos (U11); NextGenerationEU retoma el déficit y la deuda común (U11); la sostenibilidad de las pensiones retoma la demografía del mercado de trabajo (U9) y el Estado del bienestar (U11); el impacto de la IA sobre el empleo retoma el paro estructural (U9). Cerrar el curso es ver el mapa completo.
Lo primero que sorprende cuando se mira el mapa del comercio mundial es cuánto se comercia. En 2024 las exportaciones globales de bienes y servicios superaron los 33 billones de dólares, alrededor de un tercio del PIB mundial (OMC, World Trade Report 2025). Hace setenta años esa cifra era inferior al 10 %. El comercio internacional ha crecido más rápido que la producción durante casi todo el período de posguerra y eso ha cambiado las economías nacionales hasta hacerlas irreconocibles respecto a cómo eran a mitad del siglo XX.
La primera explicación rigurosa del comercio la dio Adam Smith en La riqueza de las naciones (1776). Su tesis es intuitiva: un país debe especializarse en producir aquello que hace mejor —con menos recursos, con menor coste— y comprar al resto del mundo lo que otros producen mejor. Si Portugal produce vino con menos horas de trabajo que Inglaterra, e Inglaterra produce paño con menos horas que Portugal, ambos países ganan si Portugal se especializa en vino, Inglaterra en paño, y luego intercambian.
A esa diferencia de productividad le llamamos ventaja absoluta. Es la idea con la que justificamos por qué España exporta aceite de oliva (lo producimos con menos coste que casi nadie) y por qué Suiza exporta relojes de precisión (los producen con una calidad que muy pocos pueden igualar).
El problema de la ventaja absoluta es que no explica el caso —muy frecuente— de un país que es mejor que otro en todo. Si Alemania produce mejor que Marruecos tanto coches como naranjas, ¿hay alguna razón para que comercien? La respuesta intuitiva sería no, pero esa intuición es errónea, y demostrarlo es uno de los grandes logros de la economía clásica.
David Ricardo, en Principios de economía política y tributación (1817), demostró que el comercio beneficia a ambos países siempre que tengan distintos costes de oportunidad internos. Lo que cuenta no es quién produce con menos horas absolutas, sino a qué tiene que renunciar internamente cada país para producir cada bien. Cada país debe especializarse en el bien en el que es relativamente más eficiente —su ventaja comparativa—, no necesariamente en el que es absolutamente mejor.
Enunciado
Imaginemos dos países, Norpaís y Surpaís, que producen únicamente dos bienes: trigo y tela. Cada país dispone de 100 horas de trabajo al día. Las productividades son:
| País | Horas para 1 t de trigo | Horas para 1 m de tela |
|---|---|---|
| Norpaís | 2 horas | 4 horas |
| Surpaís | 5 horas | 6 horas |
a) ¿Quién tiene ventaja absoluta en cada bien? b) Calcula el coste de oportunidad de cada bien en cada país y determina la ventaja comparativa. c) Demuestra con un ejemplo numérico que ambos países ganan si se especializan según su ventaja comparativa.
Resolución
a) Ventaja absoluta. Norpaís produce las dos cosas con menos horas que Surpaís (2 < 5 en trigo, 4 < 6 en tela). Tiene ventaja absoluta en los dos bienes. Smith, sin más herramientas, concluiría que no hay comercio posible.
b) Coste de oportunidad. Para producir 1 tonelada de trigo, Norpaís emplea 2 horas que podría haber dedicado a la mitad de un metro de tela (2/4 = 0,5). El coste de oportunidad de 1 t de trigo en Norpaís es 0,5 m de tela. En Surpaís son 5/6 ≈ 0,83 m de tela.
