El reto
La economía clásica construyó un personaje muy cómodo para sus modelos: el homo economicus, un ser que conoce sus preferencias, calcula sin error y elige siempre lo que más le conviene. El problema es que ese personaje no existe. Durante las últimas décadas, la economía del comportamiento ha demostrado, experimento tras experimento, que decidimos mal de forma sistemática: nos asusta más perder cien euros que la ilusión de ganarlos, compramos según cómo nos presenten las opciones, seguimos tirando dinero en algo solo porque ya hemos gastado en ello.
Y aquí aparece la pregunta filosófica, mucho más antigua: si tantas de nuestras decisiones las toma un piloto automático que ni controlamos, ¿en qué sentido somos racionales? Y, sobre todo, ¿en qué sentido somos libres? En este proyecto vais a poner a prueba el mito del agente racional, primero con datos económicos y después con las herramientas de la filosofía de la mente y de la libertad, hasta tomar partido en un debate que afecta a cómo nos vemos a nosotros mismos.
Qué aporta cada materia
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Economía aporta la evidencia y el modelo que se tambalea. El supuesto de racionalidad del homo economicus es la base de gran parte de la teoría económica, y por eso es tan revelador que falle. La economía del comportamiento —Kahneman, Tversky, Thaler— ha catalogado los sesgos cognitivos: aversión a la pérdida, efecto anclaje, sesgo de status quo, falacia del coste hundido, exceso de confianza. Aporta también el marco de los dos sistemas de pensamiento (uno rápido e intuitivo, otro lento y deliberativo), la idea de racionalidad acotada de Herbert Simon —decidimos lo bastante bien, no lo óptimo— y el debate sobre los nudges: si decidimos mal, ¿puede el Estado «empujarnos» hacia mejores decisiones sin obligarnos? ¿Eso protege la libertad o la manipula?
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Filosofía aporta el marco para interpretar todo eso. La tradición racionalista —de Platón a Kant— concibió la razón como la facultad que debe gobernar los impulsos: ser persona es, precisamente, decidir con la razón y no con la pasión. Frente a ella, Hume sostuvo que «la razón es y debe ser esclava de las pasiones». Y por debajo late el gran problema del libre albedrío: si nuestras elecciones están condicionadas por mecanismos mentales que no elegimos, ¿somos realmente autores de lo que hacemos, o solo creemos serlo? La filosofía no reduce al ser humano a sus sesgos, pero tampoco puede ignorarlos: obliga a preguntarse qué queda de la libertad y de la responsabilidad cuando se conoce cómo decide de verdad la mente.
Cómo se desarrolla
- Caer en la trampa: experimentos de decisión1 sesión
La clase responde, en directo y sin previo aviso, a varios problemas de decisión diseñados para activar sesgos (un dilema de ganancia/pérdida con marcos distintos, un caso de anclaje, una situación de coste hundido). Se recogen las respuestas y se revela cómo casi todos cayeron en el mismo patrón. El sesgo deja de ser teoría: lo han experimentado.
- Catalogar los sesgos1 sesión
Con la materia de economía, cada equipo estudia y explica varios sesgos cognitivos con ejemplos económicos reales, y trabaja la distinción entre racionalidad clásica y racionalidad acotada de Simon, además del modelo de los dos sistemas de pensamiento.
- Subir a la filosofía: razón y libertad1-2 sesiones
Cada equipo lee textos breves sobre la razón como facultad rectora (Platón, Kant), la objeción de Hume y el problema del libre albedrío. La pregunta guía: si decidimos con un sistema automático lleno de sesgos, ¿en qué sentido nuestra razón nos gobierna y en qué sentido somos libres y responsables?
- Preparar las posturas del debate1 sesión
Se asigna a cada equipo una postura a defender (por ejemplo: «seguimos siendo agentes racionales y libres, los sesgos son corregibles» frente a «la racionalidad y la libertad plenas son una ilusión útil»). Cada equipo prepara sus argumentos integrando datos económicos y razones filosóficas, y anticipa las objeciones del contrario.
- El debate1 sesión
Debate estructurado por turnos: exposición, réplica y cierre. Una parte de la clase actúa como jurado que valora la calidad de los argumentos, no quién grita más. El docente modera para que se distingan los hechos (qué muestran los experimentos) de las valoraciones (qué significan para la libertad).
- Redactar el dictamentrabajo en casa o sesión corta
Tras el debate, cada equipo redacta su dictamen razonado: su posición final sobre en qué medida somos racionales y libres, integrando lo aprendido en economía y filosofía, y reconociendo de forma explícita el mejor argumento del lado contrario.
El producto final
Un debate estructurado en el aula y un dictamen razonado por equipo. El debate enfrenta posturas sobre la racionalidad y la libertad del decisor humano; el dictamen recoge por escrito, ya con la cabeza fría, la posición final del equipo: en qué medida el ser humano es un agente racional, qué papel juegan los sesgos, y qué queda de la libertad y la responsabilidad cuando se conoce cómo decide de verdad la mente.
No se pide una respuesta única —el debate entre razón y pasión, entre libertad y determinación, lleva siglos abierto—. Se pide que el grupo maneje con rigor los sesgos y la racionalidad acotada, conecte con honestidad la evidencia económica con los conceptos filosóficos de razón, voluntad y libre albedrío, y construya una posición matizada que sea capaz de reconocer la fuerza del argumento contrario en lugar de esquivarlo.