En octubre de 1956, el Ministerio de Abastecimiento británico encargó al ingeniero aeronáutico galés Morien Morgan que formara un grupo de estudio sobre el transporte supersónico. De aquel comité salió un proyecto con nombre propio: Concorde, un avión de pasajeros capaz de cruzar el Atlántico en menos de cuatro horas.
Como el Reino Unido solo no podía pagarlo, en 1962 firmó un tratado con Francia para repartirse los costes de diseño, desarrollo y producción. El cálculo inicial era de unos 150-170 millones de libras. En 1973 el desarrollo ya llevaba gastados 1.065 millones: cerca de siete veces más de lo previsto.
Cuando el 21 de enero de 1976 hizo el primer vuelo comercial, los dos gobiernos ya sabían una cosa: el proyecto nunca sería rentable. Ni vendiendo billetes carísimos se recuperaría lo gastado. Aun así, siguieron poniendo dinero año tras año. Se habló mucho de prestigio, de orgullo nacional y de «no quedar mal» después de haber invertido tanto. El avión no se retiró hasta el 10 de abril de 2003, cuando Air France y British Airways anunciaron que dejaban de volar con él.
El caso es tan conocido que los economistas del comportamiento le han puesto su nombre: la falacia del Concorde, otra manera de llamar al sesgo del coste hundido (o coste irrecuperable). Un coste hundido es un pago o un esfuerzo que ya no se puede recuperar de ninguna manera: la investigación, la publicidad o el alquiler de un local son ejemplos. Y no siempre es dinero: también puede ser tiempo, ilusión o esfuerzo.
Adaptado a partir de datos del proyecto Concorde (1956-2003).