Para producir 1 metro de tela, Norpaís renuncia a 4/2 = 2 t de trigo. Surpaís renuncia a 6/5 = 1,2 t de trigo.
| Bien | Coste oportunidad Norpaís | Coste oportunidad Surpaís | Ventaja comparativa |
|---|---|---|---|
| 1 t trigo | 0,5 m tela | 0,83 m tela | Norpaís |
| 1 m tela | 2 t trigo | 1,2 t trigo | Surpaís |
Norpaís tiene ventaja comparativa en trigo (renuncia a menos tela para producirlo); Surpaís en tela (renuncia a menos trigo).
c) Ganancias del comercio. Sin comercio, supongamos que cada país reparte sus 100 horas mitad y mitad:
Ahora cada país se especializa completamente en su ventaja comparativa:
Comparando: hay más trigo (50 > 35) pero menos tela (16,67 < 20,83). Para que ambos ganen hace falta que la especialización no sea total. Si Surpaís dedica 60 h a tela (10 m) y 40 h a trigo (8 t), y Norpaís dedica 90 h a trigo (45 t) y 10 h a tela (2,5 m), tenemos un total mundial de 53 t de trigo y 12,5 m de tela: más trigo y exactamente la misma tela que en autarquía. Con un intercambio voluntario —por ejemplo, Surpaís vende 4 m de tela a Norpaís a cambio de 6 t de trigo— ambos pueden terminar consumiendo más de los dos bienes de lo que consumían sin comercio.
Conclusión. La especialización según ventaja comparativa amplía el conjunto de consumo posible para los dos países. Esa es la base teórica del libre comercio internacional.
La teoría de la ventaja comparativa sugiere que el libre comercio aumenta el bienestar agregado. La realidad es que casi ningún país practica libre comercio puro, y todos —incluso los más liberales— mantienen instrumentos proteccionistas. Los principales son:
Los argumentos clásicos a favor del proteccionismo son:
Los argumentos en contra son igualmente sólidos:
La Organización Mundial del Comercio (OMC) sucedió en 1995 al GATT (1947) como foro multilateral que negocia reglas comunes y arbitra disputas. Sus principios básicos son la cláusula de nación más favorecida (cualquier ventaja concedida a un socio comercial debe extenderse a todos los miembros), el trato nacional (los productos importados deben tratarse igual que los nacionales una vez en el mercado interno) y la reducción progresiva de aranceles mediante rondas de negociación.
La OMC tiene 166 países miembros (con la incorporación de Timor Oriental y Comoras en 2024). Su mayor éxito histórico es haber sostenido un comercio mundial mayoritariamente abierto durante medio siglo. Sus mayores límites: la Ronda de Doha abierta en 2001 nunca se cerró y el órgano de apelación lleva bloqueado desde 2019 por el veto estadounidense a nombrar nuevos jueces. Si el siglo XXI sigue siendo la era del comercio global o vuelve a parecerse al proteccionismo de entreguerras dependerá en buena medida de que estas instituciones se reformen o no.
España vive desde 1986 dentro de un experimento institucional sin precedentes: un conjunto de Estados que cede parcial pero significativamente la soberanía sobre comercio, moneda, competencia, agricultura y, cada vez más, política industrial y climática a instituciones comunes. Entender la UE es entender una buena parte del marco económico real del país.
La integración europea no nació como proyecto económico, sino como proyecto de paz. Tras dos guerras mundiales, Robert Schuman propuso en 1950 poner la producción franco-alemana de carbón y de acero bajo una autoridad común para hacer la guerra entre ambos países materialmente imposible. De ahí salió en 1951 la CECA (Comunidad Europea del Carbón y del Acero), con seis miembros fundadores.
Recorre la línea de tiempo para ver, hito a hito, cómo se pasó de un acuerdo sobre el carbón y el acero a una unión de 27 Estados con moneda común. Pulsa cada hito para desplegar su explicación.
El Tratado de París crea la CECA con seis miembros fundadores (Francia, Alemania, Italia, Bélgica, Países Bajos y Luxemburgo). Nace del plan Schuman de 1950: poner el carbón y el acero franco-alemanes bajo una autoridad común para hacer la guerra "materialmente imposible". La integración europea empieza como proyecto de paz, no como proyecto económico.
