Coge una afirmación de sostenibilidad real —de un envase, un anuncio, una web— y comprueba si se puede comprobar. Esto no dice si es verdad: dice si alguien podría verificarla.
Siete preguntas
¿Da una cifra concreta, en lugar de un adjetivo?
¿Dice a qué parte del producto o de la actividad se refiere?
¿Dice comparado con qué: un año base, un modelo anterior, la media del sector?
¿La verifica un tercero independiente, o se la pone la propia empresa?
¿Se refiere a lo que más impacto tiene, o a un detalle?
¿Va más allá de lo que la ley ya obliga a hacer?
¿Usa términos sin definición: «eco», «natural», «verde», «responsable»?
Qué se puede decir
Preguntas que supera0 / 7
Con lo que dice, nadie puede comprobar nada. Eso no prueba que la empresa esté mintiendo, pero sí que la afirmación no sirve para decidir una compra informada.
Lo que falta
No hay ninguna cifra. Un adjetivo no se puede comprobar.
No se sabe a qué parte se refiere: ¿al envase, al producto, a la fábrica, a toda la empresa?
No dice comparado con qué. «Reducimos un 30 %» necesita un año base para significar algo.
Es una autodeclaración. No es lo mismo que un sello verificado por un tercero independiente.
Habla de un detalle mientras el grueso del impacto queda fuera. Es la forma más común de greenwashing y la más difícil de ver.
Presenta como mérito algo que la normativa ya obliga a hacer.
Usa palabras sin definición legal ni técnica. «Natural» no significa nada por sí solo.
Lo que esta herramienta no hace No verifica si la afirmación es cierta: comprueba si está formulada de manera que alguien pueda verificarla. Una empresa puede comunicar mal algo que hace de verdad, y otra puede escribir una afirmación impecable y falsa. Para saber cuál es cuál hay que ir a la fuente, no a la etiqueta.
Un matiz que conviene Detectar greenwashing no es concluir que toda la sostenibilidad empresarial es mentira. Es exigir lo mismo que se exige a cualquier otra afirmación: datos, alcance y quién lo comprueba. Las empresas que lo hacen bien salen ganando con este criterio, no perdiendo.
↗ Herramienta interactiva disponible en la versión digital del libro (profedeeconomia.es).
Cuándo usarla
En la Unidad 7, al medir el impacto social y ambiental del proyecto: primero se aprende a auditar la afirmación ajena y después se aplica el mismo listón a la propia.
Al estudiar casos de empresas, que es lo que la competencia específica pide expresamente.
Antes de escribir la memoria de impacto del proyecto, para que no acabe llena de adjetivos.
Qué tener en cuenta
La herramienta evalúa la verificabilidad, no la verdad. No puede saber si una empresa cumple lo que dice. Sí puede decir si alguien podría comprobarlo, que es lo que separa una memoria de impacto de un folleto.
El uso más incómodo y más útil es aplicarla al proyecto propio. Casi todos los proyectos escriben «somos sostenibles» sin dato, sin alcance y sin referencia. Pasar la propia memoria por las siete preguntas suele doler y siempre mejora el documento.
La señal de la parte por el todo es la que más aparece en proyectos escolares: se mide el envase y se ignora el transporte, o se cuenta el kilometraje evitado y no la energía del local.
Un dato necesita una referencia para significar algo. «Reducimos un 30 %» sin año base es una cifra decorativa, y eso vale igual para una multinacional que para un proyecto de aula.
Conecta con el retorno local de la unidad: «compramos a proveedores de proximidad» es verificable si se dice qué porcentaje de las compras y en qué radio; si no, es una intención.
Para llevarla a clase
Analizad primero la comunicación de una empresa real conocida y después, con las mismas siete preguntas, el borrador de memoria de impacto de cada equipo. El contraste hace el trabajo solo: es mucho más fácil ser exigente con una multinacional que con el proyecto de uno mismo, y darse cuenta de eso es media unidad.