Tiempo estimado de lectura: ~25 min · Saberes LOMLOE: A.2.2, A.2.3, A.2.4 · Pre-requisitos: Unidad 1 (la economía y el problema de la escasez).
Al acabar esta unidad sabrás:
- Diferenciar el individualismo metodológico de la mirada sociológica y entender por qué la economía necesita ambas.
- Explicar qué supone el modelo del comportamiento racional y por qué la realidad lo contradice sistemáticamente.
- Reconocer los principales sesgos y heurísticas y aplicarlos a tus propias decisiones y a las de quien emprende.
- Entender la utilidad y su maximización, su raíz filosófica utilitarista y su relación con la felicidad.
- Discutir, con argumentos éticos, el dilema entre eficiencia y equidad y separar bienestar económico de calidad de vida.
En la Unidad 1 vimos que la economía nace de la escasez y que toda economía debe decidir qué producir, cómo y para quién. Detrás de cada una de esas grandes preguntas hay, en realidad, millones de decisiones humanas: qué estudiar, qué comprar, en qué trabajar, si montar un negocio o aceptar un empleo, cómo repartir un presupuesto público. Esta unidad no pregunta qué se decide, sino algo más profundo: cómo deciden las personas y desde qué supuestos la economía explica esas decisiones.
La respuesta no es única, y ahí está lo interesante de esta materia. La economía tiene una forma propia de mirar la conducta —parte del individuo que calcula— pero no es la única ciencia social que estudia las decisiones. La sociología parte del grupo; la psicología, de cómo funciona realmente la mente; la filosofía, de qué entendemos por una buena decisión. Como vimos en la Unidad 1, la economía es una ciencia social conectada con otras disciplinas, y en ningún tema esa conexión es tan fértil como en el de la decisión.
Recorreremos cuatro miradas que se complementan. Primero, las dos grandes formas de explicar la conducta social: el individualismo metodológico (la economía) frente a la perspectiva sociológica (el grupo como unidad de análisis). Después, el modelo del comportamiento racional y sus fallos, con las aportaciones de la economía del comportamiento. A continuación, qué significa maximizar la utilidad y de dónde viene esa idea: el utilitarismo y su promesa de felicidad. Y, por último, el debate ético de fondo: eficiencia frente a equidad, bienestar y calidad de vida. Es una unidad bisagra: conecta la economía con todo lo demás.
Dos formas de explicar la conducta: individuo o grupo
Cuando queremos entender por qué la gente hace lo que hace en el terreno económico, podemos empezar por dos puntos de partida muy distintos. Uno mira al individuo; el otro, al grupo. Ninguno es falso; cada uno ilumina cosas que el otro deja en sombra.
El individualismo metodológico
La economía estándar adopta lo que se llama individualismo metodológico: la idea de que los fenómenos sociales y económicos deben explicarse a partir de las decisiones de los individuos que los componen. Una crisis, una subida de precios, el éxito de una empresa o el fracaso de un proyecto son, en última instancia, el resultado agregado de muchas decisiones personales. Para explicar el todo, partimos de las partes.
No es una afirmación sobre egoísmo —no dice que las personas sean egoístas—, sino una regla de método: empezamos analizando al agente que decide, con sus fines, sus recursos y sus restricciones, y desde ahí reconstruimos lo colectivo. Esta es la lente que comparten la mayoría de los modelos económicos que verás a lo largo del curso.
La ventaja del individualismo metodológico es su potencia: permite construir modelos claros y hacer predicciones. Su límite es evidente en cuanto miramos a nuestro alrededor: no decidimos en el vacío. Nuestras preferencias, nuestras aspiraciones e incluso lo que consideramos «racional» están moldeados por la familia, la clase social, la cultura y el momento histórico en que vivimos.