Se firman los Tratados de Roma, que crean la Comunidad Económica Europea (CEE) —una unión aduanera con libre circulación parcial— y la Euratom para la energía nuclear civil. Es el embrión del mercado común europeo que conocemos hoy.
El 1 de enero de 1986 España se incorpora a la Comunidad Económica Europea junto con Portugal. Ese mismo año se firma el Acta Única Europea, que fija el objetivo de completar el mercado interior en 1993. Desde entonces, la economía española queda integrada en el proyecto europeo.
El Tratado de Maastricht crea la Unión Europea propiamente dicha y sienta las bases de la Unión Económica y Monetaria (UEM). Define los criterios de convergencia (déficit, deuda, inflación y tipos de interés) que deberán cumplir los países aspirantes a la futura moneda única.
En 1999 el euro entra en vigor como moneda escritural y los tipos de cambio entre las divisas nacionales quedan fijados de forma irrevocable. En 2002 los billetes y monedas en euros sustituyen a las divisas nacionales en doce países: España jubila la peseta.
El Tratado de Lisboa reforma el funcionamiento institucional de la UE: refuerza el Parlamento Europeo, crea la figura del presidente permanente del Consejo Europeo y el Alto Representante para la política exterior, y da carácter vinculante a la Carta de los Derechos Fundamentales.
El Reino Unido abandona la UE tras el referéndum de 2016: es la primera salida de la historia del proyecto. Ese mismo año, en respuesta a la pandemia, la UE aprueba NextGenerationEU y emite deuda común por 750.000 millones de euros. Por primera vez la Unión se endeuda como bloque para financiar a sus Estados miembros.
El mercado interior europeo se sostiene sobre cuatro libertades, formalmente garantizadas desde 1993:
Diecinueve países adoptaron el euro en 1999 (Eslovenia se sumó en 2007, Chipre y Malta en 2008, Eslovaquia en 2009, Estonia en 2011, Letonia en 2014, Lituania en 2015 y Croacia en 2023, alcanzando los actuales 20 miembros de la zona euro). La UEM tiene dos componentes:
En junio de 2016 el Reino Unido votó en referéndum salir de la UE. La salida efectiva se materializó en enero de 2020 y el acuerdo comercial que la regula entró en vigor en enero de 2021. Es la primera vez que un Estado miembro abandona el proyecto desde 1957.
Casi cinco años después se pueden cuantificar consecuencias. La Office for Budget Responsibility británica (OBR), órgano oficial e independiente, estima en sucesivos informes (2022-2024) que el Brexit reducirá el PIB británico de largo plazo en torno a un 4 % respecto al escenario de permanencia, principalmente por menor productividad, menor inversión y mayores fricciones comerciales. Las exportaciones británicas a la UE cayeron un 14 % en términos reales entre 2019 y 2023 según ONS. El comercio bilateral España-Reino Unido se contrajo y muchas empresas exportadoras (especialmente del sector agroalimentario) reportaron incrementos de costes aduaneros del 5-15 %.
La crisis de la COVID-19 forzó un cambio histórico. En julio de 2020, en una cumbre maratoniana, los Veintisiete acordaron crear el NextGenerationEU: un fondo de 750.000 millones de euros financiado por primera vez con deuda común emitida por la Comisión Europea, no por los Estados individualmente. Es lo más cerca que ha estado la UE de algo parecido a una mutualización fiscal.
España es el segundo mayor receptor (tras Italia): unos 163.000 millones de euros —77.000 millones en transferencias no reembolsables y el resto en préstamos a tipo subsidiado—. Su gestión nacional se canaliza a través del Plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia (PRTR), articulado en cuatro ejes (transición ecológica, transformación digital, cohesión social y territorial, igualdad de género) e instrumentos como el Kit Digital, los PERTE sectoriales y las ayudas a rehabilitación energética. A primeros de 2026, España había recibido ya en torno a 70.000-75.000 millones de euros del total comprometido, en la fase final del despliegue.
