Tiempo estimado de lectura: ~25 min · Saberes LOMLOE: A.2, A.5 · Pre-requisitos: Unidad 1 (qué es la economía y la escasez).

Al acabar esta unidad sabrás:

  • Aplicar el coste de oportunidad y los costes hundidos a decisiones cotidianas y empresariales.
  • Resolver un análisis marginal sencillo comparando beneficio marginal y coste marginal.
  • Explicar el dilema del prisionero y reconocer su estructura en situaciones económicas reales.
  • Identificar al menos cinco sesgos cognitivos sistemáticos de Kahneman y Tversky en decisiones reales.
  • Distinguir racionalidad clásica de racionalidad acotada (Simon) y entender cómo los nudges aprovechan los sesgos.

La economía, antes de ser una ciencia de mercados, indicadores y políticas públicas, es una ciencia de decisiones. Cada vez que alguien compra un café en lugar de otro, decide estudiar dos horas más o jugar a la consola, acepta un empleo o lo rechaza, ahorra o gasta, está resolviendo —consciente o inconscientemente— un problema económico. El modo en que tomamos esas decisiones, individuales y colectivas, es lo que esta unidad trata de explicar.

Durante casi dos siglos, la economía partió del supuesto de que el ser humano decide de forma racional: con información completa, capacidad de cálculo ilimitada y preferencias estables. Ese modelo, llamado homo economicus, fue muy útil para construir teoría, pero falla cuando se contrasta con la realidad. Las últimas décadas de investigación —psicología cognitiva, economía experimental, neurociencia— han mostrado que decidimos peor de lo que pensamos, que cometemos errores sistemáticos y que esos errores son tan predecibles que ya se han convertido en un campo propio: la economía del comportamiento.

Esta unidad recorre las dos miradas. Primero, las herramientas clásicas que cualquier estudiante de economía debe dominar: coste de oportunidad, costes hundidos, análisis marginal, incentivos, teoría de juegos. Después, la mirada moderna: por qué la racionalidad humana es acotada y qué sesgos cognitivos explican nuestras decisiones reales. Es una de las unidades más útiles del curso fuera del aula: lo que aquí se aprende sirve para decidir mejor en la propia vida.

El problema económico básico: elegir bajo escasez

En la Unidad 1 vimos que la economía nace del desajuste entre necesidades ilimitadas y recursos limitados. Esa tensión obliga a elegir, y elegir implica, inevitablemente, renunciar. Toda decisión económica es, en el fondo, una elección entre alternativas con valor.

El modelo clásico supone que el agente económico —consumidor, empresa o gobierno— resuelve ese problema en tres pasos:

  1. Identifica las alternativas disponibles. ¿Qué puedo hacer con este dinero, este tiempo, este recurso?
  2. Valora cada alternativa según los beneficios y costes esperados.
  3. Elige la alternativa que maximiza el bienestar, el beneficio o la utilidad, según el caso.

Sobre el papel, el procedimiento es impecable. En la práctica, casi nadie decide así. Y, sin embargo, conocer el modelo es imprescindible: solo entendiendo cómo debería decidir un agente racional podemos medir cuánto se aleja de ese ideal y por qué.

Racionalidad clásica y homo economicus

La racionalidad económica clásica asume tres supuestos fuertes sobre quien decide:

  • Información completa. El agente conoce todas las alternativas, todos los precios y todas las consecuencias.
  • Capacidad de cálculo ilimitada. El agente puede comparar todas las opciones y elegir la óptima sin coste cognitivo.
  • Preferencias estables y consistentes. Lo que prefiero hoy lo prefiero mañana; si A es mejor que B y B es mejor que C, A es mejor que C.

Ese personaje teórico —el homo economicus— no existe, pero ha sido tremendamente productivo: la mayor parte de la teoría microeconómica que veremos a partir de la Unidad 4 (oferta, demanda, elasticidad, eficiencia) se construye sobre él. Como decía George Box, «todos los modelos son falsos; algunos son útiles».

El coste de oportunidad: lo que dejamos de hacer

De todos los conceptos que la economía aporta al pensamiento cotidiano, el coste de oportunidad es probablemente el más valioso. Su definición es engañosamente simple: el coste de oportunidad de una decisión es el valor de la mejor alternativa a la que renunciamos al tomarla.

Cuando un estudiante decide pasar la tarde estudiando, el coste de oportunidad no es solo el dinero del bocadillo y del transporte; es también el valor de las dos horas de descanso, de la película que no verá o del rato con sus amigas. Cuando una persona decide estudiar un grado universitario en lugar de incorporarse al mercado laboral, el coste de oportunidad incluye el salario que habría cobrado durante esos cuatro años, no solo el precio de las matrículas. Cuando un país destina 10.000 millones a infraestructura ferroviaria, el coste de oportunidad es lo que habría podido hacer con ese dinero: sanidad, educación, defensa, reducción de impuestos.

Por qué cuesta verlo

El coste de oportunidad es invisible. Las facturas que pagamos las vemos en el extracto del banco; lo que dejamos de hacer no aparece en ningún sitio. Por eso una decisión que parece gratis«total, ya he pagado el gimnasio, voy a usarlo»— suele tener un coste de oportunidad importante: el tiempo que dedicamos a algo que no nos aporta podría dedicarse a algo que sí.