La perspectiva sociológica: el grupo como unidad de análisis
Frente al individuo aislado, la sociología propone tomar como unidad de análisis el grupo social. Desde esta mirada, las decisiones individuales no se explican solo por cálculos personales, sino por la estructura social en la que se insertan: normas, roles, expectativas, identidad de grupo, presión de los iguales.
Un sociólogo no preguntaría únicamente «¿qué le conviene a esta persona?», sino «¿a qué grupo pertenece?, ¿qué se espera de alguien como ella?, ¿qué hacen los que la rodean?». Para explicar por qué un joven decide estudiar una carrera, comprar una marca concreta o emprender un negocio, la perspectiva sociológica mira la familia, el entorno, el nivel educativo de los padres, la red de contactos y los modelos de éxito visibles en su comunidad.
Dos lentes que se completan
Las dos miradas no compiten: se completan. El individualismo metodológico explica bien cómo elige una persona dados sus fines; la sociología explica de dónde salen esos fines y por qué grupos enteros toman decisiones parecidas. Una persona que decide emprender está, a la vez, calculando costes y beneficios (mirada económica) y respondiendo a un entorno que hace el emprendimiento más o menos pensable (mirada sociológica). Quien quiera entender de verdad la decisión económica necesita ambas lentes.
Esta complementariedad es, además, una de las señas de identidad de esta materia. La economía no es una isla: dialoga con la sociología, la psicología, la filosofía y la ecología. Reducir todas las decisiones a un cálculo individual deja fuera el peso del grupo; reducirlo todo a la estructura social deja fuera la responsabilidad y la iniciativa de cada persona. La buena ciencia social combina ambas. Lo veremos enseguida: cuando estudiemos por qué fallamos al decidir, necesitaremos a la vez la economía (qué deberíamos hacer) y la psicología (qué hacemos en realidad).
El comportamiento racional y sus fallos
Una vez aceptado que partimos del individuo que decide, la pregunta siguiente es: ¿cómo decide ese individuo? Durante mucho tiempo, la economía respondió con un modelo elegante y exigente: el del agente perfectamente racional.
El modelo del agente racional (homo economicus)
El comportamiento racional que supone la economía clásica descansa en tres exigencias fuertes sobre quien decide:
- Información suficiente. El agente conoce las alternativas disponibles y sus consecuencias.
- Capacidad de cálculo. Es capaz de comparar las opciones y de ordenar sus preferencias de forma coherente.
- Coherencia. Sus preferencias son estables: si prefiere A a B y B a C, preferirá A a C.
A ese personaje teórico se le llama homo economicus. Es una ficción útil: gracias a ella la economía puede modelizar el comportamiento y hacer predicciones. Pero, como toda ficción, simplifica. El propio currículo de esta materia subraya que el reto del análisis económico es justamente la complejidad de la realidad y la dificultad de establecer leyes generales sobre el comportamiento humano (saber A.2.1, Unidad 1).
Los fallos de la racionalidad
El problema es que las personas reales no encajan en el molde. No tenemos información completa, no calculamos sin esfuerzo y nuestras preferencias cambian según el contexto, el estado de ánimo o la forma en que nos presentan las opciones. A estas desviaciones sistemáticas respecto del modelo ideal las llamamos fallos de la racionalidad.
El primer gran giro lo dio el economista y psicólogo Herbert Simon en los años cincuenta con la idea de racionalidad acotada (bounded rationality). Su tesis es que las personas no maximizan: satisfacen. No exploran todas las alternativas para encontrar la óptima, porque buscar cuesta tiempo y esfuerzo y nuestra capacidad de procesar información es limitada. En lugar de eso, exploramos hasta dar con una opción suficientemente buena y nos detenemos. Simon llamó satisficing a este comportamiento y recibió el Premio Nobel de Economía en 1978.