El plan termina formalmente en agosto de 2026. Su éxito o fracaso se debatirá durante años, pero ya ha cambiado la conversación: la UE ha demostrado que puede emitir deuda conjunta cuando hay voluntad política, lo que abre la puerta a debates futuros sobre un tesoro europeo permanente.
Globalización es el término con el que llamamos al proceso de creciente interconexión económica, tecnológica, cultural y política entre países. No es un fenómeno nuevo —ya hubo una primera oleada globalizadora entre 1870 y 1914—, pero la actual, iniciada hacia 1980, no tiene precedentes en intensidad ni en alcance geográfico.
Las cifras agregadas son contundentes. Según el Banco Mundial:
La misma globalización tiene contrapartidas, hoy ampliamente reconocidas:
La tercera gran transformación contemporánea, después de la apertura comercial y la integración europea, es la revolución digital. Lo que en los años 90 se reducía a Internet y al ordenador personal ha mutado en una arquitectura de datos, algoritmos, plataformas y, desde 2022-2023, inteligencia artificial generativa que cambia sectores enteros cada pocos años.
El estudio más citado sobre este punto es el de Carl Benedikt Frey y Michael Osborne (Universidad de Oxford, 2013): estimaron que alrededor del 47 % de los empleos en Estados Unidos estaban en alto riesgo de automatización en un horizonte de veinte años. El estudio ha sido revisado por la literatura posterior: el trabajo de Arntz, Gregory y Zierahn (OCDE, 2016), aplicando una metodología por tareas dentro de cada empleo en lugar de por ocupación entera, rebaja la cifra a un 9-14 % de empleos plenamente automatizables, con una proporción mucho mayor de empleos que verán cambiar parcialmente sus tareas. La literatura post-2023 sobre IA generativa (modelos de lenguaje grandes) ha reabierto el debate al ampliar drásticamente el conjunto de tareas cognitivas automatizables, pero sin volver a los porcentajes maximalistas iniciales.
La evidencia empírica acumulada apunta a tres dinámicas simultáneas:
La revolución digital tiende a concentrar valor en empresas y trabajadores con habilidades complementarias a la tecnología. Plataformas con efectos de red (Google, Meta, Amazon, Microsoft) acaparan beneficios extraordinarios. Una parte significativa del crecimiento de la desigualdad en países avanzados durante los últimos veinte años se atribuye a este sesgo tecnológico —junto con la globalización y los cambios institucionales—.
España, como el resto de los socios europeos, ha articulado respuestas en tres frentes. Formación y reciclaje: el Plan de Garantía Juvenil, el Plan España Digital 2026 y los itinerarios de FP dual orientados a perfiles tecnológicos. Capacitación de pymes: el Kit Digital financiado con NextGenerationEU concede ayudas a microempresas para digitalización básica (web, e-commerce, gestión, ciberseguridad). Marco regulatorio: la Ley Rider (2021) reconoció a los repartidores de plataformas como trabajadores asalariados; la AI Act europea (2024) es la primera legislación integral del mundo sobre inteligencia artificial.
El siglo XX se construyó alrededor de un consenso implícito: la finalidad de la política económica es el crecimiento del PIB. Más PIB significa más renta, más empleo, más bienestar. Durante setenta años esa receta funcionó razonablemente bien en los países que la aplicaron. En las últimas dos o tres décadas, sin embargo, ese consenso ha empezado a quebrarse, sobre todo por el impacto ambiental.
La economía circular —impulsada como marco operativo por la Ellen MacArthur Foundation desde 2010— propone romper el modelo lineal extraer-producir-usar-tirar y sustituirlo por un sistema en el que los materiales se mantienen en uso el mayor tiempo posible. Sus principios:
La UE ha adoptado la economía circular como eje del Pacto Verde Europeo (2019) y aprobado regulaciones específicas: derecho a reparación, ecodiseño, prohibición progresiva de plásticos de un solo uso, pasaporte digital de producto. Es la propuesta menos radical: mantiene la economía de mercado y el objetivo de crecimiento, pero cambia el metabolismo del sistema productivo.