Los manuales clásicos llaman a esto pensamiento en márgenes o pensamiento económico. Es uno de los hábitos mentales más útiles que un curso de economía puede formar: ante cada decisión, preguntar ¿qué estoy dejando de hacer al elegir esto?

Costes contables vs costes económicos

Una pequeña empresaria que dirige su propio negocio probablemente cobra un salario que se paga a sí misma. Pero el coste real de su trabajo no es solo ese salario contable: es el sueldo más alto que habría cobrado en otro empleo. Si su negocio le reporta 25.000 € al año y, trabajando para otra empresa, habría cobrado 35.000 €, el coste de oportunidad anual es de 10.000 € que el balance contable nunca refleja.

A esa diferencia entre lo que se paga (coste contable) y lo que se sacrifica (coste económico) los manuales la llaman beneficio económico frente a beneficio contable. Una empresa puede ser rentable contablemente y, sin embargo, destruir valor económico si su propietario habría ganado más con sus recursos en otra actividad.

Los costes hundidos: lo que ya no podemos cambiar

El segundo concepto fundamental es la cara opuesta del coste de oportunidad. Los costes hundidos (sunk costs) son los gastos ya realizados que no pueden recuperarse, decidamos lo que decidamos ahora. Y la regla económica es radical: los costes hundidos no deben influir en las decisiones futuras.

El ejemplo clásico: alguien compra una entrada de cine no reembolsable por 9 €. A la hora de salir, está lloviendo a cántaros, hace frío y la película ya no le hace ilusión. ¿Debe ir? El razonamiento intuitivo dice «ya he pagado, sería tirar el dinero». El razonamiento económico dice otra cosa: los 9 € están perdidos haga lo que haga; la decisión real es entre «ver la película mojándome y cogiendo frío» o «quedarme cómodamente en casa». Si la segunda opción le aporta más bienestar, esa es la decisión racional. Los 9 € son irrelevantes.

La falacia del coste hundido

A la tendencia psicológica de seguir invirtiendo en proyectos que no funcionan porque ya hemos invertido mucho la llamamos falacia del coste hundido (sunk cost fallacy). Aparece en todas partes:

  • El estudiante que persiste en una carrera que detesta porque ya lleva dos años.
  • La pareja que no rompe una relación dañina porque llevan diez años juntos.
  • La empresa que sigue financiando un proyecto fallido porque ya ha gastado millones.
  • El inversor que mantiene una acción que pierde valor porque la compró más cara.

La pregunta económica correcta nunca es ¿cuánto he invertido?, sino ¿qué decisión, a partir de hoy, maximiza mi bienestar futuro? Cualquier otra cosa es psicología, no economía.

Avión supersónico Concorde de British Airways (matrícula G-BOAC) despegando, con su característico morro inclinado y alas en delta.
El Concorde de British Airways en operación. Treinta años de vuelos comerciales sin generar nunca beneficios: el caso canónico que la economía conductual conoce como Concorde fallacy. Foto: Eduard Marmet, CC BY-SA 3.0 vía Wikimedia Commons

El análisis marginal: pensar en la siguiente unidad

El tercer pilar del pensamiento económico es el análisis marginal. Su idea central es que las buenas decisiones rara vez se toman comparando totales: se toman comparando incrementos. No preguntamos ¿debo producir o no producir?, sino ¿debo producir una unidad más? No preguntamos ¿debo estudiar o no estudiar?, sino ¿debo dedicar una hora más al examen de mañana?

La regla general del análisis marginal es directa: una acción merece la pena mientras el beneficio marginal de la siguiente unidad sea mayor o igual que su coste marginal. Si producir una unidad más añade 12 € de ingresos y solo 8 € de costes, conviene producirla. Si añade 12 € de ingresos pero 15 € de costes, no conviene.

  • Beneficio marginal (BMg): incremento de beneficio (o utilidad) que aporta consumir o producir una unidad más.
  • Coste marginal (CMg): incremento de coste que supone consumir o producir una unidad más.
  • Regla óptima: seguir actuando mientras BMg ≥ CMg. Detenerse cuando BMg < CMg. El óptimo se alcanza, en condiciones de continuidad, cuando BMg = CMg.

Por qué los totales engañan

Imaginemos una empresa que produce mochilas. Vender 1.000 mochilas le reporta 30.000 € de ingresos y le cuesta 20.000 €: gana 10.000 €. Vender 1.100 mochilas le reporta 32.500 € y le cuesta 23.500 €: gana 9.000 €. Mirando totales, «ambas opciones dan beneficios». Mirando márgenes, las 100 mochilas adicionales aportan 2.500 € de ingreso marginal y 3.500 € de coste marginal: producirlas destruye 1.000 € de beneficio. El análisis marginal lo detecta de inmediato; el análisis por totales requiere comparar resultados finales.

Ejercicio resuelto 2.1

¿Cuántas horas estudiar para el examen de selectividad?

Enunciado

Marta prepara el examen de Economía de selectividad. Estima la siguiente tabla de puntos adicionales que ganaría en el examen por cada hora extra de estudio (su beneficio marginal expresado en puntos). El coste de cada hora es el valor que ella concede al tiempo de ocio sacrificado: 0,4 puntos equivalentes por hora.

Hora de estudioPuntos extra esperados (BMg)Coste por hora (CMg)
1.ª1,80,4
2.ª1,20,4
3.ª0,80,4
4.ª0,50,4
5.ª0,30,4
6.ª0,10,4

¿Cuántas horas debería estudiar Marta esa tarde para maximizar su rendimiento neto?

Solución

  1. Aplicamos la regla del análisis marginal: estudiar una hora más merece la pena mientras BMg ≥ CMg.
  2. Comparamos hora a hora.
    • 1.ª hora: BMg = 1,8 > CMg = 0,4 → estudiar.
    • 2.ª hora: BMg = 1,2 > 0,4 → estudiar.
    • 3.ª hora: BMg = 0,8 > 0,4 → estudiar.
    • 4.ª hora: BMg = 0,5 > 0,4 → estudiar (justo).
    • 5.ª hora: BMg = 0,3 < 0,4 → detenerse.
    • 6.ª hora: BMg = 0,1 < 0,4 → no estudiar.
  3. Marta debe estudiar 4 horas. La quinta hora destruye más valor del que aporta.
  4. Beneficio neto total: (1,8 + 1,2 + 0,8 + 0,5) − (4 × 0,4) = 4,3 − 1,6 = 2,7 puntos netos.
  5. Si decidiera estudiar 6 horas «por si acaso», el beneficio neto bajaría a (1,8 + 1,2 + 0,8 + 0,5 + 0,3 + 0,1) − (6 × 0,4) = 4,7 − 2,4 = 2,3 puntos netos. Estudiar de más empeora el resultado.
  6. Conclusión: el rendimiento marginal del estudio es decreciente (cada hora extra aporta menos) y existe un punto óptimo más allá del cual conviene dejarlo. La intuición «cuanto más, mejor» es económicamente errónea.

Las decisiones empresariales se toman al margen

En la Unidad 7 veremos que la decisión clásica de la empresa —¿cuánto producir?— se resuelve con esta misma regla: producir mientras el ingreso marginal sea mayor o igual al coste marginal. En la Unidad 11 veremos que la política monetaria también razona al margen: subir un tipo de interés cuando el beneficio marginal sobre la inflación sea mayor que el coste marginal sobre el empleo. El análisis marginal no es un truco técnico: es la lógica común de buena parte de la teoría económica.

Los incentivos: el motor silencioso de las decisiones

Si hay una idea que distingue al economista del resto de las ciencias sociales, es la convicción de que la gente responde a incentivos. Cambia los incentivos y cambiarás el comportamiento, aunque las personas, los valores y las instituciones sean los mismos. Esta intuición —desarrollada por Gary Becker en los años setenta y popularizada después por Steven Levitt en Freakonomics— ha resultado tan productiva que la economía la ha exportado al estudio del crimen, la educación, la salud, la política y la familia.

Un incentivo es cualquier estímulo que altera el coste o el beneficio de una acción. Pueden ser:

  • Monetarios. Una bonificación por objetivos, una subvención, un impuesto, una multa.
  • No monetarios. El reconocimiento social, el sentido de pertenencia, el miedo al castigo, la satisfacción personal.
  • Positivos. Recompensan una conducta deseada.
  • Negativos. Penalizan una conducta no deseada.

Cuidado con los incentivos perversos

La advertencia importante: los incentivos mal diseñados producen efectos contrarios a los que se buscaba. Si una escuela paga a sus profesores en función del aprobado de sus alumnos, puede bajar el nivel de los exámenes. Si una farmacéutica premia a sus comerciales por número de visitas a médicos, los comerciales harán muchas visitas cortas e ineficaces. Si una administración mide a sus hospitales por tiempo medio de espera, los hospitales aprenderán a gestionar la lista —retrasar diagnósticos, derivar casos— en lugar de mejorar la atención.

Los economistas llaman a este fenómeno ley de Goodhart: «cuando una medida se convierte en objetivo, deja de ser una buena medida». Diseñar incentivos es difícil; mal diseñados, son contraproducentes.

Teoría de juegos: cuando mi decisión depende de la tuya

Hasta aquí hemos hablado de decisiones individuales: una persona, una empresa o un gobierno que decide ante alternativas fijas. Pero muchas decisiones económicas reales tienen una característica adicional: el resultado de mi elección depende también de lo que decidan los demás. Si rebajo el precio de mi producto, el resultado depende de si mis competidores también lo rebajan. Si decido no estudiar para un trabajo en grupo, el resultado depende de si mis compañeros sí estudian. Estas situaciones se llaman estratégicas y la rama que las estudia es la teoría de juegos.

La teoría de juegos —desarrollada por John von Neumann y Oskar Morgenstern en 1944 y ampliada por John Nash, premio Nobel en 1994— analiza decisiones interdependientes mediante tres elementos: los jugadores, las estrategias disponibles para cada uno y los pagos que recibe cada jugador según la combinación de estrategias elegidas.

Retrato fotográfico en blanco y negro del matemático John Forbes Nash Jr., autor del concepto de equilibrio que lleva su nombre.
John Forbes Nash Jr. (1928-2015), Premio Nobel de Economía en 1994 por su tesis doctoral de 28 páginas sobre equilibrios en juegos no cooperativos. Foto: Peter Badge / Typos1, CC BY-SA 3.0 vía Wikimedia Commons

El dilema del prisionero

El juego más famoso —y más útil pedagógicamente— es el dilema del prisionero. Su versión clásica: dos sospechosos de un atraco son detenidos e interrogados por separado. La policía no tiene pruebas suficientes para condenarlos por el delito grave, solo por una falta menor. A cada uno le ofrecen el mismo trato:

  • Si confiesa y el otro no confiesa, queda libre y el otro recibe 10 años de cárcel.
  • Si ambos confiesan, ambos reciben 5 años.
  • Si ninguno confiesa, ambos reciben 1 año por la falta menor.

La matriz de pagos (años de cárcel para cada uno; menos años es mejor) queda así:

B callaB confiesa
A callaA: 1, B: 1A: 10, B: 0
A confiesaA: 0, B: 10A: 5, B: 5

Analicemos qué le conviene a A. Si B calla, a A le conviene confesar (0 años en lugar de 1). Si B confiesa, a A también le conviene confesar (5 años en lugar de 10). Es decir: pase lo que pase, a A le conviene confesar. Confesar es lo que los teóricos llaman una estrategia dominante. Por simetría, a B también le conviene confesar.

El resultado es paradójico: ambos confiesan y reciben 5 años cada uno, cuando si hubieran cooperado (callando ambos) habrían recibido solo 1 año. La búsqueda del interés individual produce un resultado colectivamente peor. A esa configuración estable —ninguno tiene incentivo a desviarse unilateralmente— la llamamos equilibrio de Nash.

Dilemas del prisionero en la vida real

Esta estructura aparece por todas partes en la realidad económica:

  • Carrera armamentística. Dos países preferirían no gastar en armas; pero si uno desarma y el otro no, el que desarma queda en desventaja. Resultado: ambos sobre-arman.
  • Cárteles y guerras de precios. A dos empresas competidoras les conviene mantener precios altos; pero a cada una le conviene unilateralmente bajar precios para ganar cuota. Resultado: la competencia tira los precios hacia el coste.
  • Cambio climático. A cada país le interesa que los demás reduzcan emisiones; pero a cada uno individualmente le sale más barato seguir contaminando. Resultado: las negociaciones colectivas son extraordinariamente difíciles.
  • Estudios en grupo. A cada alumno le conviene que los otros trabajen mucho; pero individualmente cada uno tiene incentivo a esforzarse poco. Resultado: trabajos en grupo donde nadie trabaja.

Cuando un dilema del prisionero se repite indefinidamente —no es una jugada única—, la cooperación se vuelve posible. Robert Axelrod demostró en los años ochenta que estrategias simples como «hago lo que tú hiciste en la jugada anterior» (estrategia tit for tat) son las más exitosas a largo plazo. Esa es la base teórica de por qué confiamos en proveedores habituales, repetimos clientes y mantenemos vínculos profesionales: porque la repetición convierte el dilema en cooperación.

Ejercicio resuelto 2.2

Dilema del prisionero numérico: guerra de precios entre dos gasolineras

Enunciado

Dos gasolineras vecinas, Repsa y Cepso, deciden cada mes si mantienen el precio alto (cooperar) o lo bajan (competir). La matriz recoge el beneficio mensual de cada una, en miles de euros (más es mejor):

Cepso precio altoCepso precio bajo
Repsa precio altoRepsa: 8, Cepso: 8Repsa: 2, Cepso: 10
Repsa precio bajoRepsa: 10, Cepso: 2Repsa: 5, Cepso: 5

a) Hallar la estrategia dominante de cada gasolinera y el equilibrio de Nash en una jugada única. b) ¿Cuál sería el resultado cooperativo y por qué no es estable? c) Si el juego se repite indefinidamente y ambas aplican tit for tat, ¿qué resultado por periodo cabe esperar?

Solución

  1. Estrategia dominante de Repsa. Si Cepso pone precio alto, a Repsa le conviene bajar (10 > 8). Si Cepso pone precio bajo, a Repsa también le conviene bajar (5 > 2). Bajar es estrategia dominante para Repsa.
  2. Por simetría, bajar también es la estrategia dominante de Cepso.
  3. Equilibrio de Nash (jugada única): ambas bajan el precio y ganan 5 cada una (casilla inferior derecha). Ninguna mejora desviándose unilateralmente.
  4. Resultado cooperativo: si ambas mantuvieran el precio alto ganarían 8 cada una, mejor para las dos. Pero no es estable: cada una tiene la tentación de bajar para llevarse 10 mientras la otra se queda en 2. La búsqueda del interés individual lleva a un resultado (5, 5) peor que el cooperativo (8, 8).
  5. Juego repetido con tit for tat. Si cada gasolinera empieza cooperando (precio alto) y replica en cada periodo lo que hizo la rival en el anterior, la desviación se castiga al mes siguiente. Como la pérdida futura de provocar la guerra de precios (caer de 8 a 5 indefinidamente) supera la ganancia puntual de un mes a 10, la cooperación se sostiene: el resultado esperado es (8, 8) por periodo. La repetición convierte el dilema en cooperación, igual que ocurre en los cárteles tácitos reales —y por eso la CNMC vigila la coordinación entre competidores—.

Eficiencia, riesgo e incertidumbre

Antes de pasar al lado oscuro de la racionalidad humana, conviene fijar dos conceptos que vertebran el resto del curso.

La eficiencia económica se da cuando los recursos se asignan de forma que no es posible mejorar la situación de alguien sin empeorar la de otro. Esta definición —debida al economista italiano Vilfredo Pareto— se llama eficiencia paretiana. Una asignación es ineficiente cuando podríamos reorganizarla y dejar a alguien mejor sin perjudicar a nadie. La búsqueda de la eficiencia es uno de los criterios fundamentales del análisis económico, aunque conviene recordar que una asignación puede ser eficiente y profundamente injusta: la justicia distributiva es un criterio distinto, no contenido en la eficiencia.

El riesgo y la incertidumbre son dos conceptos parecidos pero distintos, una distinción que debemos a Frank Knight (1921). Hay riesgo cuando conocemos las probabilidades de los distintos resultados posibles (lanzar un dado, jugar a la ruleta, vender un producto cuya demanda histórica conocemos). Hay incertidumbre cuando ni siquiera conocemos las probabilidades (¿qué pasará con el mercado laboral dentro de quince años? ¿cómo afectará la inteligencia artificial a mi sector?). El primer caso se puede modelar con cálculo de probabilidades; el segundo, no. La mayor parte de las grandes decisiones económicas se toman bajo incertidumbre, no bajo riesgo.

La racionalidad acotada: cuando decidir cuesta

Pasemos ahora a la segunda mitad de la unidad: la mirada moderna sobre cómo decidimos realmente. El primer paso lo dio en los años cincuenta el economista y psicólogo Herbert Simon, que sustituyó la hipótesis de racionalidad ilimitada por la idea de racionalidad acotada (bounded rationality).

La idea de Simon es sencilla y demoledora: las personas no maximizan, satisfacen. No exploran todas las alternativas posibles para escoger la óptima; exploran hasta encontrar una alternativa suficientemente buena y se detienen. Lo hacen porque buscar tiene un coste —tiempo, esfuerzo cognitivo, oportunidades perdidas— y porque su capacidad de procesar información es limitada.

Simon llamó a este comportamiento satisficing, palabra acuñada por él combinando satisfy y suffice. La consecuencia teórica fue enorme: si las personas no maximizan, los modelos económicos basados en maximización fallan en muchas predicciones. Simon recibió el Premio Nobel de Economía en 1978 por este giro.

Retrato pintado al óleo de Herbert A. Simon, sentado, con expresión serena, parte de la colección de Carnegie Mellon University.
Herbert A. Simon (1916-2001), Premio Nobel de Economía en 1978 por la teoría de la racionalidad acotada. Retrato de Richard Rappaport, Carnegie Mellon University. Imagen: Richard Rappaport, CC BY 3.0 vía Wikimedia Commons

Los manuales clásicos de economía siguen, en buena medida, asumiendo racionalidad completa. Pero los teóricos modernos han ido incorporando la racionalidad acotada en campos como la economía financiera (por qué los inversores cometen errores sistemáticos), la organización industrial (por qué las empresas se parecen tanto en lugar de optimizar) y la política económica (por qué algunos incentivos no funcionan como prevé el modelo). Todo esto desemboca, ya en los años setenta, en el campo que ha revolucionado la economía contemporánea: la economía del comportamiento.

Economía del comportamiento: el legado de Kahneman y Tversky

Si Simon abrió la puerta, Daniel Kahneman y Amos Tversky la cruzaron con todas las consecuencias. Ambos eran psicólogos —no economistas— que, en una colaboración intensa que duró décadas, demostraron experimentalmente que los seres humanos cometemos errores sistemáticos y predecibles al tomar decisiones bajo incertidumbre. El trabajo es tan importante que Kahneman recibió el Premio Nobel de Economía en 2002, siendo psicólogo de formación.

Retrato fotográfico del psicólogo Daniel Kahneman, con cabello blanco, mirando ligeramente fuera de cámara.
Daniel Kahneman (1934-2024), psicólogo israelí-estadounidense, Premio Nobel de Economía en 2002 por su trabajo con Amos Tversky sobre el juicio humano y la toma de decisiones bajo incertidumbre. Foto: Eirik Solheim / nrkbeta, CC BY-SA 2.0 vía Wikimedia Commons

Su síntesis para el gran público —el libro Pensar rápido, pensar despacio (2011)— se ha convertido en una de las obras más influyentes de la divulgación científica contemporánea. La idea central es que nuestro cerebro funciona con dos sistemas mentales que cooperan, pero que tienen lógicas distintas.

Sistema 1 y Sistema 2

Kahneman propone que nuestro pensamiento se reparte entre dos sistemas:

  • Sistema 1. Rápido, automático, intuitivo, emocional. Detecta la cara enfadada de alguien antes de que terminemos de mirarla; calcula 2 + 2 sin esfuerzo; conduce el coche en una carretera vacía. Opera sin que tengamos que decidir conscientemente. Es el sistema por defecto.
  • Sistema 2. Lento, deliberado, analítico, esforzado. Resuelve 17 × 24 con lápiz y papel; revisa un argumento complicado; rellena la declaración de la renta. Consume energía mental, fatiga y, por eso mismo, lo usamos lo menos posible.

La mayoría de nuestras decisiones las toma el Sistema 1; el Sistema 2 solo entra cuando el primero no sabe responder o cuando hacemos un esfuerzo consciente. El problema es que el Sistema 1, rapidísimo y eficientísimo, comete errores predecibles. Esos errores son los sesgos cognitivos.

Heurísticas: atajos mentales

Las heurísticas son atajos mentales que el Sistema 1 utiliza para tomar decisiones rápidas sin agotar recursos cognitivos. Suelen funcionar; cuando fallan, fallan de manera sistemática. Kahneman y Tversky identificaron varias, pero las dos más importantes para la economía son las siguientes.

Heurística de disponibilidad. Juzgamos la probabilidad de un suceso por la facilidad con la que recordamos ejemplos. Si los medios cubren intensamente accidentes de avión, sobreestimamos su frecuencia y subestimamos la del coche, mucho más mortífero. Si recordamos vívidamente a un amigo enriquecido con criptomonedas, sobreestimamos la probabilidad de hacernos ricos con ellas; los miles de inversores que perdieron dinero no son tan vívidos en nuestra memoria. Esta heurística explica muchas decisiones financieras: invertimos en lo que recordamos, no en lo que es estadísticamente prometedor.

Heurística de representatividad. Juzgamos si algo pertenece a una categoría por cuánto se parece al estereotipo de esa categoría, ignorando frecuencias reales. Si nos describen a alguien tímido, cuidadoso y aficionado a los puzles, tenderemos a pensar que es bibliotecario, aunque haya cien veces más comerciales tímidos que bibliotecarios tímidos. En economía, esta heurística explica por qué confundimos empresa que parece de éxito con empresa que es de éxito.

Cinco sesgos cognitivos esenciales

De los más de cien sesgos catalogados, conviene dominar al menos cinco que aparecen una y otra vez en decisiones económicas.

Sesgos esenciales

Cinco sesgos cognitivos sistemáticos

  1. Sesgo de anclaje. Damos un peso desproporcionado al primer dato que recibimos. En negociaciones, la primera cifra puesta sobre la mesa condiciona toda la conversación posterior, aunque sea arbitraria. En tiendas, un precio inicial alto tachado hace parecer barato cualquier precio posterior. Tversky y Kahneman demostraron que incluso números aleatorios obtenidos con una ruleta sesgan estimaciones posteriores que no tienen nada que ver con la ruleta.
  2. Aversión a la pérdida. Las pérdidas duelen aproximadamente el doble de lo que disfrutamos las ganancias equivalentes. Perder 100 € genera más malestar que la felicidad de ganar 100 €. Kahneman y Tversky formalizaron esta asimetría en la Teoría Prospectiva (Prospect Theory, 1979), uno de los pilares de la economía conductual. Explica por qué nos cuesta tanto vender una acción a pérdidas, por qué pagamos seguros que estadísticamente nos cuestan dinero y por qué los políticos prefieren no quitar subsidios existentes aunque sean ineficientes.
  3. Sesgo de confirmación. Buscamos y recordamos información que confirma nuestras creencias previas e ignoramos la que las contradice. En inversión, leemos los análisis que avalan nuestra decisión y descartamos los críticos. En política económica, valoramos los datos que respaldan nuestra ideología y desconfiamos de los demás. Es uno de los sesgos más estudiados precisamente porque opera sin que nos demos cuenta.
  4. Efecto framing (encuadre). Las decisiones cambian según cómo se presenten las opciones, aunque la sustancia sea idéntica. Una operación médica con «90 % de supervivencia» se acepta más que la misma operación con «10 % de mortalidad». Una hamburguesa con «75 % magra» se compra más que la misma con «25 % de grasa». Las empresas, los gobiernos y los medios saben encuadrar; los consumidores rara vez lo detectamos.
  5. Sesgo de exceso de confianza. Sobreestimamos sistemáticamente nuestras capacidades, conocimientos y probabilidades de éxito. El 80 % de los conductores se cree mejor que la media. El 90 % de los emprendedores cree que su empresa estará entre el 10 % que sobrevive. Es uno de los sesgos más persistentes y explica buena parte de las burbujas financieras, los proyectos empresariales fallidos y los pronósticos demasiado optimistas.

Teoría Prospectiva: la curva de la pérdida

El gran modelo formal que Kahneman y Tversky aportaron a la economía es la Teoría Prospectiva (1979). Su idea central, ya mencionada, es que valoramos asimétricamente ganancias y pérdidas. La función de valor que proponen tiene tres rasgos esenciales:

  • Está centrada en un punto de referencia (típicamente, la situación actual). No valoramos resultados absolutos: valoramos cambios respecto a una referencia.
  • Es cóncava en las ganancias (rendimientos decrecientes: el segundo millón emociona menos que el primero).
  • Es convexa y más pronunciada en las pérdidas (perder duele mucho más, y los siguientes euros perdidos duelen progresivamente menos).

Esta curva explica muchas decisiones reales: por qué preferimos una ganancia segura a una incierta de mayor valor esperado, pero una pérdida incierta a una pérdida segura del mismo valor esperado. Por qué los inversores mantienen acciones perdedoras y venden las ganadoras (justo al revés de lo que aconsejaría la teoría clásica). Por qué los planes de pensiones con suscripción automática (opt-out) tienen tasas de participación mucho más altas que los de suscripción voluntaria (opt-in).

Función de valor de la Teoría Prospectiva Curva de valor en forma de S asimétrica de Kahneman y Tversky, centrada en un punto de referencia. Es cóncava en las ganancias y convexa y más pronunciada en las pérdidas, lo que ilustra la aversión a la pérdida: perder duele más de lo que agrada ganar la misma cantidad. x PÉRDIDAS GANANCIAS VALOR PERCIBIDO v Cóncava: cada euro extra de ganancia aporta menos satisfacción que el anterior (utilidad marginal decreciente). Ante ganancias seguras, tendemos a ser cautos y aceptarlas. Más pronunciada que la de ganancias: una pérdida duele aproximadamente el doble de lo que agrada ganar lo mismo. Ante pérdidas, asumimos más riesgo con tal de no aceptarlas. No valoramos la riqueza total, sino los cambios respecto a este punto (lo que ya tenemos). Por eso una misma cantidad se vive como ganancia o pérdida según la referencia de partida. Punto de referencia +x −x Ganancias (cóncava) Pérdidas (convexa y más pronunciada) La pérdida de x duele más de lo que agrada ganar x
La función de valor es cóncava en las ganancias y convexa —y más pronunciada— en las pérdidas: una pérdida duele más de lo que agrada una ganancia equivalente. Todo se mide respecto a un punto de referencia, no en términos absolutos. Fuente: Kahneman y Tversky (1979), Prospect Theory

Richard Thaler y los nudges: arquitectura de elección

La racionalidad acotada y los sesgos cognitivos no son curiosidades de laboratorio: están detrás de muchas decisiones de política pública contemporánea. Richard Thaler —Premio Nobel de Economía en 2017— llevó el legado de Kahneman al diseño institucional. Su tesis es que, si la gente no decide racionalmente, los gobiernos pueden ayudar a mejorar la decisión sin restringir la libertad, mediante lo que él y Cass Sunstein llamaron en 2008 nudges (empujones) y, en español, arquitectura de elección.

Un nudge no es una prohibición ni un impuesto: es un cambio en la forma de presentar las opciones que aprovecha los sesgos para empujar al ciudadano hacia la decisión socialmente preferible, conservando siempre su libertad para hacer lo contrario.

Nudges aplicados en España

Más allá del laboratorio, varios ejemplos cotidianos en España muestran cómo la economía del comportamiento ya estructura decisiones públicas:

  • Donación de órganos por consentimiento presunto. España es desde hace décadas líder mundial en tasa de donación (más de 50 donantes por millón de habitantes en 2024 según la ONT). El secreto institucional es el opt-out: todos somos donantes salvo manifestación expresa en contra. Países con sistema opt-in (Alemania, Estados Unidos) tienen tasas la mitad de bajas, no porque sus ciudadanos sean menos generosos, sino porque la inercia y la aversión a la pérdida juegan a favor del statu quo. Si la donación es la opción por defecto, casi nadie cambia.
  • Etiquetado nutricional Nutriscore. Desde 2018 el Ministerio de Sanidad recomienda el código de cinco colores (verde-A a rojo-E). Aprovecha el encuadre visual para que el Sistema 1 detecte de un vistazo opciones saludables. La industria ha reaccionado reformulando productos para escalar de E a B, lo que prueba el efecto.
  • Cancelación con un clic. Desde 2022 la normativa europea de consumo obliga a que dar de baja una suscripción sea tan fácil como darse de alta. Es un anti-nudge explícito contra la aversión a la pérdida que las suscripciones explotaban.
  • Bono cultural joven y Bono alquiler. Mensajes simples, plazos claros y formularios cortos para reducir la fricción cognitiva. Si rellenar es complicado, mucha gente —especialmente con menos capital cultural— renuncia.
  • Renta agraria por suscripción automática y, en debate desde 2023, inscripción automática en planes de empleo de pensiones complementarias para nuevos trabajadores (modelo NEST británico, que pasó de un 40 % de cobertura voluntaria a más del 90 % tras introducir el opt-out).

La cuestión ética es relevante: ¿hasta dónde puede el Estado empujarnos hacia decisiones que considera mejores para nosotros? Críticos como Cass Sunstein han matizado que el nudge debe ser transparente, evitable y orientado al bienestar del propio sujeto, no a recaudación o control. Lo que sí parece claro es que no decidir cómo se presentan las opciones es ya una decisión: alguien diseña la arquitectura. Si no lo hace el regulador, lo hará el mercado, y no necesariamente con nuestros intereses en mente.

Conexión con las siguientes unidades

Lo aprendido aquí no es ornamento: vertebra el resto del curso. El coste de oportunidad reaparecerá en la decisión del consumidor (Unidad 4), en la decisión del ahorrador (Unidad 3) y en la elección entre alternativas de inversión pública (Unidad 11). El análisis marginal es la herramienta central de la teoría del consumidor y del productor (Unidades 4 y 7). Los incentivos y la teoría de juegos vuelven a aparecer al estudiar el comportamiento de los mercados oligopolísticos (Unidad 6) y las negociaciones internacionales (Unidad 12). Y la economía del comportamiento condiciona cómo entendemos hoy la educación financiera personal (Unidad 3), las decisiones de los inversores (Unidad 10) y el diseño de la política económica (Unidad 11). Conviene volver a esta unidad cada vez que aparezca uno de estos hilos.

Glosario

  • Coste de oportunidad: valor de la mejor alternativa a la que se renuncia al elegir. Incluye costes monetarios y no monetarios; es invisible y por eso se olvida.
  • Coste hundido: gasto ya realizado e irrecuperable. La regla económica es que no debe influir en las decisiones futuras (lo contrario es la falacia del coste hundido).
  • Análisis marginal: método de decisión que compara el beneficio marginal y el coste marginal de la siguiente unidad. El óptimo está donde BMg = CMg.
  • Incentivo: estímulo que altera el coste o el beneficio de una acción. Mal diseñado, produce efectos perversos (ley de Goodhart, efecto cobra).
  • Teoría de juegos: análisis de decisiones interdependientes mediante jugadores, estrategias y pagos.
  • Equilibrio de Nash: combinación de estrategias en la que ningún jugador mejora cambiando unilateralmente de estrategia. Puede ser colectivamente ineficiente.
  • Estrategia dominante: la que conviene a un jugador con independencia de lo que hagan los demás.
  • Racionalidad acotada (Simon): las personas no maximizan, satisfacen: buscan una opción suficientemente buena porque buscar tiene coste.
  • Sistema 1 / Sistema 2 (Kahneman): pensamiento rápido, automático e intuitivo frente a pensamiento lento, deliberado y esforzado.
  • Heurística: atajo mental del Sistema 1 (disponibilidad, representatividad) que suele funcionar pero falla de manera sistemática.
  • Sesgo cognitivo: error sistemático y predecible del razonamiento (anclaje, aversión a la pérdida, confirmación, framing, exceso de confianza).
  • Teoría Prospectiva (Kahneman-Tversky, 1979): valoramos asimétricamente ganancias y pérdidas respecto a un punto de referencia; las pérdidas duelen aproximadamente el doble.
  • Nudge (arquitectura de elección): cambio en la forma de presentar las opciones que empuja hacia la decisión preferible sin restringir la libertad (Thaler-Sunstein, 2008).

Para profundizar

Si esta unidad te ha interesado, aquí van algunas lecturas y recursos para ir más allá:

  • Pensar rápido, pensar despacioDaniel Kahneman (2011). Por qué encaja: la obra que popularizó el Sistema 1 / Sistema 2 y los sesgos; los capítulos sobre anclaje y aversión a la pérdida son lectura directa para esta unidad.
  • Un pequeño empujón (Nudge)Richard Thaler y Cass Sunstein (2008). Por qué encaja: explica con casos reales cómo el Estado puede mejorar decisiones sin prohibir nada. Conecta con los nudges españoles del texto.
  • Misbehaving: la formación de la economía conductualRichard Thaler (2015). Por qué encaja: la historia, en primera persona y con humor, de cómo la economía del comportamiento se abrió paso frente al homo economicus.
  • The Prisoner’s Dilemmavídeo de Veritasium, “What Game Theory Reveals About Life” (2023). Por qué encaja: 25 minutos que muestran el dilema repetido y el éxito de tit for tat con simulaciones visuales.
  • Predictably IrrationalDan Ariely (2008). Por qué encaja: decenas de experimentos cortos sobre cómo decidimos mal, ideales para proponer en clase como mini-casos.

Preguntas para reflexionar

Estas preguntas no tienen una respuesta única. Sirven para discutir en clase o para pensar individualmente al cerrar la unidad:

  1. Identifica una decisión reciente tuya en la que cayeras en la falacia del coste hundido (“ya he llegado hasta aquí, no puedo dejarlo ahora”). ¿Qué habrías hecho aplicando el análisis marginal puro?
  2. Las apps que usas a diario explotan tus sesgos (notificaciones, autorrenovación, “antes 99 €, ahora 39 €”). ¿Hasta qué punto eres libre al decidir dentro de ellas? ¿Debería regularse?
  3. El sistema español de donación de órganos por opt-out salva vidas aprovechando la inercia. ¿Es legítimo que el Estado diseñe la opción por defecto pensando por nosotros? ¿Dónde pondrías el límite del nudge?
  4. El dilema del prisionero explica desde los cárteles hasta el cambio climático. ¿Por qué crees que es tan difícil cooperar cuando el beneficio colectivo es evidente? ¿Qué mecanismos lo facilitan?

Bibliografía

  1. Kahneman, D. (2011). Pensar rápido, pensar despacio. Debate.
  2. Kahneman, D. y Tversky, A. (1979). Prospect Theory: An Analysis of Decision under Risk. Econometrica, 47(2).
  3. Simon, H. A. (1955). A Behavioral Model of Rational Choice. Quarterly Journal of Economics, 69(1).
  4. Thaler, R. H. y Sunstein, C. R. (2008). Nudge: Improving Decisions about Health, Wealth, and Happiness. Yale University Press.
  5. Axelrod, R. (1984). The Evolution of Cooperation. Basic Books.
  6. Nash, J. F. (1950). Equilibrium Points in N-Person Games. Proceedings of the National Academy of Sciences, 36(1).
  7. Knight, F. H. (1921). Risk, Uncertainty, and Profit. Houghton Mifflin.
  8. Arkes, H. R. y Blumer, C. (1985). The Psychology of Sunk Cost. Organizational Behavior and Human Decision Processes, 35(1).
  9. Levitt, S. D. y Dubner, S. J. (2005). Freakonomics. William Morrow.
  10. Real Decreto 243/2022, de 5 de abril, por el que se establecen la ordenación y las enseñanzas mínimas del Bachillerato (BOE‑A‑2022‑5521).
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Notas de esta unidad

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