Economía del comportamiento, psicología económica y teoría de la decisión
Lo que Simon abrió lo desarrollaron, ya en los años setenta, los psicólogos Daniel Kahneman y Amos Tversky, fundadores de lo que hoy llamamos economía del comportamiento (behavioural economics). Demostraron experimentalmente que no fallamos al azar: cometemos errores sistemáticos y predecibles al decidir bajo incertidumbre. Kahneman recibió el Premio Nobel de Economía en 2002, siendo psicólogo de formación —una señal de hasta qué punto la economía se ha abierto a otras disciplinas, justo el espíritu de esta materia—.
Conviene distinguir tres etiquetas que a veces se confunden:
- La teoría de la decisión estudia, de forma general, cómo se eligen opciones cuando los resultados son inciertos. Es el marco más amplio.
- La psicología económica investiga cómo los procesos mentales (percepción, emoción, memoria) influyen en las decisiones económicas reales.
- La economía del comportamiento integra esos hallazgos psicológicos dentro de la economía para mejorar sus modelos y predicciones.
No las trataremos como teoría del consumidor —eso pertenece a otra materia—, sino como herramientas para entender cómo decide cualquier persona: tú al elegir estudios, una emprendedora al lanzar un producto, un responsable público al diseñar una política. El tratamiento formal de la economía del comportamiento como diferenciador de la microeconomía —incluyendo la teoría del consumidor, las curvas de indiferencia y las implicaciones de política económica— es propio de Economía 1.º Bach (Unidad 2).
Heurísticas y sesgos en la persona que decide
El Sistema 1 de nuestra mente —rápido, automático, intuitivo, según la conocida distinción de Kahneman frente al Sistema 2, lento y deliberado— usa atajos mentales llamados heurísticas. Suelen funcionar; cuando fallan, fallan de forma sistemática, y entonces hablamos de sesgos cognitivos. Estos son cinco de los más relevantes para quien toma decisiones personales o emprendedoras.
Cinco sesgos que afectan a quien decide
- Exceso de confianza. Sobreestimamos sistemáticamente nuestras capacidades y nuestras probabilidades de éxito. Es el sesgo clave en el emprendimiento: la inmensa mayoría de quien lanza un negocio cree estar entre la minoría que sobrevivirá. Una dosis de optimismo es necesaria para atreverse; un exceso lleva a infravalorar riesgos y costes.
- Aversión a la pérdida. Las pérdidas duelen aproximadamente el doble de lo que disfrutamos las ganancias equivalentes. Por eso cuesta tanto abandonar un proyecto que no funciona o cambiar de rumbo: renunciar se siente como perder, aunque seguir sea peor.
- Sesgo de confirmación. Buscamos y recordamos la información que confirma lo que ya creemos e ignoramos la que lo contradice. Una emprendedora enamorada de su idea tiende a fijarse en las señales que la avalan y a descartar las críticas, justo cuando más necesita escucharlas.
- Anclaje. Damos un peso desproporcionado al primer dato que recibimos. En una negociación, la primera cifra puesta sobre la mesa condiciona toda la conversación posterior, aunque sea arbitraria.
- Heurística de disponibilidad. Juzgamos la probabilidad de algo por la facilidad con que recordamos ejemplos. Tras conocer un caso vívido de éxito o de fracaso, sobreestimamos su frecuencia y decidimos a partir de la anécdota, no del dato.
Reconocer estos sesgos no nos hace inmunes a ellos —el Sistema 1 actúa antes de que el Sistema 2 lo detecte—, pero sí permite diseñar buenas prácticas: pedir opiniones externas, escribir las decisiones antes de tomarlas, fijar criterios de antemano. Es la diferencia entre decidir a ciegas y decidir con conciencia de los propios límites.
El más estudiado de estos sesgos, la aversión a la pérdida, lo capturaron Kahneman y Tversky en su teoría prospectiva mediante una curva de valor: cóncava en las ganancias y, sobre todo, más pronunciada en las pérdidas. Todo se valora respecto a un punto de referencia (lo que ya tenemos), no en términos absolutos.