La economía ecológica —fundada como disciplina por Nicholas Georgescu-Roegen (The Entropy Law and the Economic Process, 1971) y desarrollada por Herman Daly— va un paso más allá. Sostiene que la economía es un subsistema dentro de la biosfera y que, por las leyes de la termodinámica, no puede crecer indefinidamente en un planeta finito. La economía estándar, dicen estos autores, ignora que toda actividad productiva consume energía y materiales y genera entropía (residuos, calor, contaminación) que la biosfera tiene que absorber.
De ahí derivan propuestas como la economía del estado estacionario (Daly): mantener constante el flujo de materiales y energía a través de la economía, dejando crecer únicamente la eficiencia con la que esos flujos se convierten en bienestar.
La posición más radical es el decrecimiento (degrowth). Sus referentes principales —Serge Latouche, Jason Hickel, Tim Jackson, Yayo Herrero en España— sostienen que los países ricos han superado ya los límites ecológicos del planeta y que ningún tipo de crecimiento, ni siquiera el verde, es compatible con la sostenibilidad. La salida no es crecer menos rápido, sino organizar una contracción planificada del metabolismo material de las economías ricas, redistribuyendo lo que ya hay y reorientando la actividad económica hacia la reproducción social y el cuidado.
El decrecimiento es minoritario en la academia económica convencional, pero ha ganado peso en círculos académicos europeos, en el Parlamento Europeo (donde se celebran Beyond Growth Conferences desde 2018) y en parte de la sociedad civil. Una variante intermedia es la Donut Economics de Kate Raworth (2017): un marco que combina un suelo social (cubrir necesidades básicas para todas las personas) con un techo ecológico (no rebasar los nueve límites planetarios identificados por la ciencia del sistema Tierra), buscando un espacio seguro y justo para la humanidad sin obsesión por el PIB.
| Enfoque | Postura ante el crecimiento | Mecanismo principal | Estado en la política pública |
|---|---|---|---|
| Crecimiento clásico | Más es mejor | Productividad y mercados abiertos | Dominante todavía |
| Economía circular | Crecer mejor (desacoplado de recursos) | Diseño + reutilización + reciclaje | Marco oficial UE (Pacto Verde) |
| Economía ecológica | Estado estacionario | Tope a flujos de materiales y energía | Académico, minoritario en gobierno |
| Decrecimiento | Contracción planificada | Redistribución + suficiencia | Marginal en política pública, creciente en debate |
| Donut (Raworth) | Suelo social + techo ecológico | Indicadores múltiples más allá del PIB | Adoptado por Ámsterdam, Bruselas, Copenhague |
La demografía es el otro reto estructural que tendrá la generación que cursa hoy Bachillerato. España vive una transición demográfica acelerada con tres rasgos:
El sistema español de pensiones es de reparto: las cotizaciones de los trabajadores en activo financian las pensiones de los jubilados actuales. El equilibrio depende de la ratio de dependencia: cuántos cotizantes hay por cada pensionista. Esa ratio era cercana a 4:1 en los años 90; ronda 2:1 hoy; las proyecciones para 2050 la sitúan en torno a 1,5:1.
La respuesta institucional combina varios instrumentos:
El debate técnico-político está abierto: edad efectiva de jubilación, complemento de pensiones contributivas con fiscalidad general, fomento de planes complementarios privados, mayor afiliación de inmigrantes, productividad creciente que compense la caída del número de cotizantes.
La inmigración es una pieza estructural del balance económico español: sostiene la población activa, la afiliación a la Seguridad Social y sectores enteros (agricultura, construcción, hostelería, cuidados). La gestión política y administrativa de los flujos migratorios —incluida la integración educativa y laboral de la segunda generación— será uno de los grandes temas económicos y sociales de las próximas décadas.
