Antes de hablar de empresas, mercados o emprendimiento, hay una pregunta que lo sostiene todo: si los recursos son limitados y los deseos no, ¿cómo decidimos qué hacer con lo que hay?
La escasez es el desajuste permanente entre unos recursos limitados y unas necesidades y deseos que, en conjunto, no tienen fin. No es lo mismo que la pobreza ni que la falta puntual de algo.
Si la escasez nos obliga a elegir, toda elección tiene un precio que casi nunca aparece en ningún recibo. Cuando dedicas un recurso a una cosa, dejas de dedicarlo a otra.
Una sociedad puede tener un problema de escasez —siempre lo tiene— y, además, agravarlo desperdiciando los recursos que sí posee. Aquí entra la noción de eficiencia.
Hay una pregunta clásica que durante siglos desconcertó a los economistas y que sigue siendo una de las puertas de entrada más elegantes a esta materia. El agua es imprescindible para vivir: sin ella morimos en pocos días. Un diamante no sirve, en rigor, para nada esencial.
Hasta aquí hemos visto que la escasez obliga a elegir. Pero ¿quién elige, y cómo? Una sociedad entera tiene que decidir continuamente qué se produce, cómo y para quién llega cada cosa.
Llegados aquí conviene preguntarse qué tipo de conocimiento es la economía. La respuesta es que es una ciencia social. Las dos palabras importan. Ciencia, porque no se contenta con opinar: formula explicaciones, las contrasta con datos y las corrige cuando fallan.
Estas preguntas no tienen una respuesta única. Sirven para discutir en clase o para pensar al cerrar la unidad:
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