Una forma útil de ordenar los sesgos es clasificarlos según en qué parte de la decisión actúan: unos distorsionan los datos que recogemos (confirmación, anclaje) y otros distorsionan la valoración que hacemos de ellos. El siguiente mapa sitúa cuatro sesgos frecuentes —algunos ya vistos— en esos ejes, con un antídoto práctico para cada uno.
¿Son los sesgos un defecto o una herramienta?
Conviene cerrar este apartado con un matiz importante para el perfil de quien decide. Las heurísticas no son simplemente «errores»: son atajos que la evolución ha afinado porque, la mayoría de las veces, funcionan bien y rápido. Decidir con información perfecta y cálculo completo sería paralizante; nadie cruzaría una calle si tuviera que computar todas las trayectorias posibles de los coches. La rapidez del Sistema 1 es una ventaja, no solo una fuente de fallos.
El problema aparece cuando aplicamos un atajo en un contexto que no le corresponde —cuando confiamos en la intuición en una decisión compleja, novedosa o de alto riesgo, justo donde el Sistema 1 falla—. Por eso quien emprende o lidera no necesita «eliminar» sus sesgos (es imposible), sino saber cuándo desconfiar de la intuición y activar el pensamiento lento: ante decisiones importantes, irreversibles o emocionalmente cargadas. La madurez en la toma de decisiones no consiste en ser una máquina racional, sino en conocer los propios límites y diseñar el entorno para compensarlos.
La utilidad, la maximización y la felicidad
Llegamos a la pregunta que conecta la economía con la filosofía: cuando un agente económico decide, ¿qué intenta conseguir exactamente? La respuesta clásica tiene un nombre y una larga historia.
Los agentes y la maximización de la utilidad
La economía supone que los agentes —familias, empresas, sector público— actúan buscando un objetivo. En el caso de las personas, ese objetivo se llama utilidad: una medida del bienestar o la satisfacción que obtienen de sus elecciones. El modelo estándar afirma que el agente racional maximiza su utilidad: dado lo que tiene, escoge aquello que le reporta la mayor satisfacción posible.
«Utilidad» no significa solo provecho material. Para un consumidor, es la satisfacción de un bien o servicio; para una empresa, suele traducirse en beneficio; para una persona, puede incluir el tiempo libre, las relaciones, el sentido o el reconocimiento. La fuerza del concepto está en su generalidad: cualquier fin que la persona valore puede entrar en su «función de utilidad».
Filosofía y economía: el utilitarismo
La idea de maximizar la utilidad no nació en la economía, sino en la filosofía moral. El utilitarismo, formulado por Jeremy Bentham a finales del siglo XVIII y desarrollado por John Stuart Mill en el XIX, propone un criterio para distinguir las buenas decisiones de las malas: es buena la acción que produce la mayor felicidad para el mayor número de personas. Bentham hablaba literalmente de un «cálculo» de placeres y dolores; el bien y el mal se medirían por la utilidad —entendida como felicidad— que generan.
Esta filosofía dejó una huella enorme en la economía. La idea de que las decisiones se evalúan por sus consecuencias sobre el bienestar, y de que el bienestar puede en cierto modo sumarse y compararse, está en la base de buena parte del análisis económico. Cuando un gobierno hace un análisis coste-beneficio de un proyecto, está pensando como un utilitarista: ¿genera más bienestar del que cuesta?
El propio Mill matizó a Bentham en un punto importante: no todos los placeres valen lo mismo. Frente a la idea de que solo cuenta la cantidad de placer, Mill defendió que hay placeres superiores (intelectuales, morales, estéticos) que valen más que los meramente sensoriales. Su célebre frase resume la idea: «es mejor ser un Sócrates insatisfecho que un cerdo satisfecho». Esta distinción anticipa un problema que la economía sigue teniendo: medir el bienestar no es solo contar cuánto se consume, sino preguntarse qué tipo de vida hace florecer a las personas.
Las críticas al utilitarismo
Convertir el bienestar en una magnitud que se suma y se maximiza tiene una potencia enorme, pero también tres problemas que la ética económica contemporánea ha subrayado:
- El problema del reparto. Maximizar la felicidad total podría justificar que una minoría sufra mucho si eso eleva la suma del conjunto. El utilitarismo, por sí solo, es ciego a cómo se distribuye el bienestar.
- El problema de la medida. ¿De verdad la felicidad de unas personas y otras se puede sumar como si fueran euros? Es una de las objeciones técnicas más antiguas.
- El problema de los derechos. Si solo cuentan las consecuencias agregadas, podrían sacrificarse derechos individuales en nombre del bienestar colectivo, algo que la mayoría rechaza moralmente.
El economista y filósofo Amartya Sen, Premio Nobel de Economía en 1998, propuso una alternativa influyente: en lugar de medir la utilidad o la renta, deberíamos mirar las capacidades reales de las personas para llevar la vida que tienen razones para valorar (estar sanas, formarse, participar). Esta idea, conocida como enfoque de las capacidades, está detrás de indicadores como el Índice de Desarrollo Humano y conecta directamente con la última parte de la unidad.
Felicidad: ¿se puede medir lo que buscamos?
El utilitarismo presupone que la felicidad puede compararse y, en alguna medida, medirse. ¿Es así? La economía contemporánea ha tomado en serio la pregunta y ha desarrollado la economía de la felicidad, que estudia el bienestar subjetivo mediante encuestas a gran escala. Uno de sus hallazgos más célebres es la llamada paradoja de Easterlin (1974): a partir de cierto nivel de renta, que un país sea más rico no garantiza que su población se declare más feliz. El dinero importa para la felicidad —sobre todo cuando falta lo básico—, pero no de forma ilimitada ni mecánica.
Esto matiza la idea ingenua de que «más utilidad material = más felicidad». Maximizar el consumo no es lo mismo que maximizar el bienestar, y mucho menos la felicidad. La distinción será clave en el último apartado.
Bienestar social, eficiencia y equidad: la mirada ética
Hasta aquí hemos hablado de la decisión individual. Pero las decisiones económicas también son colectivas: una sociedad decide cómo organizar la producción y, sobre todo, cómo repartir lo producido. Aquí la economía se encuentra de lleno con la ética.
Del bienestar individual al bienestar social
Si cada persona busca su utilidad, ¿qué busca una sociedad? La economía habla de bienestar social como una idea —discutida y difícil de medir— del bienestar agregado de todos sus miembros. El problema, ya intuido por el utilitarismo, es que no basta con sumar: importa también cómo se distribuye ese bienestar. Una sociedad muy rica de media puede ser profundamente desigual, y la mayoría de la gente no aceptaría que eso es, sin más, una sociedad de alto bienestar.
Eficiencia frente a equidad
Aquí aparece uno de los grandes dilemas de toda la economía, el debate entre eficiencia y equidad.
- La eficiencia mide si los recursos se aprovechan bien. La definición más usada, debida a Vilfredo Pareto, dice que una situación es eficiente cuando no se puede mejorar a nadie sin empeorar a otro. La eficiencia se ocupa del tamaño del pastel: que no se desperdicie nada.
- La equidad se ocupa de cómo se reparte el pastel: si la distribución es justa. No es un criterio técnico, sino de justicia, y por eso entra de lleno en el terreno ético y político.
La clave que conviene grabar es esta: una asignación puede ser perfectamente eficiente y, a la vez, profundamente injusta. Si una persona lo tuviera todo y el resto nada, esa situación podría ser «eficiente en sentido de Pareto» —no se puede mejorar a nadie sin empeorar a esa persona— y sin embargo intolerable. La eficiencia es un criterio necesario, pero no es suficiente para juzgar una sociedad. Por eso el análisis económico no puede ser neutral del todo: elegir cuánta equidad sacrificar por eficiencia (o al revés) es una decisión normativa, cargada de valores.
A menudo se plantea como un conflicto (trade-off): redistribuir para ganar equidad —por ejemplo, mediante impuestos— podría reducir incentivos y eficiencia. Pero el conflicto no siempre existe: invertir en la educación o la salud de quien menos tiene puede aumentar a la vez la equidad y la eficiencia futura. El debate no se resuelve con una fórmula; se argumenta con datos y con valores.
Bienestar económico y calidad de vida
El último matiz cierra el círculo abierto con la felicidad. El bienestar económico —medido por la renta, el consumo o el PIB— no es lo mismo que la calidad de vida. Vivir bien depende también de la salud, la educación, el medio ambiente, el tiempo libre, la seguridad y las relaciones sociales, cosas que el dinero solo capta en parte.
Por eso, junto a los indicadores monetarios, se han desarrollado medidas más amplias. El Índice de Desarrollo Humano (IDH) del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo combina renta, esperanza de vida y educación. Otros índices incorporan la sostenibilidad ambiental o la desigualdad. La lección, coherente con la paradoja de Easterlin, es que maximizar la producción no equivale a maximizar el bienestar, y que medir el progreso de una sociedad solo por su PIB deja fuera buena parte de lo que de verdad importa. Esta idea enlaza directamente con la Unidad 3, dedicada a la economía conectada con la sostenibilidad y los ODS.
Conexión con las siguientes unidades
Lo aprendido aquí vertebra el resto del bloque y de la materia. La distinción entre eficiencia y equidad y la idea de bienestar reaparecen en la Unidad 3, donde la economía se conecta con la sostenibilidad, la ética y los ODS. Los sesgos y el perfil de quien decide son la antesala directa del Bloque B sobre la persona emprendedora (Unidades 5 y 6): el exceso de confianza, la aversión a la pérdida y la gestión del error son temas centrales del emprendimiento. Y la perspectiva sociológica —el peso del entorno en las decisiones— volverá al analizar por qué unas sociedades emprenden más que otras y cómo la cultura empresarial moldea el comportamiento (Bloque C). Conviene volver a esta unidad cada vez que aparezca la pregunta «¿por qué decide así la gente?».
Glosario
- Individualismo metodológico: estrategia de análisis que explica los hechos económicos y sociales a partir de las decisiones de los individuos. No es una tesis sobre el egoísmo, sino sobre el método.
- Perspectiva sociológica: enfoque que toma el grupo social como unidad de análisis y explica la conducta por la estructura social (normas, roles, entorno).
- Homo economicus: modelo del agente perfectamente racional que dispone de información, calcula y mantiene preferencias coherentes. Es una ficción útil, no una descripción real.
- Fallos de la racionalidad: desviaciones sistemáticas de la conducta real respecto del modelo del agente racional.
- Racionalidad acotada (Simon): las personas no maximizan, satisfacen; buscan una opción suficientemente buena porque informarse y calcular tiene coste.
- Economía del comportamiento: rama que integra hallazgos de la psicología en la economía para explicar cómo decidimos realmente (Kahneman, Tversky).
- Heurística / sesgo cognitivo: atajo mental que suele funcionar (heurística) pero falla de forma sistemática (sesgo): anclaje, disponibilidad, confirmación, exceso de confianza, aversión a la pérdida.
- Utilidad: medida del bienestar o la satisfacción que una persona obtiene de sus elecciones. El agente racional intenta maximizarla.
- Utilitarismo: filosofía moral (Bentham, Mill) según la cual la mejor acción es la que produce la mayor felicidad para el mayor número.
- Bienestar social: idea del bienestar agregado de una sociedad; depende del total y de su distribución.
- Eficiencia (Pareto): situación en la que no se puede mejorar a nadie sin empeorar a otro. Mira al aprovechamiento de los recursos.
- Equidad: criterio de justicia sobre cómo se reparten los recursos y la renta. Es un juicio de valor, no técnico.
- Calidad de vida: bienestar entendido de forma amplia (salud, educación, medio ambiente, tiempo, relaciones), más allá del bienestar económico medido por la renta o el PIB.
Para profundizar
Si esta unidad te ha interesado, aquí van algunas lecturas y recursos para ir más allá:
- Pensar rápido, pensar despacio — Daniel Kahneman (2011). Por qué encaja: la obra de referencia sobre Sistema 1 y Sistema 2, heurísticas y sesgos; los capítulos sobre exceso de confianza son perfectos para el perfil emprendedor.
- El utilitarismo — John Stuart Mill (1863). Por qué encaja: el texto clásico, breve y legible, donde se defiende «la mayor felicidad para el mayor número»; ideal para discutir en clase la base ética de la maximización de la utilidad.
- La idea de justicia — Amartya Sen (2009). Por qué encaja: el Nobel de Economía de 1998 critica que se reduzca el bienestar a la utilidad o a la renta y propone mirar las «capacidades» de las personas; conecta con la equidad y la calidad de vida.
- El malestar en la globalización / El precio de la desigualdad — Joseph Stiglitz. Por qué encaja: argumenta, con datos, que eficiencia y equidad no siempre se oponen y que la desigualdad excesiva también es ineficiente.
- Informe sobre Desarrollo Humano — PNUD (anual, hdr.undp.org). Por qué encaja: la fuente del IDH; permite comparar países y comprobar que la renta no lo explica todo.
Preguntas para reflexionar
Estas preguntas no tienen una respuesta única. Sirven para discutir en clase o para pensar individualmente al cerrar la unidad:
- Piensa en una decisión importante que hayas tomado (estudios, deporte, un grupo de amigos). ¿Cuánto de ella se explica por tu cálculo personal y cuánto por tu entorno y tu grupo? ¿Qué lente —individual o sociológica— la describe mejor?
- El exceso de confianza empuja a emprender, pero también a fracasar. ¿Hasta qué punto crees que es un defecto que conviene corregir o una virtud necesaria para atreverse?
- ¿Estás de acuerdo con el utilitarismo en que la mejor decisión es la que produce «la mayor felicidad para el mayor número»? ¿Se te ocurre algún caso en que ese criterio te parezca injusto?
- Una sociedad puede ser eficiente y a la vez muy desigual. Si tuvieras que decidir cuánta eficiencia sacrificar para ganar equidad, ¿dónde pondrías el límite y con qué argumentos?
Bibliografía
- Real Decreto 243/2022, de 5 de abril, por el que se establecen la ordenación y las enseñanzas mínimas del Bachillerato (BOE‑A‑2022‑5521).
- Simon, H. A. (1955). A Behavioral Model of Rational Choice. Quarterly Journal of Economics, 69(1).
- Kahneman, D. (2011). Pensar rápido, pensar despacio. Debate.
- Kahneman, D. y Tversky, A. (1979). Prospect Theory: An Analysis of Decision under Risk. Econometrica, 47(2).
- Bentham, J. (1789). An Introduction to the Principles of Morals and Legislation.
- Mill, J. S. (1863). Utilitarianism. Reedición en castellano: El utilitarismo, Alianza Editorial.
- Easterlin, R. A. (1974). Does Economic Growth Improve the Human Lot?. En Nations and Households in Economic Growth.
- Sen, A. (2009). La idea de la justicia. Taurus.
- Eurostat. Income distribution statistics (Gini coefficient of equivalised disposable income) [conjunt de dades ilc_di12]. https://ec.europa.eu/eurostat/databrowser/view/ilc_di12
- Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD). Informe sobre Desarrollo Humano (ediciones anuales).
Notas de esta unidad
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