En septiembre de 2015, los 193 países miembros de Naciones Unidas adoptaron la Agenda 2030, una hoja de ruta articulada en torno a 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) y 169 metas concretas a alcanzar para 2030. Sustituyó a los anteriores Objetivos de Desarrollo del Milenio (2000-2015) con tres novedades importantes: universalidad (se aplican a todos los países, no solo a los pobres), integralidad (combinan dimensiones económica, social y ambiental) e involucración del sector privado.
Los 17 objetivos se agrupan en tres bloques temáticos:
El Sustainable Development Report publicado anualmente por la Sustainable Development Solutions Network sitúa a España alrededor del puesto 17 entre 166 países evaluados (informe 2024). Buena posición pero con fuertes asimetrías internas: cumple muy bien en salud (ODS 3), educación (4), agua (6) y ciudades sostenibles (11); peor en empleo de calidad (8), industria e innovación (9), reducción de desigualdades (10), biodiversidad y pesca (14 y 15) y consumo responsable (12).
El curso ha hecho un recorrido completo: del individuo que decide bajo escasez (Bloque A) al mercado que coordina precios (Bloque B); del agregado nacional medido y modelizado (Bloque C) a las políticas públicas que lo intentan estabilizar (Bloque D); hasta el sistema global del que España es una pieza interdependiente (Bloque E). No has aprendido todo lo que un economista profesional sabe —sería absurdo pretenderlo— pero sí lo suficiente para leer un periódico económico, votar con criterio en una elección, planificar tus propias finanzas y entender por qué cuestiones aparentemente lejanas (la inflación en Estados Unidos, una guerra en Ucrania, una decisión del BCE) acaban afectando a tu bolsillo o al de tu familia.
La economía no responde a todas las preguntas y no debe pretender hacerlo. Hay decisiones —cómo distribuir la renta, cuánto cuidar el planeta, qué tipo de sociedad queremos— que son políticas y éticas, no técnicas. Pero ignorar la economía equivale a tomar esas decisiones a ciegas, sin entender los costes, las restricciones ni los efectos colaterales de cada opción. Si esta asignatura te deja con un par de conceptos útiles, una saludable desconfianza ante los lemas fáciles y curiosidad por seguir aprendiendo, habrá cumplido su función.
Esta es la lista de comprobación final del curso. No se trata de haber memorizado definiciones, sino de saber hacer. Si puedes marcar con sinceridad todas estas casillas, has cumplido los objetivos del Bachillerato en Economía:
Para repasar de cara al examen final, esta tabla conecta cada unidad con su concepto operativo central —el que hay que saber hacer, no solo definir:
| Unidad | Concepto operativo central | Bloque |
|---|---|---|
| 1. La economía como ciencia social | Coste de oportunidad y FPP | A |
| 2. La toma de decisiones | Pensamiento marginal y sesgos | A |
| 3. Planificación financiera | Interés compuesto y cuota hipotecaria | A |
| 4. Oferta, demanda y mercado | Equilibrio y desplazamientos de curvas | B |
| 5. Elasticidad y aplicaciones | Cálculo de elasticidad y excedentes | B |
| 6. Fallos de mercado | Externalidades e instrumentos correctores | B |
| 7. Agentes e indicadores | PIB, IPC e inflación interanual | C |
| 8. Modelo AD-AS y ciclos | Shocks de oferta y demanda | C |
| 9. Mercado de trabajo | Tasas de la EPA y tipos de paro | C |
| 10. Sistema financiero y dinero | Agregados y multiplicador del dinero | C |
| 11. Políticas económicas | Multiplicador del gasto y déficit/deuda | D |
| 12. Globalización, UE y retos | Ventaja comparativa e integración europea | E |
Si esta unidad te ha interesado, aquí van algunas lecturas y recursos para ir más allá:
Estas preguntas no tienen una respuesta única. Sirven para discutir en clase o para pensar individualmente al cerrar el curso: